“Desde que me he reconocido bisexual me siento más tranquila, más en mi lugar”

Zahara lleva años haciendo de la música un lugar donde romper normas, cuestionar certezas y dejar entrar todo aquello que se sale de la norma. Ahora, con Zaharave, lleva esa idea un paso más allá: convierte el escenario en una grieta, en un espacio donde dejarse atravesar por el sonido, abandonar el control y formar parte de algo colectivo.

Hablamos de raves, de cuerpos que bailan y cuerpos que se sienten observados, de referentes que llegan tarde y de lo que significa reconocerse bisexual cuando has vivido buena parte de tu vida bajo el heteropass. También hablamos de la presión de convertirse en referente, del miedo a equivocarse, de la responsabilidad de la cultura a la hora de imaginar otras vidas y de esa grieta que, para Zahara, es una apertura por la que puede colarse el mundo.

 

 Has dicho que la rave es “una grieta del sistema, una avería donde todo rompe”. ¿Qué ocurre para que sea así?

En un momento como el actual, donde todo está tan medido, tan hipervigilado, donde somos tan conscientes de todo, la rave es un glitch, es una anomalía. Es un lugar al que entras, un espacio que se ocupa, sin relojes, sin móviles, sin mail, sin WhatsApp. Donde no importas tú, donde aceptas las normas de ese momento y es como si fueras una pieza más de una criatura que está ahí moviéndose. Tú eres un ojo, eres una uña, eres un pelo, y lo que tienes que intentar es que la criatura esté siempre bien.

Es bonito y choca con las dinámicas a las que nos arrastra nuestro día a día, donde el individualismo es lo que prima. Pensar en la rave como un espacio roto, en el mejor de los sentidos, es mi lucha.

 

Has hablado de la rave como un espacio sin horarios, identidad ni jerarquías y te interesa especialmente la idea de “dejarse penetrar”. ¿Cómo relacionas esta idea con el colectivo LGTBI+ y las disidencias?

Es una idea que me gusta mucho porque yo tenía una sensación, cuando he ido a clubs como practicante, de que hay dos tipos de cuerpos. Está el cuerpo que baila, que se expresa y al que no le importa si está siendo mirado o no; el que se expresa con independencia. Y luego está el cuerpo que está hipervigilado: el que está bailando y no sabe qué hacer, o el que se mueve estupendamente porque sabe que está siendo mirado.

Los cuerpos que más me gustaban, por cómo se expresaban, eran los de las mujeres, las personas queer, las mujeres y los hombres trans. Es que parece que somos quienes estamos gozando. Y luego está el grupo de cisheteros que se pone en primera fila, que mira, está intentando fichar, bebe, se droga y, como no encuentra nada, se pira. ¿Qué haces aquí? Este no es tu lugar.

Yo no conseguía entender por qué. Más allá de algo puramente emocional, de una sensación, no tenía una tesis. Hasta que leí Raving, de McKenzie Wark, que es como la biblia de las raveras y de las personas queer. Y leí una frase que me crujió el cerebro: en la rave te tienes que dejar penetrar.

Eso es lo que hace que conectes. Tienes que ser completamente permeable; si no, no funciona nada. Da igual la gente, dan igual y las drogas: va de dejarte penetrar por el sonido. Y ella lo vincula con los cuerpos penetrados, que son los cuerpos de las mujeres y los cuerpos del colectivo.

Y, claro, una vez que lo vi, ya no podía dejar de verlo. Ahora, cada vez que estoy en una rave, veo quién ha sido penetrado y quién no. Y la penetración acústica es tan poderosa… En realidad, las mujeres nos hemos sentido inferiores porque somos el objeto penetrado, cuando tener la capacidad de acoger lo que viene de fuera (sea tuyo, de otro miembro o del universo) es algo tremendamente poderoso.

 

¿Cómo se pueden crear estos espacios y conseguir que sean realmente seguros?

A lo largo de los años creo que con mi comunidad ha sido fácil. Han visto en mi manera de expresarme sobre el escenario un ejemplo de cómo ellos, ellas y elles podían estar debajo. Eso ha hecho que, con los años, hayamos ido aprendiendo, y me he encontrado con un respeto brutal entre quienes están ahí y con un cuidado increíble.

