Koali Martín-Consuegra es una persona trans no binaria y bisexual que ha convertido la ruralidad, la comunidad y el activismo LGTBI+ en el centro de su lucha. Desde Castilla-La Mancha, reivindica la necesidad de construir espacios seguros, generar referentes y facilitar el relevo generacional en un momento marcado por la precariedad y el auge de la ultraderecha. Para Koali, el activismo también consiste en algo tan sencillo y poderoso como hacer que aquello que parecía no nos pertenecía pase a ser nuestro.
¿Cómo llegaste al activismo? ¿Hubo algún momento que marcara el comienzo?
Llegué hace tres años y, cuando llegué, no sabía que existía una asociación LGTBI+. Pensaba que el activismo LGTBI+ en La Mancha no existía, que La Mancha estaba vacía. Pensaba que eso era algo de Madrid, de las grandes ciudades, pero no de las periferias.
Un día, una concejala del pueblo con la que me llevaba bien me dijo que iban a hacer un acto por el Orgullo LGTBI+ y que buscaban a una artista. Como yo diseño, me propuso participar. Hice una pequeña obra para Plural y el Ayuntamiento y así conocí a mi entidad, Plural. Me dijeron que me acercara a la sede cuando quisiera, pero no fui durante un año porque están en Alcázar de San Juan y yo no tenía facilidad para desplazarme, ni por los horarios ni por el transporte en La Mancha. Y lo fui dejando.
Sí que fui a la primera manifestación que hicieron en Alcázar. Me planté allí con mis amigues y, en un momento dado, nos dijeron si queríamos pasar al taller de pancartas y a pintarnos las caras. Dije que sí y allí conocí a Noelia Salido.
Noelia fue quien hizo que me enganchara al activismo. Si no tenía recursos, ella me los facilitaba; me recogía con el coche y, si no tenía para un café, me ponía el café. Todos los recursos que nos impedían estar dentro de Plural, ella nos los puso.
Empecé a estar muy presente en Plural durante ese primer año gracias a Noelia. Y fue ella quien un día me dijo «¿Quieres venirte a la Federación?». Y ahí empecé a conocer a más gente.
¿Qué causas atraviesan hoy tu activismo y por qué son importantes para ti?
Lo rural. En Castilla-La Mancha no existe ese sentimiento de orgullo por tu tierra que puede haber en Andalucía, en Valencia o en el norte. Aquí se ha empezado a construir ese movimiento ahora. Por eso, para mí, hacer activismo desde una asociación manchega, reivindicar el orgullo de la ruralidad, seguir habitando mi tierra, defender que no me quiero ir y que quiero seguir viviendo aquí y defender mis derechos, me marca mucho.
Yo nunca había sentido tanto orgullo de mi tierra hasta que entré en Plural, ni había sentido de la misma manera el orgullo de ser LGTBI+ y de ser de mi tierra. Entrar en Plural me hizo darme cuenta de muchas de las dificultades que tenemos y de lo complicado que es valorar nuestra tierra. Tampoco era consciente de la necesidad de recursos públicos que tenemos hasta que empecé a necesitar desplazarme a tantos sitios para participar en las actividades de la asociación.
En un momento en el que aumentan los discursos de odio y se cuestionan derechos ya conquistados, ¿por qué sigue siendo importante hacer activismo?
Todas las modas y tendencias llegan más tarde a las zonas rurales, y eso también pasa con la información. Si los medios de comunicación siguen dando una información básica, escasa y poco contrastada, lo que acaba llegando a la población general en la ruralidad es desinformación. No tienen a nadie que les muestre la realidad del colectivo.
Por ejemplo, ahora mismo en redes sociales no hay prácticamente ningún influencer o referente que hable de estas realidades desde aquí. Sin embargo, los mensajes que sí llegan son cada vez más fascistas. Ya no se contrasta la información y, en los lugares donde la información llega mal y tarde, el problema es todavía mayor.
