Ronny de la Cruz llegó a COGAM con apenas 18 años buscando un espacio donde conocer a otras personas LGTBI+. Casi dos décadas después, preside una de las organizaciones históricas del activismo español en el año de su 40 aniversario. En esta entrevista, repasa la evolución del colectivo en Madrid, reflexiona sobre los desafíos que afronta el colectivo en un contexto de creciente polarización y reivindica el papel de la comunidad, la movilización y los referentes para seguir avanzando en igualdad.
El Orgullo estatal que se celebra en Madrid es uno de los más grandes del mundo. ¿Por qué sigue siendo importante hoy el Orgullo?
El Orgullo sigue siendo importante, en primer lugar, porque debemos celebrar las conquistas que se han alcanzado durante estos 40 o 50 años de democracia, e incluso antes. Creo que es un ejercicio de agradecimiento: celebrar lo conseguido y honrar a todas las personas que lo hicieron posible.
Pero, además, también es fundamental recordar que no todos los objetivos están alcanzados. Estamos viviendo un contexto social y político complicado, en el que muchas de las conquistas logradas, tanto a nivel legislativo como social, están siendo cuestionadas. Y precisamente los avances sociales, que son más intangibles y más difíciles de consolidar, también pueden retroceder con relativa facilidad.
Por tanto, el Orgullo sigue siendo necesario por dos grandes motivos. Por un lado, para celebrar lo conseguido y reconocer a quienes lucharon para que hoy disfrutemos de esos derechos y libertades. Por otro, para recordar que aún queda mucho por hacer y que seguimos afrontando importantes desafíos en un contexto que no siempre parece favorable para continuar avanzando en igualdad y derechos.
¿Cómo será el Orgullo de este año y qué mensaje principal debería transmitir?
El principal mensaje es que hay que moverse y no nos podemos quedar en casa. Aunque creamos que no pasa nada, que el matrimonio igualitario está conseguido,y hace ya 20 años que se aprobó, estamos viendo cómo determinados partidos dicen que las políticas LGTBI+ son una línea roja y lo cierto es que en otros países del mundo ya hay retrocesos en cuanto a derechos. No podemos dejar de movilizarnos porque los derechos hay que defenderlos día a día, y más en fechas señaladas como el Orgullo. Existe el riesgo de que vayamos hacia atrás si dejamos de hacerlo.
Y el mensaje que queremos transmitir no es solamente de miedo frente a esos riesgos. También es un mensaje de esperanza. Tenemos claros cuáles son nuestros objetivos: alcanzar una igualdad real para todo el colectivo y para toda la diversidad, y seguimos trabajando para conseguirlo. Por tanto, es importante tener muy presente el contexto en el que estamos y las complejidades que implica; y por otro, poner el acento en la esperanza, en construir desde lo bonito, desde lo celebrado y desde todo lo que ya hemos conseguido, pero teniendo muy claro que aún nos quedan cosas por hacer.
Este año COGAM celebra 40 años. ¿Qué significa llegar a este aniversario para una organización como COGAM?
Para nosotras es una alegría y, personalmente, un honor estar en la presidencia de COGAM en una fecha tan redonda como este 40 aniversario. Significa que ha habido mucha gente que ha hecho muchas cosas muy bien, ya que no todas las entidades llegan a ser así de veteranas. Lamentablemente, hay entidades que desaparecen, u otras que, aun manteniéndose activas, pasan a desempeñar un papel más secundario o reducen el alcance de su actividad. Por eso, cumplir 40 años y seguir siendo una entidad relevante es un logro muy importante. Y lo hacemos sin olvidar que no todo está conseguido. Vamos a seguir aquí, trabajando y avanzando para conquistar los derechos que todavía quedan por alcanzar.
¿Cómo era la realidad de las personas LGTBI+ en Madrid cuando nació COGAM y cómo ha cambiado desde entonces?
