Carla Antonelli ha sido testigo y protagonista de algunas de las batallas más importantes por los derechos de las personas trans en España. Desde sus primeros pasos en un país marcado por la censura y la falta de referentes, hasta convertirse en una voz activa en la política y el activismo, ha abierto puertas que antes parecían imposibles de atravesar. En esta entrevista, reflexiona sobre la memoria histórica, la resistencia diaria y la lucha por la igualdad real.
Has sido protagonista de muchas “primeras veces” (primera diputada trans, primera senadora trans). ¿Qué ha significado ser todas estas “primeras” veces? ¿Cuál ha sido la más simbólica o importante para ti?
Las primeras veces nos dicen que antes no se podía hacer, que no se había conseguido por una cuestión de prejuicios. No era porque las personas no estuvieran preparadas. Lo que había era un prejuicio claro y que todavía sigue existiendo.
Las mujeres, en general, todavía seguimos teniendo “primeras veces”. Cuando multiplicamos los estigmas, y en este caso hablamos de mujeres trans o de hombres trans, todavía sucede más. Tener conciencia de eso es fundamental. La conciencia de poder abrir puertas, pero abrirlas para que el salón se quede abierto. No abrirlas solo para que llegue una persona, se acomode y se quede en el sofá. Tenemos que llegar y que eso sea costumbre.
Todas las “primeras veces” han sido importantes. La primera vez que llegué a la Asamblea de Madrid, en 2011, y vi en mi escaño la plaquita que decía Excelentísima señora Carla Delgado Gómez… La toqué y dije: “Aquí estamos, hemos llegado”. Y después de ese momento de euforia, lo que viene es todo el camino por delante: aprender, formarse…
De ahí damos un salto cuántico y llegamos a la primera vez en el Senado. El Senado tiene un simbolismo muy particular, porque apenas siete u ocho meses antes yo había estado allí de invitada, en el público, escuchando cómo Jaime de los Santos (senador del PP) decía todo tipo de barbaridades contra las personas trans, en el día de la votación de la Ley Integral Trans. Aquel día nos echaron del Senado, nos sacaron de allí como agua sucia.
Ahora muchas veces, cuando estoy interviniendo en el atril, miro hacia arriba y me veo. Veo la rabia y la impotencia.
Y ahora, sin olvidar aquello, tienen que decirme “Buenos días, señoría”. Así es la vida, las hipérboles del destino.
Otra primera vez importante fue cuando volví a mi pueblo, después de 32 años de haberlo abandonado. Poder pisar esas calles, esa noche, con la plena libertad de saber que no estaba haciendo nada prohibido. O la primera vez que tuve mi DNI en la mano.
También fue importante ser la primera actriz trans que pisó las piedras del Teatro Romano de Mérida. Ahí había siglos de historia.
Las primeras veces son orgullo y responsabilidad. Es la satisfacción de saber que, a pesar de todo, todo ha merecido la pena.
A los 17 años te mudaste lejos de tu tierra. ¿Cuál fue el momento decisivo que te impulsó a salir de Tenerife?
El momento en que ya no había marcha atrás fue porque ya era señalada, comentada, ridiculizada, agredida… Ya no había nada que hacer. Y aquello, aparte de que se me quedara pequeño, era absolutamente imposibilitante. Al final, te echas una manta a la cabeza y tiras para adelante, sin saber muy bien hacia dónde tiras… Pero tiras.
La vida se empieza a escribir cada día. Y el inconformismo, el negarme a aceptar lo que me parecía predestinado, es lo que siempre me ha llevado a tener una insatisfacción con lo que supuestamente es “nuestro futuro”. Me negaba a que mi futuro fuera una esquina. Me negaba que el final sea con treinta años, me niego a estar hecha polvo, destruida y acabada, como veía a tantas personas en aquella época. Yo no quería reconocerme en lo que parecía una sentencia sobre nuestras vidas.