Por eso el activismo es tan importante. Vamos a tu pueblo, a tu plaza, y allí somos visibles. Hacemos una actividad, mostramos un corto o una película y compartimos espacios donde puedes ver que somos personas normales, que no hacemos daño a nadie y que lo que te están contando no se corresponde con la realidad. Muchas veces esa realidad es simplemente una narrativa que les venía bien a determinados medios de comunicación.
Y cuando llegas y ves una actividad, puedes encontrarte con situaciones como esta: «Hola, soy una persona no binaria», y la abuela te responde: «¿Qué me estás contando?». Y después te dice: «Es que a mí el neutro no me gusta». Y tú le contestas: «Pues dime cariño, que tampoco tiene género». Y eso le gusta más.
Eso es lo que hacemos: normalizar y humanizar. Y si un día esa abuela tiene una nieta no binaria que viene con une amigue, podrá pensar: «De esto me hablaron en la plaza del pueblo». El activismo en esta zona consiste en quitarle lo raro a estas realidades, demostrar que no somos diferentes y que nuestras problemáticas existen, aunque no sean las que nos están contando.
Lo más importante es formar e informar. Queremos seguir viviendo aquí porque esta también es nuestra tierra y este también es nuestro espacio.
Este año leíste el manifiesto del Orgullo Estatal. ¿Qué significó para ti vivir ese momento? ¿Qué sentiste al representar a tantas personas?
Como persona rural, no binaria y bisexual, es un orgullo leer ese manifiesto y que lo escuche tanta gente, especialmente personas que no entienden por qué damos tanto el grito, por qué damos tanto el cante y por qué somos tan pesadas. Es lanzar un mensaje a quienes se sienten perdidas o están perdiendo la esperanza ante el ascenso de la ultraderecha. Es demostrar que hay personas que se plantan en Colón para gritar por nuestros derechos, que mis derechos son también los suyos y que esta lucha no está perdida.
Mientras lo leía, no podía evitar mirar al final de la plaza, esperando ver entrar a Castilla-La Mancha y a mis compañeras de Plural. Porque cuando estamos juntas nos sentimos amparadas por nuestras compañeras, pero después el Orgullo Estatal acaba y volvemos a nuestros territorios. Mi entidad es la que hace posible que yo pueda estar ahí, ocupar ese espacio y tener un altavoz. Han confiado en mí desde que llegué.
Y aunque las dimensiones del Orgullo Estatal no permitieran que mis compis de Plural pasaran en ese momento y me esucharan leer el manifiesto pensando en elles, representar ese manifiesto fue increíble y volvería a hacerlo, porque aquí el altavoz es más grande y te escucha muchísima gente. En cada Orgullo con Plural hacemos algo parecido, porque allí leemos un manifiesto que construimos juntas. Cuando hacemos actividades en los pueblos, a veces vienen cuatro personas. Aquí el mensaje llega. Es un altavoz enorme y es un orgullo poder representarlo.
Formas parte de una generación que ha crecido con más referentes y más visibilidad LGTBI+, pero también en un contexto de auge de los discursos de odio. ¿Cómo conviven esas dos realidades?
Hay un contexto general, tanto sociopolítico como cultural y económico, que nos marca: la precariedad. La explotación laboral, el acceso a la vivienda… Hay un momento en el que ya no vives para vivir, vives para sobrevivir, sobre todo si quieres irte a ciudades donde hay más acceso al mercado laboral.
Creo que uno de los motivos por los que la ultraderecha está convenciendo es porque la precariedad está en auge. La ultraderecha y el fascismo siempre se han alimentado de un discurso fácil: culpar al otro, buscar un enemigo. Y cuando las cosas están tan mal, cuando hay tantas dificultades, aunque hayamos evolucionado mucho, la ultraderecha vuelve a ese discurso fácil de buscar un enemigo al que señalar.
Ahora somos más visibles y tenemos más referentes, así que también hay más enemigos a los que apuntar. Y es más fácil convencer cuando ya no hay tantas personas unidas que tengan esperanza, porque te venden la idea de que la solución es deshacerte de ese enemigo. Siempre hay un enemigo, y el discurso se adapta. Algo tan sencillo como «echarles» es muy fácil de entender y el mensaje cala. Están cubriendo una necesidad de rescate y de ayuda.