Había un titular que decía que Zahara es capaz de hacer que las chicas y los maricones salgan de debajo de las piedras. Haberlos, haylos, y de repente vienen a verme. Hay algo en lo que yo hago que es llamativo y que hace que puedas venir, pero si no conectas, te vas a acabar marchando. Y si te acabas quedando es porque entras y entras a muerte.

Y, de alguna manera, si eres nuevo y no conoces la dinámica del grupo, puedes aprender de la persona que tienes al lado. En espacios abiertos yo no lo controlo, pero yo bajo a bailar, me da igual el lugar. Lo máximo que te puedes encontrar es que se agobien un poco porque la gente quiere estar cerca de mí, pero la gente está en la gloria.

Este formato Glitch es para tener el control, no para dejarlo al azar y ver si te dejas penetrar o no. Aquí ya vienes penetrado, vienes a favor, conoces esto. Y si no, yo te lo voy a explicar de la manera más bonita posible, contigo, allí, intentando que la experiencia sea larga, que te dejes llevar, que no haya móviles, que no se grabe.

Es liberador. Y ojalá lo consiga porque es mi reto en esta gira. Mi máxima ambición es conseguir crear un espacio amable y seguro para todas.

 

En el último Orgullo marchaste reivindicando la bisexualidad y has contado que durante mucho tiempo te preguntabas: “¿De verdad te quieres meter en este jardín?”. ¿Qué hay en ese jardín? ¿Por qué sentías que no podías o no querías entrar?

Uno de los privilegios bi que igual genera reticencias dentro y fuera del colectivo es el heteropass. Yo voy de hetero por la vida y no he tenido ningún trauma, no me han querido matar, no me han echado de casa por mi orientación sexual, no he tenido los grandes problemas que hay en el colectivo. Lo que he vivido ha sido más bien una represión personal, autoimpuesta. Miedo, inseguridad, no lo sé. Falta de referentes, falta de alguien que me dijera: «Sí, lo que sientes es válido».

En realidad, lo que siento es una pérdida. Pienso: ¿cuántas cosas me he perdido? Al final, no tengo un sufrimiento por haber llegado hasta aquí. Y, por eso, una parte de mí decía: «Ya que has llegado tan lejos, ¿tienes la necesidad de sumarte a esta causa, compartir tu experiencia? Estás en una relación estable y heterosexual, ¿qué más da lo que sientas? ¿Es tan importante?». Y eso era un poco lo que me llevaba a decir: «Uf, me lo ahorro». Me ahorro todo esto.

Pero lo que me hizo querer meterme fue, por ejemplo, empezar a hablarlo incluso con mi pareja, empezar a reconocerme. Yo puedo estar con él y amarlo y, al mismo tiempo, darme cuenta de que me atraen las mujeres, de que me gustan, y empezar a reconocer lo que he vivido.

Empecé a hablarlo en un espacio íntimo y eso me llevó a compartirlo con otras mujeres y amigas. Y me decían: «Tía, es que yo me lo he preguntado siempre. Pero a mí me gustaba una amiga del cole y pensaba que a todas las amigas les gustan las amigas del cole».

Y entonces me di cuenta de que había muchas mujeres en mi entorno que necesitábamos hablar de esto. No desde un lugar traumático, pero sí desde una necesidad liberadora.

Cuando hice un pódcast que se llama Fuerísima, que fue donde hablé por primera vez de esto, recibí una cantidad de mensajes de mujeres agradecidas que pensé: esto hace más bien que mal. Da igual lo que vaya a ser mi vida, cuál sea mi contexto o cuáles sean mis relaciones con mujeres. Si mi exposición, si mi experiencia, sirve para que otras mujeres que están en una situación parecida puedan reconocerse, es valioso.

Porque la identidad va de eso. No de que alguien te diga si eres válida o no.

Y desde que me he reconocido bisexual es como que me siento más tranquila, más en mi lugar. Me gusta quién soy. Y luego hay otras peleas que aparecen.

 

¿Qué otras peleas o retos aparecen?

A veces me siento una intrusa. No me siento suficientemente bi. En general, sí que siento que, en mi entorno y con las personas con las que me relaciono, nadie lo duda. Lo agradecen, o ni siquiera hay nada que agradecer: es como «Ok, Zahara». Pero sí que he sentido alguna reticencia, que pregunten ¿cuándo?, ¿pero cómo? que digan que es una moda, que me llamen abanderada de todas las causas. Si es que yo no abandero nada. Cuento lo que siento porque creo que es más positivo que negativo.