La realidad ha cambiado una barbaridad en estos 40 años. Hace cuatro décadas, Chueca era un lugar muy distinto, con todas las distancias que se quieran establecer. Era, salvando las diferencias, algo que podría compararse con la parte más complicada de Vallecas o con zonas con mayores problemas sociales, o incluso con lo que nos trasladan los testimonios de la Cañada Real. Se hablaba de mucha drogadicción, delincuencia e inseguridad. Eso no significa que hoy no existan problemas, pero aquel contexto era claramente mucho más difícil, un barrio donde prácticamente no se podía vivir con normalidad. En estos 40 años hemos visto una evolución enorme. Chueca ha pasado a ser un espacio seguro, relativamente seguro —porque nunca está exento de matices—, y un lugar de referencia para el colectivo. Y además hemos visto cómo, afortunadamente, no ha sido el único.
De unos años a esta parte, somos conscientes de que Madrid cuenta con otros barrios LGTBI-friendly, como La Latina, Lavapiés, buena parte de Vallecas o de Carabanchel, entre otros. Se han ido conquistando más espacios, y eso también es un éxito. Aunque haya cierta nostalgia de lo que fue Chueca hace 10, 15 o 20 años, lo importante es precisamente esto: que no tengamos que concentrarnos en un único lugar, sino que podamos vivir en libertad en cualquier barrio de la ciudad. Eso es algo que hemos visto en estos 40 años: la conquista de espacios, la aprobación de leyes, el crecimiento del Orgullo de la mano de avances legislativos y de conquistas sociales. Y también, por supuesto, el propio recorrido de la entidad, los cambios de sedes y toda la evolución que ha acompañado este tiempo.
A pesar de esos avances, ¿qué retos enfrenta actualmente el colectivo LGTBI+ en nuestro contexto social y político?
Los primeros retos, como bien sabes, este año están centrados en los derechos de las personas intersex. El primer objetivo es poner el acento en su realidad y en sus necesidades, y sobre todo en hacer entender su situación a la ciudadanía, incluso más que a los políticos. Porque al final, si consigues que lo entienda la ciudadanía, acaba obligando a los políticos y a las políticas a moverse. Si solo lo entienden ellos, pero no hay un cambio social detrás, realmente no estamos haciendo nada.
Se trata de visibilizar la realidad de las personas intersex, poner sus problemáticas sobre la mesa y desarrollar los instrumentos legales necesarios para abordarlas. En algunos casos serán leyes; en otros, directrices en el ámbito médico o jurídico, etc. Son cuestiones que no siempre brillan tanto, que no son tan fáciles de “vender” como una ley con nombre propio, pero que son igual de necesarias. Y estos pequeños cambios, que pueden derivar de una ley, y de la voluntad política, son los que acaban transformando la vida de las personas de una manera muy concreta y muy directa.
¿Cómo han impactado los retrocesos o cambios políticos impulsados por la derecha en la Comunidad de Madrid en la vida del colectivo LGTBI+?
Impacta, sobre todo, con una sensación de inquietud. Como decía Belén Cuesta, “Madrid parece muy moderna, pero no es tan moderna”. Hay una reflexión que leí en su día —aunque no venía de este tema— que señalaba que, en buena parte del mundo, especialmente en Europa, las capitales suelen ser más progresistas que el conjunto del país. Pero en Madrid ocurre al revés: la capital es, en algunos aspectos, más conservadora que el conjunto del Estado. Eso es un rasgo un poco atípico del caso español, y genera cierta sensación de desasosiego o de preocupación en el colectivo.
Lo hemos notado especialmente en COGAM y, quizá todavía más, lo vemos en las familias LGTBI+ de la entidad. Familias que antes eran muy activas, que organizaban varias convocatorias al año y se reunían con frecuencia, ahora encuentran más dificultades para mantener ese ritmo. En muchos casos aparece una cierta sensación de miedo o de cautela. Es como si se instalara la idea de “mejor me quedo quieto, no vaya a ser que pierda lo poco que tengo o que nos recorten derechos”. Ahí es donde creo que más se ha notado el impacto, junto con un tono general de mayor crispación que impregna el ambiente político y que también se traslada al ámbito social.