¿Somos una generación de cristal? Estamos aguantando cosas diferentes. No tenemos una guerra, pero tenemos veinte abiertas que nos afectan a nivel sociopolítico y económico. Tenemos una crisis existencial tremenda porque no tenemos acceso a la vivienda, no tenemos acceso al mercado laboral y, encima, vivimos con promesas rotas.
Llevamos dos generaciones en las que nos han dicho que, si nos esforzamos y trabajamos, vamos a tener un puesto de trabajo digno, vamos a tener un hogar, vamos a poder formar una familia si queremos y vamos a poder tener tranquilidad. Y lo único que no tenemos es tranquilidad.
Entonces, la ultraderecha está aprovechando esta precariedad para construir un discurso que promete una salida fácil a problemas que son mucho más complejos.
A menudo se dice que la juventud es la «generación de cristal» o que «ya lo tienen todo conseguido». ¿Qué les responderías a quienes piensan así?
Las cosas no son tan fáciles. Las problemáticas que tenemos nosotras son las mismas problemáticas con las que se van a encontrar ellos si les quitan lo que tienen. La diferencia es que a nosotras ya nos lo pueden quitar porque, muchas veces, ni siquiera lo tenemos.
¿La gente joven está desmovilizada?
La respuesta corta es sí. La respuesta larga es que la juventud está desmovilizada de manera institucional, es decir, no se acerca a las entidades. Esto se puede interpretar como que no quieren acercarse o no quieren trabajar de esa manera, pero también podemos preguntarnos si las estructuras y los esquemas que seguimos utilizando están haciendo que la gente joven no quiera participar.
La realidad es que la gente joven se está organizando de manera no institucional y de una manera no formal. Porque la juventud, en el momento actual, a nivel LGTBI+, siente que está en los márgenes. Abraza la disidencia de una manera mucho más extrema y la vive de una forma que las generaciones anteriores no lo hacen. Han encontrado lugares seguros fuera de lo institucional.
Entonces, la pregunta es: ¿qué pueden hacer las entidades y las instituciones para que las personas quieran venir? No se trata tanto de señalar si están organizadas o no, sino de preguntarnos qué estamos haciendo nosotras para que no quieran venir.
Y la precariedad también afecta. Si no tienes tiempo para vivir, si tu vida consiste en sobrevivir, si tienes ocho horas laborales y ocho horas más de trabajo fuera de lo laboral, si estás preocupada porque no sabes si vas a poder comprar legumbres en vez de arroz, lo último que te preocupa es de dónde venimos y qué podemos hacer para cambiarlo. No tienes tiempo para parar, pensar y reflexionar. No tienes tiempo y estás agotada.
Estamos en un sistema capitalista que nos agota para que no queramos cambiar el sistema capitalista en el que vivimos.
Entonces, uno de los principales motivos por los que la juventud no está movilizada es porque está agotada.
¿Y qué se puede hacer para que la juventud se acerque a las entidades?
Tenemos que acercarnos nosotras. Tenemos que plantear proyectos que les interesen, en los que se sientan representadas y acogidas. Ahora la gente disidente es lo que más prima. Ya no vamos a encontrar una sola intersección, como ser lesbiana o gay; ahora hay mil: la migración, el género, ser intersex, que tu sexualidad se salga del monosexismo… La disidencia en los márgenes es cada vez más amplia y, muchas veces, es más fácil encontrarse ahí.
Lo que tienen que hacer las entidades es ir a esos márgenes, tocarlos, embadurnarse de ellos y conseguir que dejen de estar en los márgenes. Que dentro de la propia entidad esos márgenes dejen de estar en los márgenes.
Y, en segundo lugar, tenemos que generar espacios donde la juventud quiera estar. Si las personas de 50 o 40 años quieren dirigirse a la juventud, no pueden seguir siendo siempre la cabeza de cartel diciendo: «Llevo haciendo esto diez años». ¿Por qué sigues haciéndolo tú? Hazlo tú, pero nosotras queremos hacer otra cosa. Queremos hacer las cosas de otra manera.