Siento que me queda muchísimo por explorar. Si mi relación se vuelve abierta o si rompemos, tengo claro hacia dónde me gustaría profundizar. Pero hasta que llegue eso y alguien me diga: «Ah, es verdad, era bisexual, lo ha demostrado»… Hay una presión por demostrarlo que es peligrosa, porque no hace ningún bien.

Y esa demostración viene tanto del lado cishetero como del propio colectivo. Como si tuvieras que demostrar que eres suficientemente bi para que tu identidad sea válida.

 

Durante toda tu trayectoria has hablado de las situaciones que sufrimos las mujeres durante nuestra vida y de cómo muchas veces se espera que sean las propias mujeres quienes denuncien las desigualdades. ¿Crees que las artistas mujeres y LGTBI+ tenemos una responsabilidad a la hora de mostrar estas luchas?

¿Es una responsabilidad? ¿Es una imposición? ¿Es algo que debemos hacer, que es inherente? Somos las primeras que vamos a pelear por nosotras. Está costando mucho que los hombres, y sobre todo los hombres cis hetero, se involucren y sientan que la lucha feminista va con ellos. ¿Quiénes somos las primeras que vamos a cuestionarnos el heteropatriarcado? Las mujeres. No se lo va a cuestionar un hombre que va a tener que renunciar a privilegios.

Siendo mujer o siendo del colectivo, cada día es una lucha y tú decides tu grado de implicación. Pero cuando te levantas ya tienes una guerra armada en la puerta de tu casa que no has elegido.

Y a veces empiezas a implicarte y parece que ocupas un lugar de responsabilidad que ya no puedes perder, y en el que no se te permiten contradicciones. Como si luchar por algo significara alcanzar un grado de perfección. Y eso sí es peligroso.

Entiendo que mucha gente no se quiera posicionar, porque si te posicionas tienes que hacerlo bien siempre. Porque no perdonamos, y menos a las mujeres. Y entonces aparece la pregunta: ¿qué me dejo fuera? ¿Dónde está mi incoherencia y cómo la gestiono? ¿Hasta dónde tengo que llegar?

Es tanto lo que se espera de mí que no puedo dar abasto. Una vez entras en las causas y te conviertes en esa imagen, parece que tienes que deberte a eso. Y me parece súper injusto.

Yo he llegado a conclusiones en mi vida sobre derechos humanos y derechos sociales a base de equivocarme y antes me las tuve que cuestionar. Seguramente tuve opiniones contrarias y estuve en un limbo porque nadie me lo había explicado. A veces da miedo posicionarse porque parece que, una vez lo haces, ya no te puedes equivocar.

Una vez, con Lento ternura, en una entrevista en la que hablaba de mi abuela, que trabajaba de tabernera, dije que era muy insólito una mujer que trabajara. Y alguien comentó: «Que trabajara fuera de casa. No me esperaba eso de ti, Zahara».

Y pensé: «Ostras, sí. Tengo que pensar muy bien todas mis palabras». Y lo peor es que lo entiendo. Tendría que haber dicho «trabajar fuera de casa». Estamos en 2024. Pero, con ese señalamiento, pensé: «En esta ya no me vuelven a pillar».

Y eso te coloca en un sitio de autocontrol constante que es muy feo. Porque tenemos tanto miedo a equivocarnos cuando no somos referentes de nada… Imagínate si eres referente de algo. Qué presión.

 

¿Dónde pones el límite?

El límite es ese: ¿hasta dónde? ¿Hasta dónde puedo llegar? ¿A qué manifestaciones voy? Hay un momento en que la vida te obliga a elegir.

Y me da pena no tener diez vidas. Una para ser solo lectora, otra para ser solo activista, otra en la que solo soy cantante, otra en la que solo soy madre, otra para ser la psicóloga que no fui, otra para ser directora de cine…

Pero supongo que soy un poco cada una de ellas.

 

Después de PUTA dijiste que necesitabas dejar de rumiar la tristeza y buscaste la ternura en Lento Ternura. Ahora vuelves a una propuesta más combativa. ¿Qué puede hacer la cultura por un colectivo que, como decías, tenemos una guerra en la puerta de casa? 

