“El activismo bi me ha permitido sentirme cómoda, visibilizarme y ser yo misma”

Noelia Salido es bisexual, arromántica y no monógama que ha construido su identidad y su activismo en un entorno rural de La Mancha. Actualmente cocoordina el grupo de Políticas Bisexuales de la Federación Estatal LGTBI+. A través de sus experiencias, reflexiona sobre la visibilidad del colectivo bi y plurisexual, la importancia de referentes, la educación en diversidad y los desafíos de crecer y reconocerse en espacios donde la heterosexualidad se da por hecho. 


¿Qué significa para ti ser bisexual y cómo ha ido cambiando tu vivencia con el tiempo?

Para mí, la bisexualidad es algo más que una orientación: es la atracción, en general, hacia las personas. Recuerdo que la primera vez que me identifiqué fue bastante tarde, a los 20 años, en medio de los debates que había en Twitter sobre la pansexualidad y la bisexualidad.

Cuando salí del armario, lo hice con una amiga. Le conté que era pansexual, pero como hasta ese momento solo había estado con hombres, ella me cerró las puertas del armario. Me dijo que, si quería defender al colectivo, no tenía que “inventarme una excusa” para pertenecer a él. Eso me marcó.

No fue hasta la pandemia que volví a encontrarme con el concepto de bisexualidad y entendí que, si alguien me quería, lo iba a hacer sin importar hacia quién me sintiera atraída. Yo nunca he ido diciendo “soy bi”, porque para mí debería asumirse de la misma manera que se da por hecho la heterosexualidad. De hecho, creo que hay algo muy importante: mientras en la sociedad existe la presunción de endocisheterosexualidad, yo hago la asunción contraria. Para mí, todo el mundo es parte del colectivo hasta que diga lo contrario.

Con el término “pansexual” me he reconciliado, pero con “bi” es con el que me he sentido más acompañada, aceptada y en paz. Aun así, creo que, si tuviera que definirme, lo haría como pansexual.

 

La bisexualidad es una de las orientaciones más invisibilizadas incluso dentro del propio colectivo LGTBI+. ¿En qué lo has notado? 

Siento que se pone mucho el foco en las relaciones que has tenido, en tu historial. Yo llevo bastante tiempo sin tener una relación al uso, porque soy no monógama y arromántica. Eso, en el mundo rural en el que vivo, hace muy difícil generar vínculos y, sobre todo, que se entiendan.

Creo que dentro del colectivo pasa algo parecido: intentamos mirar desde otra perspectiva, pero al final seguimos siendo muy normativos a la hora de comprender las relaciones. Ninguna persona bi o pluri va a tener las mismas experiencias o vivencias, y ahí está parte de la invisibilización que sufrimos.

Desde fuera, desde lo hetero, muchas veces se asume que, porque soy bisexual, tengo que estar con dos personas a la vez por ser poliamorosa. Y no: yo no soy poliamorosa, soy no monógama. Pero para demostrar que soy no monógama y bisexual no tengo que estar con dos o más personas a la vez.

Creo que esa mirada busca reducir términos muy amplios a algo mucho más estrecho de lo que realmente son. Y en realidad, tanto la no monogamia como la bisexualidad tienen una amplitud y una fluidez que no caben en esas simplificaciones.

 

También eres alosexual pero arromántica. Son términos todavía no muy conocidos por la sociedad, ¿por qué es importante nombrarlos? 

Hemos aprendido que lo que no se nombra, no existe. Por eso me gusta especificar que soy bi o cis. Dentro de la bisexualidad, muchas veces se ha puesto el foco en lo sexual, se nos fetichiza mucho. Y para mí es importante que, en mi entorno, las personas que son bisexuales pero arrománticas también puedan sentirse cómodas.

Me gusta matizar que soy alobisexual, porque siento atracción sexual, pero al mismo tiempo soy arromántica. Lo digo porque siento que a las personas asexuales se les obliga más a explicitarlo, mientras que en el caso de las personas alosexuales parece que se da por hecho. Igual que digo que no todas las personas son hetero o cis hasta que se demuestre lo contrario, pienso que también tengo que visibilizar que soy alosexual.

Lo noto mucho en el tema del romanticismo. Cada vez que me preguntan por qué no tengo una pareja romántica, esos términos terminan hiriéndome, porque se insiste demasiado en el amor romántico. Y después de mucho tiempo, me he dado cuenta de que yo no siento ese tipo de atracción.

Por eso intento visibilizar otras realidades, para que se entienda que no todas las experiencias se reducen a lo romántico o a lo normativo.

 

¿Cómo es vivir la bisexualidad en un entorno rural como Castilla-La Mancha?

Vivo en La Mancha centro. Es una zona alejada de los grandes centros capitalinos, pero formada por grandes pueblos y/o pequeñas ciudades, con la particularidad de que hay muchísimos pueblos a pocos kilómetros a la redonda.