Ese cambio generacional no se está dando. No somos accesibles en muchos sitios, en muchos ámbitos no hay relevo generacional y no estamos preparando a la juventud. Somos una juventud muy preparada, pero a nivel asociativo no nos han dado la oportunidad, porque quienes llevan diez años haciéndolo siguen haciéndolo.
Lo que tenemos que hacer es facilitar y hacer viable ese relevo generacional.
En octubre se celebran las Jornadas Jóvenes Sin Armarios. ¿Por qué son importantes espacios como este? ¿Qué aportan a las personas jóvenes LGTBI+ y aliadas?
Es un espacio seguro entre iguales, con personas que quizá nunca habían podido hablar de su orientación, expresión o identidad con tanta libertad. Es un espacio de formación: se aprenden cosas nuevas y, al final, se prepara a esas personas para que puedan asumir ese relevo. Intentamos prepararlas para lo que pueda llegar, para que ese relevo exista.
Son personas con capacidad para pensar, reflexionar, trabajar y hacer comunidad. Al final, se trata de meter a 50 personas a trabajar juntas, y tienen que aprender a pensar y trabajar de forma conjunta, desde una juventud organizada. Queremos que la juventud tenga un discurso organizado y que no nos toreen.
Es un espacio seguro donde tu identidad y tu orientación son libres. Da igual cuántos colores tengas en el pelo: en lugar de cuestionarlo, te van a decir «qué chulo, ¿dónde te lo has hecho?». Y, además, es un espacio para sentir que algo también es tuyo.
Has mencionado la palabra comunidad. ¿Por qué es importante y cómo podemos construir comunidad?
Es importante porque es tu red de apoyo. Tu familia biológica no siempre va a entenderte y quizá no encuentres un espacio seguro dentro de tu propia familia. Puede que no entiendan la complejidad que implica vivir en un sistema en el que tú no encajas.
Eso se nota mucho en los espacios rurales. Hay espacios que están hechos para generar comunidad (como las fiestas del pueblo y las verbenas), pero no siempre están pensados para ti. Y te lo han hecho entender. Te han hecho sentir que esas tradiciones no te pertenecen, que tú no perteneces a esa comunidad. Que estás fuera.
Entonces, encontrar una comunidad es lo que hace que quieras seguir habitando el mundo. Ya no es solo vivirlo, es habitarlo.
Porque cuando habitas el mundo, lo cambias. Y eso pasa también en los espacios rurales. Tú sola a la verbena del pueblo no vas, pero coges a tu comunidad y vas. Y haces que ese espacio sea seguro.
Por eso la comunidad es tan importante: hacemos que aquello que parecía que no nos pertenecía también nos pertenezca.
¿Qué necesitan los entornos rurales para que una persona LGTBI+ pueda crecer y querer quedarse sin renunciar a ser quien es?
Necesitamos una educación y unas instituciones públicas que apuesten por la visibilización y por un apoyo constante, igual que ocurre con el feminismo. No basta con que aparezca en la legislación y ya está.
Cuando ves referentes científicas, lingüistas o artistas, quieres investigar, tienes curiosidad. Cuando no existes en ningún lado, esa curiosidad se va hacia otros lugares. Y cuando no existes en ningún lado, muchas veces te sales de la educación institucional porque no sientes que quieras seguir ahí. Si esto empieza en la educación, mejora la calidad de vida. Ya no eres la loca, ya no eres la rara. Te da la posibilidad de ser, de trabajar, de imaginarte un futuro. Te da la oportunidad de que aquello que quieres hacer sea viable.
El apoyo institucional también es importante: que los ayuntamientos se comprometan a trabajar por el colectivo, no solo que tengan que aliarse con las entidades durante el Orgullo, sino que haya actividades durante todo el año.
Por ejemplo, hay un pueblo donde cada año se pinta el paso de cebra con la bandera. Es una manera de decir que, si en ese pueblo hay una agresión, se va a apoyar al colectivo. Que el colectivo puede estar ahí y que queremos que esté.