Ahora que hablabas de estos grupos de familias o de esta gente como más apagada, en ese sentido, ¿qué mensaje les trasladarías?
Les trasladaría, en primer lugar, que entiendo y respeto las decisiones de movilizarse o no movilizarse. Cada persona tiene un contexto vital muy particular y hace lo que puede y lo que necesita en cada momento. Pero sí quisiera transmitirles esperanza y la idea de que quedarse quietos no es una opción que nos garantice ni siquiera mantener lo que ya tenemos. Si año tras año determinados sectores perciben que el Orgullo pierde fuerza, que hay menos movilización o que se cae en la irrelevancia, puede haber quien considere que es el momento de plantear cambios o incluso regresiones legislativas. Por eso, más allá de la situación concreta de cada persona, creo que es importante insistir en la esperanza de que no estamos mal pero queremos estar mejor. Y para eso hay que intentar, en la medida de lo posible y respetando los procesos de cada uno, no quedarse quietos.
También me parece importante no solo hablar de colectivo, sino de comunidad. A esos grupos de familias y a las personas que están viviendo ese desasosiego, les diría lo importante que es hacer comunidad, apoyarnos unos a otros y darnos esa energía y esa esperanza para seguir avanzando. Porque al final, más allá de acudir o no a una manifestación concreta, de lo que estamos hablando es de poder desarrollar un proyecto de vida en igualdad. Y si vives con miedo de forma constante, eso es muy difícil. La comunidad, en ese sentido, puede ser ese soporte que te permite seguir adelante.
Se habla mucho en la diversidad del movimiento. Para quien no lo sepa, ¿qué significa interseccionalidad?
La interseccionalidad hay muchas formas de explicarla, y se refiere a la combinación de distintas realidades o condiciones en una misma persona.
Es decir, una persona puede sufrir discriminación por ser mujer y, por tanto, por su género ya puede vivir determinadas desigualdades. Si además es lesbiana, ahí se cruzan dos realidades que pueden generar otros niveles de discriminación. Si a eso le sumamos que es afrodescendiente, se añade una tercera dimensión. Y si además es migrante, o tiene discapacidad, se van incorporando más capas.
No es lo mismo ser afrodescendiente nacida en España que serlo y además ser migrante; no es lo mismo una sola de estas condiciones que la suma de varias. La interseccionalidad, en ese sentido, es precisamente eso: el cruce de distintas realidades que hacen que una persona pueda estar expuesta a diferentes formas de discriminación o desigualdad al mismo tiempo.
Llevándolo a tu propia experiencia, ¿cómo empezaste en el activismo LGTBI+ y qué te llevó a implicarte en COGAM?
Llegué a COGAM con unos 18 años, prácticamente en 2008, así que llevo, literalmente, media vida vinculado a la entidad. Entré en el grupo joven después de hablar con una persona con la que reflexionaba sobre la necesidad de tener espacios para conocer gente más allá del ocio nocturno. En aquel momento había pasado por la asociación, así que decidí acercarme. Me gustó lo que vi y seguí participando. Al cabo de un año aproximadamente, la persona que lo coordinaba dejó el cargo y me presenté como coordinador. Estuve aproximadamente dos años en esa función. Después pasé a formar parte de la junta directiva, más tarde dejé ese espacio durante un tiempo y seguí como socio. A partir de 2018 o 2019 volví a incorporarme a la Junta, primero en distintos cargos, y desde 2023 ejerzo como presidente.
¿Cómo ha cambiado el activismo LGTBI+ desde que comenzaste hasta hoy?