Es una zona complicada porque está cerca de Madrid, y la gente suele marcharse allí a estudiar, como hice yo. Justo en la pandemia fue mi primer año de vuelta al pueblo. Entonces aparece la pregunta: ¿cómo vuelves a salir a la calle con todo lo que has descubierto de ti?

Yo tenía un grupo de amistades que ya no conservo. Eran mis amigos porque yo misma normalizaba dinámicas muy machistas, racistas o LGTBI+fóbicas, todo en “plan broma”. Pero llegaba un punto en que esos comentarios me dolían tanto que decidí dejar de juntarme con esa gente.

¿El problema? Que en un entorno rural como este, ahora en mi pueblo me siento bastante sola. Entre quienes decidí apartar y la gente del colectivo que ha encontrado un espacio más cómodo fuera, la soledad se hace presente y es difícil. Eso te obliga a buscar vínculos en otros lugares. Pero implica muchos kilómetros de por medio, cuadrar horarios, desplazamientos… Y terminas aprendiendo a vivir de otra manera.

 

¿Cómo es la figura de los referentes en los pueblos?

Precisamente, que yo sea activista viene de que, justo en pandemia, viví mi historia de despertar activista. En ese momento, en el que yo empezaba a identificarme como bi, mi tía enfermó de cáncer y falleció. Yo fui quien la acompañó en todo ese proceso.

Mi tía era lesbiana y en la familia lo sabíamos, pero en su entorno de amistades no. Eso lo descubrí porque, al estar yo a su lado, mucha gente se acercó a mí para despedirse de ella. Tuve varias quedadas con su círculo —mi tía era una persona muy querida— y me di cuenta de que la mayoría desconocía esa parte de su vida.

Cuando hablo en público no lo cuento, pero en espacios seguros y activistas sí lo comparto. Porque gracias a ella conocí a una persona muy importante para mí: Jesús Muñoz, que fue presidente de la asociación Plural, a la que pertenezco. Con esa conexión, en 2020, el manifiesto del 28J estaba muy enfocado en mujeres LTBI+. Jesús, sin saberlo, me ofreció leerlo en Alcázar de San Juan en honor a mi tía, porque sus compañeras no podían hacerlo.

Él no lo recuerda, pero para mí fue muy significativo: fue una de las primeras personas a las que le dije que era bi, cuando yo había decidido no contarlo. Me sentí muy a gusto. Y al leer aquel manifiesto, en el que se expresaban tantas cosas que yo también sentía, fue como: “Dios, estoy diciendo en voz alta todo lo que llevo dentro”. Ese momento me impulsó a hacerme activista, a introducirme en la asociación, a sentirme cómoda y a visibilizarme. Desde entonces decidí que siempre sería visible, porque es algo muy necesario en entornos rurales.

Así que mis referentes han sido, por un lado, mi tía, que era lesbiana y que vivió oculta, y por otro, la gente de la asociación. Personas que llevaban su vida cotidiana como cualquier otra, no había  y ahora poco a poco empieza a haber alguien. Por eso quiero ser yo ese referente que no tuve y ahora, que trabajo mucho con peques y adolescentes, siempre llevo la visibilidad por delante. Es importante mostrar que seguimos aquí.

 

¿Cómo afecta el machismo a la manera en que se percibe a las personas que son leídas como mujeres?

La fetichización que sufrimos es brutal. En el momento en que dices que eres bi, aparece el prototipo del hombre cishetero que piensa: “Genial, puedo hacer un trío, puedo experimentar sexualmente”. Eso me convierte en un objeto sexual.

También lo he vivido por parte de mujeres, y para mí ahí también hay machismo. Esa idea de: “Contigo puedo probar cosas, contigo puedo experimentar, y luego ya veré”. Al final me siento más como un objeto experimental que como una persona con emociones, percepciones e ideas, que además puede sentir atracción.

Lo más duro que he vivido no es tanto el rechazo directo de: “Ah, eres bi”, sino lo contrario: ese “qué guay que existas para que pueda usarte”. Eso duele muchísimo. Casi que a veces prefiero que me invisibilicen, porque la violencia que sufrimos no es simbólica: es acoso, son violencias sexuales. Las mujeres bi y plurisexuales somos quienes más sufrimos este tipo de violencia.

Creo que, más allá de las demás violencias que puedan atravesarnos, esta es la más brutal que vivimos.

 

Septiembre es también el mes de la vuelta a las aulas. ¿Cómo recuerdas tu etapa educativa siendo bisexual? ¿Cómo era la educación en diversidad?

Actualmente soy profe de clases particulares y, en verano, suelo llevar una escuela de verano con peques de entre 3 y 12 años. Aquí en el pueblo ya me conocen.

Cuando yo estudiaba sí recibí charlas sobre feminismo y violencia de género; nos hablaban de abusos dentro de las parejas. Pero sobre diversidad sexual, no recuerdo nada. En biología, cuando se hablaba de salud sexual, todo estaba enfocado a las ITS. Nunca se abordaba otro tipo de salud sexual: no se hablaba de consentimiento, ni de diversidad.