Es difícil porque piensas que puedes perder mucho en un momento dado. Hasta que la vida te va demostrando que no pierdes, sino que ganas. Porque al final, incluso los tuyos —aunque no entiendan, aunque no comprendan— te terminan respetando. Porque tienen fe, porque te dan sitio.
Esas son lecciones que vas aprendiendo con la vida. Y te das cuenta de que, al contrario de lo que parece, eso se recompensa. Pero se recompensa por ti misma.
Al final, estos son mis principios y si no les gustan… no tengo otros. Tú puedes venderle al mundo una cara, una imagen, una sonrisa, una mirada… Pero lo que piensas, la procesión, va por dentro. Y sé que la sensación de haberme traicionado a mí misma sería insuperable.
En una entrevista decías que a ti te salvó la resiliencia. ¿Cómo era pertenecer al colectivo LGTBI+ en la década de los 70, 80 y 90? ¿Qué diferencias hay con la actualidad?
Las diferencias son de tiempo, de época, de situaciones, de vivencias, de sentimientos. De cómo lo percibes y de cómo lo superas.
Es verdad que tendemos a pensar que lo nuestro siempre fue lo más duro, o lo más importante. Hacemos ese agravio comparativo, y dices: “Hombre, en aquel momento lo que estaba en juego era mi vida o acabar en comisaría”.
Pero para las personas de hoy en día, también hay situaciones igual de trágicas, igual de aplastantes y hay personas que tienen pensamientos suicidas. Para mí, en aquel entonces, lo esencial era que no me aplicaran la Ley de Peligrosidad Social o la de Escándalo Público. Para las personas de hoy, lo importante es que no las acosen en el colegio, que no las señalen por la calle, que no se burlen de ellas, que no sufran una agresión. Y se pueden llegar a situaciones límite: pensamientos suicidas, depresiones, desazón, ese estado de malestar general que se te mete dentro.
Por eso, esa tendencia de los agravios comparativos —“era más importante aquello”, “es más importante esto”— yo creo que no tiene sentido. Todo ha sido importante. Todo ha sido trascendental en su momento, según cómo lo razonaban las personas en cada contexto histórico.
Y eso es igual de importante. Tan inmenso para las personas de hoy como lo fue, en su día, para las de otro momento.
Has atravesado etapas intensas dentro de la política y has tomado decisiones difíciles por defender tus convicciones. ¿Qué balance haces de estos años en primera línea?
Yo me siento orgullosa y satisfecha de haber estado en tantos momentos importantes, históricos. Porque, al final, por cuestiones de nacimiento y por cuestiones meramente de edad, me tocó vivirlos.
Hace ahora cincuenta años, cuando tenía dieciséis, viví la muerte del dictador. En el año 79, la derogación de la Ley de Peligrosidad Social. En el 88, la derogación del escándalo público. Luego llegaron las primeras leyes de parejas de hecho. Y luego, el matrimonio igualitario. También la Ley de 2007 y después la Ley Integral Trans y LGTBI de 2023. Pero también la Ley Integral Trans de la Asamblea de Madrid y la Ley contra la LGTBIfobia.
He defendido siempre lo que he creído. Puedes modificar con el tiempo algunas cuestiones particulares, adaptarte a los cambios del lenguaje, pero yo nunca he dejado de pensar ni de defender lo que defendía.
Fueron otras personas las que dejaron de defender lo que defendían, y por eso me di de baja del Partido Socialista. No por el partido en sí —un partido con más de 140años de historia—, sino por una cuestión de personas concretas, con nombres y apellidos.
Porque las personas pasamos, pero el partido sigue. Y la historia pondrá a cada cual en su sitio. Yo lo único que tengo claro es que hice lo que tenía que hacer y la mayoría de compañeros socialistas lo entendieron. El momento fue dramático y de liberación, pero más dramático fue el proceso previo, los años de somatización.
Cuando miro hacia atrás y repaso todo eso, cada una de esas cosas ha merecido la pena.