Precisamente para mostrar nuestra diversidad, para que haya referentes que son totalmente necesarios, que nos muestren otras realidades y las asumamos como lo que son: normales. Que no sean solo personajes anecdóticos que aparecen en un momento y ya está. Todas las ficciones, todas las expresiones artísticas y culturales tienen un deber para con las mujeres y con el colectivo.

A día de hoy me cuesta mucho ver una película que me vaya a contar el mismo personaje masculino de siempre, donde la chica es un accesorio y donde todo lo soluciona con su ira. No me interesa. Ves las actualizaciones de esto y ahora el personaje es una mujer. Vamos a empezar por ahí.

Sí que se pueden contar historias que muestren realidades diferentes, tramas donde haya personajes del colectivo sin que su orientación o identidad sea el problema, sino simplemente una característica más del personaje.

Y en las propias canciones, dejando de morirnos por amor y dejando de matar a la gente en las canciones. Creo que es guay cuando te encuentras algo que habla de ti y que no es lo de siempre; que habla de lo que tú estás viviendo, en un libro, en una canción, en cualquier expresión cultural.

 

Si la rave es esa “grieta del sistema” de la que hablas, ¿qué te gustaría que encontráramos al otro lado de esa grieta?

Me gustaría que esa grieta se agrandara. Creo que esa grieta, llena de fallos del sistema, en realidad está llena de las realidades, de la pluralidad de las ideas, de los cuerpos, de las mentes, de los criterios.

Y en esa grieta, cuando hablo de los «fallos», los primeros que se cuelan son los obvios: somos las personas del colectivo, las mujeres que han sufrido violencias, las personas racializadas, las personas muy precarias… Van cayendo por esa grieta y, al final, lo que ves es que esa grieta se va a agrandar. Que lo que es necesario es que, a través de esa apertura, se vea el mundo como es y todo lo que está ahí escondido porque tiene miedo. No porque sea un error, sino porque le han hecho creer que lo es.

Espero que esa grieta sea tan grande que por ella se cuele el mundo entero. Que haya un golpe de realidad que nos permita entender que el ser humano es una expresión diversa, bella y diferente.

Y al otro lado hay amabilidad. Solo siendo amables con los demás vamos a empezar a ser amables con nosotras mismas. Y, si eres amable, vas a descolocar a quien venga con ira.

Necesitamos más gente que se cuele por la grieta hasta llegar a un lugar de amabilidad y, desde ahí, afrontar los problemas que tenemos y darnos cuenta de que la grieta es el mundo.

 

Por último, es el portal de Referentes. ¿Qué referentes has tenido tú?

En la música, un referente super claro que tuve fueron cantautores. Yo escuchaba a Sabina, a Serrat… Al tener referentes masculinos, no me cuestioné que fueran hombres. No me veía como una mujer que no pudiera hacer eso. Como no había referentes de cantautoras femeninas, no veía esa falta de mujeres. Fíjate. Y eso fue guay porque igual, si los hubiera tenido, no me habría atrevido.

Pero la persona que llegó a revolucionarme fue Alanis Morissette. Siento que hemos tenido vidas paralelas. Es increíble.

En cuanto a referentes LGTBI+, yo tenía amigos maricones, pero no sentía que yo pudiera ser un amigo maricón. Me pasó lo contrario: a pesar de tener amigos del colectivo, no tenía lesbianas ni bisexuales y no sentía que eso fuera para mí. Era algo que les pasaba a los tíos. Me gustaba hablar con ellos, compartir cosas con ellos, pero no me veía ahí.

No he tenido referentes hasta muy tarde, ha sido muy reciente. Creo que fue con PUTA, al sentir esa apertura y permitirme ser quien soy. 

Pero han sido sobre todo personas jóvenes. Te diría que Shego ha sido referente: que hablaran de que les gustan las mujeres, que la batería (Aroa Delgado) fuera una persona no binaria, tener muchas conversaciones con elle, preguntarle por el no binarismo, hablar de sus gustos… Y que fuera tan generose conmigo, que se abriera y me explicara las cosas, fue muy revelador.

Y luego ha habido unas madres en el colegio de mi hijo que son lesbianas. La cercanía con ellas y tener un entorno del colectivo que no fuera gay ha hecho que empezara a normalizarlo.

Ha sido tan reciente que digo: «Qué movida». Qué guay escuchar a la juventud y que sea ella la que te permita descubrirte y conectar contigo.