Y luego está el transporte público y la ruralidad. Construir redes de apoyo y redes de comunidad sin un transporte público adecuado es complicadísimo. Hay personas que salen de la ESO y no tienen una red de apoyo porque no se han sentido apoyadas, incluidas o abrazadas. Y, aunque nadie las haya rechazado directamente, han tomado la decisión de irse de ese grupo y de ese espacio.
Entonces, ¿dónde construyes si no tienes un servicio de transporte público? Muchas veces no hay tanta distancia entre pueblos, pero ¿cómo llegas?
Si no puedes irte a hacer ocio al pueblo de al lado, ¿cómo construyes comunidad? No puedes construirla si no tienes accesibilidad.
Y, en el otro lado de la moneda y de manera positiva, ¿qué tiene el mundo rural que muchas veces no se cuenta?
La comunidad. Aquí todo el mundo te conoce, tienes tu mote y se conoce a tu familia. Y eso, de alguna manera, te da una protección. Es cierto que no a todo el mundo, pero a mí sí me la ha dado. Yo siempre me he mostrado muy disidente y todo el mundo sabía quién era mi abuela, mi abuelo y mis ocho tíos. Señalar a una persona a la que el pueblo reconoce, y cuya familia también conoce y quiere, no es tan fácil. Eso también se convierte en un arma de doble filo, pero esa protección existe.
Si alguien te señala, no va a ser únicamente por el hecho de formar parte del colectivo; siempre hay algo más detrás. Otra cosa es que se vaya a lo fácil. Yo siempre digo que en Madrid, si alguien te agrede por maricón, es por maricón. Pero aquí puedes escuchar esa palabra simplemente como un insulto, aunque no tenga que ver necesariamente con tu identidad o tu disidencia. Puede ser que esa persona simplemente esté molesta contigo por otro motivo. No es un odio puro ni una definición de quién eres: es una palabra fácil de utilizar, «maricón».
Y luego hay otros puntos positivos, como la tranquilidad. Te invita a construir desde la tranquilidad y la paz, desde habitar las relaciones. Aquí podemos quedar para tomar un café sin tener que compaginar 800 horarios ni pasar dos horas en el metro. Aquí construyes desde un «¿nos vemos en una hora para tomar un café?».
En los pueblos vivimos las relaciones. Ahora se habla mucho de resumirnos la vida, pero en los pueblos es más fácil vivir las relaciones. No nos resumimos, nos vivimos, nos habitamos.
Y la calidad de la alimentación también es muy importante. Los alimentos vienen de huertos cercanos, se trabaja la tierra y puedes escuchar: «Esto es del pueblo». Se trabaja aquí. En las grandes ciudades, en cambio, muchas veces no tienes tiempo ni para ir a la frutería o a la carnicería. Y esas relaciones y esos vínculos se pierden. Yo hablo con mi frutera como si fuera mi mejor amiga. En otro sitio no podría hacerlo.
Para quien todavía no esté familiarizado con el término, ¿qué significa ser una persona no binaria?
Tengo dos explicaciones. La primera es que las personas no binarias son aquellas que no se identifican con los géneros hombre o mujer.
Pero hay otra manera de explicarlo. Imaginemos que el género son dos cajitas: un día se puso una cajita en la que decía «esto es un hombre» y otra en la que decía «esto es una mujer». Pero una persona no binaria no tiene por qué encajar en ninguna de esas dos cajitas. Hay personas para las que esa cajita, sencillamente, no encaja porque son demasiado cerradas cuando, en realidad, las identidades son mucho más abiertas.
También podemos imaginarlo como una línea en la que el género puede fluctuar a lo largo de todo ese recorrido. Son personas que no se identifican con esas dos cajitas cerradas, sino que pueden situarse en diferentes puntos de esa línea o no identificarse con ella.
¿Cómo fue el proceso de descubrirte y nombrarte como una persona no binaria?