Ahora intento que eso cambie. Hablo de diversidad sexual porque no es algo que sirva solo para la gente del colectivo, sino para todas las personas. 

Yo estudié Derecho y ADE, y lo único que recuerdo relacionado con el tema es que una vez vino un chico a contarnos que pertenecía al colectivo LGTBI+ en la universidad. 

 

Pese a esto, el activismo ha ido avanzando. ¿Qué logros destacarías del movimiento bi en los últimos años en España?

He ido conociendo la historia poco a poco, a medida que me he ido metiendo más en el activismo. Una vez que entré en el grupo bi de la Federación —y ahora que lo cocoordino— me interesé por lo que había hecho antes el activismo bisexual. La historia de Arantxa Fernández y cómo luchó para que la B se introdujera en la Federación es algo que llevo muy arraigado.

La colocación de la B después de la T en LGTBI+ tiene su historia. En el mundo anglosajón, por ejemplo, va al revés, y cuando nos preguntan por qué no lo cambiamos, ahí siempre me sale la vena bi: esto forma parte de la historia de la bisexualidad porque se introdujo después. Me siento muy identificada con esa lucha y me atraviesa.

Cuando veo los años en los que todo esto estaba ocurriendo, entiendo por qué en mi adolescencia yo no sabía que la gente bi existía: en ese momento todavía se estaba peleando por la introducción de la B. Ese ha sido, para mí, el hito más importante que me ha llegado.

Además, creo que el colectivo bi y pluri siempre ha tenido una perspectiva más transversal. Pienso que las personas asexuales o arrománticas se han podido sentir cómodas dentro del activismo bi, y que muchas veces se han empoderado ahí para luego abrirse paso en otros espacios. Así lo percibo yo.

Es cierto que yo soy bisexual, y aunque he conocido estas otras orientaciones, nunca las he visto discriminadas dentro del término bi. Puedes ser arromántica y bisexual, y aun así el activismo bi te atraviesa.

La defensa de nuestra historia, de por qué ocupamos el lugar que ocupamos, y de esa visión transversal que busca que todo el mundo se sienta acogido, es algo que llevamos muy bien en el grupo. Y cuando surge un malestar por alguna terminología, lo afrontamos, lo discutimos y lo trabajamos de forma colectiva.

 

¿Cuáles dirías que son los grandes retos pendientes para la comunidad bi hoy?

La principal, y me duele tener que decirlo, es la visibilidad de los hombres bi. Los ataques que reciben por la invisibilización son muy duros: se les cuestiona constantemente su historial, su pareja actual… Además, el término “bi” se ha usado mal muchas veces, como si fuera una fase previa a identificarse como homosexual. No culpo a quienes lo hayan vivido así, pero esa utilización nos perjudica al resto, porque refuerza la idea de que “es una fase” y “tienes que decidirte”.

También existe la frase de que “todo el mundo es bi”. Y aunque pueda sonar inclusiva, al final invisibiliza mucho nuestras realidades. Por eso creo que la visibilización es fundamental: neceistamos referentes, que puedan mostrarse con naturalidad y vivir sus vidas de manera abierta.

Lo que más urgente es la invisibilización de los hombres bi, porque lo veo en mis compañeros: son quienes menos se muestran, y ahí está la raíz del problema. Y que esa invisibilización venga también desde dentro del propio colectivo es algo que debería hacernos reflexionar sobre de dónde provienen esos comentarios.

En mi caso, lo que me llevó a alejarme de mi grupo de amigos fue que hicieron bromas sobre la bisexualidad, y me dolió. Porque cuando se hacen bromas desde una posición de poder, aunque sea mínima, se está ejerciendo violencia. Creo que dentro del colectivo bi las mujeres tenemos una jerarquía superior, porque se nos reconoce más socialmente, y desde ahí también podemos reproducir dinámicas dañinas. Por eso no me gustan las bromas hechas desde esa posición, y menos aún cuando son públicas.

 

Y para cerrar, ¿qué referentes bi has tenido?

La primera vez que conocí esta terminología fue en la lucha en Twitter entre pansexualidad y bisexualidad, que fue sobre todo una lucha conceptual. Gracias a meterme en el activismo es cuando realmente he conocido a más personas bisexuales. Antes de eso, ya me identificaba como bi, pero sin haber tenido referentes cercanos.

Siempre recordaré lo importante que fue para mí que existiera el grupo de políticas bisexuales dentro de la Federación. Gracias a él conocí a Noe Mellado y a Álex Robles. Me sentí súper arropada, y escuchar a la gente del grupo hablar era como darme cuenta de que les pasaba lo mismo que a mí.

Otro momento clave fue cuando leí el libro Señoras que se empotraron hace mucho de Cristina Domenech. El primer capítulo trata sobre Mademoiselle de Maupin, una mujer que en el siglo XVII se vestía de hombre para poder luchar en esgrima. Me explotó la cabeza conocer su vida, porque sentí que teníamos muchísimas cosas en común. Yo también me he movido mucho en grupos de hombres, y leer sobre su historia en 1600 fue como encontrar un reflejo inesperado.