Mi idiosincrasia no es quedarme. No nos podemos quedar atrapadas. Porque si me quedara atrapada en el ayer no viviría el hoy. Y si no vivo el hoy, no hay mañana. No hay futuro.
En 2006 anunciaste una huelga de hambre frente al retraso de la Ley de Identidad de Género. ¿Qué peso simbólico y qué importancia tienen estas acciones para la política y el activismo?
No podemos abandonar los principios. Porque si los abandonamos, pasamos a ser otra persona y llega un día en que te miras al espejo y ya no sabes a quién tienes delante. En 2006 quizá fue lo más duro. Dentro del Partido Socialista había algo incipiente, algo que empezaba a moverse, pero que no terminaba de cuajar.
Tuve que tomar esa decisión porque pesaba más la vergüenza de ir por la calle, encontrarme con gente por la que había dado la cara y sentir que les había traicionado. Pero, sobre todo, lo hice por mí misma. Egoístamente por mí. Porque, si no lo hacía, no podría dormir tranquila.
Fue un salto al vacío. No me importó dejar absolutamente todo atrás y perderlo todo, porque sentía que ganaba más de lo que perdía.
Fue entonces cuando me di cuenta de que, al final, cuando estás bien contigo misma, el mundo también te lo valora. Te valoran por ser coherente.
Lo mismo pasó en 2022: si no llego a hacer eso, habría sido pan para hoy y hambre para mañana.
Pero siempre parece que hay un ángel que te salva las patas. Cuando parece que te tiran hacia abajo, de pronto algo viene y te empuja hacia arriba. En ese caso concreto, justo al acabar todo aquello, me apareció la oferta: cerré un contrato para trabajar en una serie de televisión, tres temporadas.
Y después, cuando parecía que todo volvía a caerse cuando dejé la bancada del PSOE, llegó Más Madrid.
Parece que se hunde, pero luego todo vuelve a remontar.
Tu frase “No vamos a volver a los márgenes” ha sido adoptada como eslogan por muchas personas activistas. ¿Cómo nació esa afirmación en el discurso público y político?
¡Se está usando a nivel mundial!
Nace de la rabia, la desesperación y la impotencia; de todo lo que a veces piensas a última hora de la noche.
No era una intervención preparada y escrita. Fueron tres minutos donde sale toda esa espuma, toda esa efervescencia. Digo lo que siento y lo que pienso. Pero la magia fue que eso no lo pienso yo sola. Es lo que están pensando todas las personas trans del planeta. Ahí está el verdadero impacto. ¡Esos tres minutos fueron traducidos a siete idiomas!
Cierro con un “¡No vamos a volver a los márgenes!”. Sabemos cuál ha sido el camino de ida, y no vamos a hacer el camino de vuelta.
La pregunta que yo hago es: ¿por qué? ¿Por qué tantas horas parlamentarias dedicadas a joderle la vida a un grupo tan minúsculo de la población? ¿Por qué nos han convertido en los chivos expiatorios?
Sabemos perfectamente que solo somos una excusa. Somos la cortina de humo que tapa su miseria, que tapa su vergüenza. Somos el truco de magia: mientras hacen el truco aquí con una mano, con la otra están haciendo lo que de verdad les interesa.
Y los verdaderos intereses son otros: un capitalismo desbordante. La sanidad pública, la educación pública. Los más ricos, más ricos; los más pobres, más pobres.
No han venido al mundo para joder a las personas trans, no. No somos su meta, somos la excusa, somos los titulares fáciles, los titulares gratis de los periódicos. Mientras se habla de las personas trans, despiden empleados públicos, endurecen las políticas migratorias, hacen detenciones arbitrarias e inhumanas, hay un genocidio en Gaza.
Pero somos la cortina de humo que les interesa en los medios de comunicación. Han hecho desfilar a todos los militares, a todos los defraudadores de la ley y ponen el grito en el cielo cuando se cuestiona la ley de violencia de género. Pero mientras atacaban nuestras vidas no pasaba nada.