Creo que esa es una de las claves principales de cómo ha cambiado el activismo: en la manera de comunicar y de organizarse. Siento que pesan mucho más las redes sociales y tiene muchísimo más peso el cómo, el cuánto y el cuándo se comunica todo a través de ellas. En 2008, cuando empecé, todo era mucho más presencial. Ha habido una evolución clara, aunque la pandemia también marcó un punto de inflexión importante en la forma de comunicar, algo que en realidad ya venía de antes. También diría que quizás hoy se pone mucho más acento en las formas. El fondo, por supuesto, sigue siendo fundamental, pero ahora cuidamos mucho más cómo se transmite el mensaje. Antes era todo más directo, más visceral: “quiero decir esto, pues lo digo”. Ahora hay más reflexión sobre el tono, la estética, el diseño, los colores, las gráficas, las redes… Todo está mucho más cuidado. A veces incluso puede haber cierta “dictadura de lo estético”, en el sentido de que se invierte mucha energía en la forma. No sé si eso es necesariamente negativo, pero sí es cierto que antes se priorizaba más el contenido inmediato y ahora dedicamos más esfuerzo a cómo lo presentamos. Y quizá, en ocasiones, eso nos hace perder algo de espontaneidad o de energía en el fondo del mensaje.
¿Qué papel deberían tener las personas jóvenes dentro del activismo actualmente?
Deberían tener un papel muy importante, porque son quienes van a ir sustituyendo a quienes estamos ahora en primera línea. No quiero plantearlo como una responsabilidad exclusiva de ellas, ni mucho menos, pero sí tienen un papel clave a la hora de generar discurso y de explicar determinadas realidades. Porque estamos viendo —y esto aparece mucho cuando hablas con personas de 50 o 60 años— que muchas no han estado vinculadas directamente a asociaciones LGTBI+ y no han vivido de primera mano la evolución del movimiento. Les cuesta entender determinados conceptos o realidades nuevas, como el uso de pronombres, la “e”, el lenguaje neutro, o identidades como las personas no binarias o las realidades intersexuales, que precisamente este año reivindicamos. A veces se quedan en categorías más básicas, como lesbianas y gais, y en algunos casos ni siquiera eso. Ahí creo que la generación activista actual tiene que hacer de puente, y la generación joven tiene un papel fundamental en visibilizar y ayudar a explicar todo esto para que se entienda mejor.
Al final, la sociedad española es la que es, con una estructura demográfica concreta, y es muy importante que las personas de 40, 50 o 60 años también comprendan estos cambios. Solo así el discurso no se queda estancado y puede seguir avanzando y creciendo.
¿Qué le dirías a una persona joven que se acerca por primera vez a COGAM o al activismo LGTBI+?
Le diría algo que dijo el Papa Francisco en una entrevista. Él venía a decir que la juventud tiene que ser movilizadora, contestataria y, de alguna forma, irreverente frente a lo establecido. Y creo que, más allá de quién lo diga, es una verdad como un templo. La juventud tiene que ser así: tiene que agitar un poco el movimiento, tiene que cuestionar lo que hay, tiene que ser crítica. Evidentemente, todo con matices y con responsabilidad, pero es importante que exista una juventud que incomode, que pregunte y que empuje hacia adelante lo que está establecido.
Es el portal Referentes. ¿Por qué crees que son importantes los referentes para las personas LGTBI+?
Son fundamentales para quienes vienen después. No en el sentido de crear ideales inalcanzables, sino para que puedan percibir en otras personas, independientemente de su grado de relevancia pública o de su influencia, figuras a las que leer, escuchar o a las que acudir. Aunque sea de una forma más mental o incluso aspiracional, tener referentes permite pensar: “me gustaría, de alguna manera, llegar a expresarme o a vivir mi vida como parece que lo hace esta persona”. Creo que por eso los referentes son muy importantes.
¿Qué referentes LGTBI+ han marcado tu trayectoria personal y activista?
Uno de mis primeros referentes fue el personaje de Rubén en Al salir de clase. También, por supuesto, Javier Calvo en Física o Química.
Y dentro de mi “casa”, de mi entorno más cercano, mis referentes son también personas del propio activismo. Arantxa Fernández, vicepresidenta y coordinadora del grupo bi. También Toni Poveda, que era el presidente de FELGTBI+ cuando yo empecé a venir a COGAM. De hecho, mi primer Congreso Federal fue justo el que coincidió con su salida, y tuve la oportunidad de votarle. Podría poner una lista muy larga, pero esos serían algunos de los referentes principales que marcaron mi recorrido.