Fue horrible. Me estaban pasando muchas cosas a nivel personal, entre ellas la muerte de mi padre, y empecé a indagar en si era una mujer o no y si me gustaban las mujeres que, aunque son cosas distintas, no podía separarlo. Para definir mi orientación tenía que pasar primero por mi identidad. Pensaba: «¿Me gusta una mujer? ¿Soy una mujer?». No podía separar una cosa de la otra.
Fue un proceso muy largo, con mucho miedo, sintiendo que no existía y que me lo estaba inventando. Pensaba que otra persona podía serlo, pero yo no. Sentía que me estaba apropiando de una lucha que no era mía. Pensaba que apoyaba mucho la lucha, pero que en realidad estaba fingiendo estar dentro.
Pasaron muchos años hasta que pude nombrarme como persona trans no binaria. A mí la palabra «trans» se me hacía bola. Yo decía: «No soy cis». Me resultaba más fácil decir lo que no soy que decir lo que soy.
A raíz de entrar en el activismo, pude empezar a habitar mi identidad con más tranquilidad.
¿Qué situaciones cotidianas siguen siendo especialmente difíciles para las personas no binarias?
Depende mucho de cada caso. Hay personas que salen del armario con su entorno de amigas, pero no con su familia, porque no pueden hacer tanta pedagogía. Con su comunidad viven de una manera y en casa de otra. ¿Esto es violencia? Sí. Pero también puede ser la manera más segura de habitar el mundo.
Otro ejemplo es rellenar papeles insignificantes en los que te preguntan si eres hombre o mujer, o encontrarte con formularios en los que te preguntan por tu sexo. Son pequeñas violencias, pequeñas gotitas que te dicen: «Tú no vales, tú no existes, tu identidad no es legítima». Y son gotitas que, poco a poco, te hacen pensar: «Igual tengo que replanteármelo». Te echan para atrás, te hacen sentir que es una mentira y que tienes que ubicarte un poquito.
Al final, todo se rige por un sistema sexo-género. Desde la violencia misógina hasta las violencias que sufren las personas trans, intersex y migrantes, muchas de ellas están atravesadas por este sistema que nos ha fallado. Un sistema que determina qué conductas puedes tener o no, dónde puedes estar, qué ropa puedes usar, qué productos puedes consumir… Y no solo afecta a las personas no binarias: nos violenta a todas y nos mantiene en los márgenes de diferentes maneras.
Es un sistema que nunca ha funcionado. Durante mucho tiempo ha habido hombres que han oprimido a otras personas, y llevamos una trayectoria muy larga intentando romper con eso. Empezamos con las sufragistas y la lucha de las mujeres por el derecho al voto, y desde entonces hemos avanzado poco a poco hasta llegar al punto en el que estamos ahora.
Es todo un sistema sexo-género que nos violenta a todas de diferentes maneras. Y las personas intersex y no binarias estamos diciendo que ese es el problema.
Si pudieras cambiar dos cosas para mejorar la vida de las personas no binarias en España, ¿cuáles serían?
Primero, que todo el mundo entendiera la diferencia entre sexo y género, y que esa separación existiera también en los libros de biología. Entendemos qué son el sexo y el género a través de la biología y, si preguntas por las personas cuyo sexo biológico presenta variaciones, todavía hay quien responde que son «hermafroditas». Ahí tenemos un problema, porque se está utilizando un concepto de manera incorrecta.
Eso no puede ser. Construimos una educación sobre conceptos erróneos y después deconstruir todo eso es muy complicado.
Segundo, a nivel institucional y, sobre todo, fuera del ámbito médico, no necesitas saber mi género. Puedes preguntarme por mis pronombres. A nivel institucional no es tan necesario conocer el género de una persona, salvo para cuestiones muy específicas.
También eres una persona bisexual. Muchas personas bi hablan de sentirse cuestionadas incluso dentro del propio colectivo LGTBI+. ¿Cómo se manifiesta esa bifobia?
El contexto es lo que determina la violencia. No es lo mismo que tu tía Puri esté confundida a que una lesbiana diga cosas como: «Con una bisexual nunca estaría, porque ha estado con un hombre y ha estado con el enemigo».
Ese discurso está en auge, pero el contexto es diferente. Tu tía Puri puede estar inundada de desinformación, pero con una charla con ella esto probablemente lo tienes resuelto. En cambio, si es una lesbiana quien lo dice, tienes que señalarle que todo lo que ha dicho es bifóbico y misógino. Y a ver qué lesbiana no se siente mal al escuchar eso.
Cuando eres una persona discriminada, que te señalen que estás discriminando a alguien es horrible. Entonces tienes que señalar esas dos cosas y explicar que lo que ha dicho no tiene sentido y que es violencia. Y ahí aparece la pregunta: «¿Cómo va a ser violencia si es mi preferencia?». Tienes que explicar que eso también puede ser violencia sistémica. ¿Cómo vas a poner un bonus o un valor añadido a una persona por haber estado con un género determinado y quitárselo por haber estado con otro?
Eso es una agresión hacia las personas bisexuales, porque las cuestiona y las invalida por completo.
Con los hombres bisexuales existe además una invisibilización muy fuerte, porque se les tacha de «maricones». A nada que tengan un poco de pluma, ya se les llama maricones y, por mucho que digan que son bisexuales, se produce un borrado desde el principio.
Y nunca vas a ser suficiente para quien tiene una sexualidad monosexista: porque has estado con una persona de otro género, nunca vas a ser suficientemente lesbiana, suficientemente maricón ni suficientemente bisexual.
Igual que cada identidad y cada letra tiene su propia dinámica de socialización, la bisexualidad también la tiene. Y depende de que entremos o no en esas cajas. Y, encima, se nos culpa por no entrar en ellas.
¿Qué importancia tiene contar con referentes cuando eres una persona joven LGTBI+?
Es una de las partes más importantes del colectivo, porque te dice que lo que tú eres es posible. No necesitamos únicamente referentes de éxito a nivel de comunicación, que ganen dinero o que sean personas famosas. Necesitamos que el panadero sea del colectivo y sea visible, que la frutera tenga una pequeña bandera para decir: «Aquí estamos».
Esos referentes y esa visibilidad son lo que hace que un espacio pase de ser visible a ser habitable. Y creo que esa es una diferencia muy importante. Una cosa es vivir en un sitio y otra es habitarlo. Cuando lo habitas, tienes comunidad. Puedes habitar ese espacio y elegir si quieres seguir haciéndolo, sin que tu orientación o tu identidad sean algo que se cuestione o una variable que determine si puedes o no habitarlo.
Por eso son tan importantes los referentes, sobre todo en las zonas rurales.
Crear referentes es eso: decirte que ese espacio también es tuyo, que la vida que tienes es tuya y que puedes seguir viviendo aquí.
¿Quiénes han sido tus referentes?
Mis referentes fueron, sobre todo, de YouTube, alrededor de 2014 y 2015. También fueron influencers como Koala Rabioso, Jaumasuarus, Melo Moreno, Tigrillo y todo ese grupillo… Yo empecé a formarme a través de Tigrillo porque era muy formativo y muy accesible. Toda mi formación inicial fue a través de él.
Más adelante llegaron ilustradores como Xuri Fentón o Estudio Catastrófico, entre otros. Y, después, mis referentes pasaron a ser mis amigues.
Yo construyo mis discursos y los hago evolucionar porque he construido muchísimo con mis amigues. A día de hoy, no podría decir ni la mitad de las cosas que digo si no hubiera hablado, discutido y conversado con elles sobre todo tipo de cuestiones.
Por ejemplo, la inclusión del feminismo dentro de mi discurso —aunque siempre han estado entrelazados, pero de una manera más activa— la he construido hablando sobre las personas no binarias: si las personas no binarias entran o no dentro del feminismo, de dónde viene esa relación, cuál es la problemática, por qué es necesario… Todas esas conversaciones las he tenido con mis amigues y las hemos ido construyendo en conjunto.
Mis referentes son mis amigues porque es con quienes construyo y con quienes aprendo.