Hubo un titular que me hizo explotar. Un cartel enorme en una pantalla que decía “transexuales bajo sospecha”. ¿Esto qué es? ¿Qué será lo siguiente? ¿“Mujeres bajo sospecha”? ¿“Negros bajo sospecha”? ¿“Inmigrantes bajo sospecha”? ¿“Gitanos bajo sospecha”?
En este sentido, ¿cuáles crees que son los retos del colectivo LGTBI+ en general y de las personas trans en particular?
Informar, informar, informar. Luchar contra la desinformación. Es agotador. Pero no podemos pensar que las mentiras se van a desmontar solas.
La visibilidad y la presencia son un arma de doble filo, pero son nuestra mayor herramienta.
Precisamente intentan luchar contra nuestra visibilidad. Porque saben que la visibilidad lleva a la cotidianidad. Y la cotidianidad es lo que pasa a ser lo normal y deja de cuestionarse.
En este sentido, en reiteradas ocasiones se ha criticado la ley trans poniendo de excusa el feminismo. ¿Qué vinculación tienen el feminismo y el colectivo LGTBI+?
El feminismo, con mayúsculas —el 8 de marzo—, es el que saca a la calle a medio millón de personas. Cuando hablan de “feminismo dividido” siempre se olvida mencionar por cuánto está dividido. Porque mientras marchan medio millón de personas por la calle Atocha, suben 5.030 por la otra, y ni siquiera logran sacar una foto que parezca masiva.
Lo que hay detrás es un discurso contra la Constitución, contra las leyes trans y contra las personas trans.
Hemos empezado hablando de las primeras veces. En materia LGTBI+ ¿qué te gustaría ver logrado?
Las cosas que se han quedado pendientes por esta batalla fratricida, por esa pelea interna que ha utilizado todo esto para estar en los papeles.
Las cosas que se quedaron por el camino: el reconocimiento de las personas no binarias, las franjas de edades tal como estaban previstas en la reforma de la ley de 2007, que se registró en 2017 y llegó a una ponencia en la Comisión de Justicia en 2019.
No olvidemos una cosa: hay quien piensa que va a sacar beneficio de esto. A estas alturas, decir que las mujeres tenemos más beneficios que los hombres es fuerte. Pero es que el mundo TERF les ha ido marcando el camino.
Les han estado diciendo qué decir, cómo decirlo y por dónde atacar.
Y ahí llegan los oportunistas. Por ejemplo, el caso del bombero de Madrid: lo intentó, no le funcionó, y lo echaron fuera. ¿Qué pasó? Los periódicos que lo pusieron en primera plana cuando lo denunció, no dijeron ni una palabra cuando el caso se archivó.
Están haciéndole el juego a la extrema derecha. A la misma extrema derecha que luego quiere retirar el derecho al aborto. Toca las narices ver cómo empoderan a quienes nos quieren quitar la tierra debajo de los pies.
Por eso no podemos rendirnos nunca. Hay que seguir defendiendo, con inteligencia y con firmeza, todo lo que se ha conseguido hasta ahora.
¿Qué mensaje le daría a las generaciones más jóvenes de personas trans?
Hay dos tareas: defender lo que ya está y seguir trabajando por lo que falta.
No olvidar de dónde venimos, repasar la historia para no repetir las historias. El testigo está aquí, nos lo pasaron tantas y tantas personas que perdieron su vida en las cárceles.
Por ello, hay que seguir defendiendo los derechos, seguir trabajando y seguir ampliando el horizonte.
Para cerrar, esta entrevista es en el portal de Referentes. ¿Qué referentes LGTBI+ has tenido tú?
Yo vengo de una época en la que no había espejos, no había referentes. Vengo de una época de censura absoluta, donde no había información. Pero cuando salgo de ese mundo cerrado, ya conozco la existencia de Bibiana Fernández. Tenemos solo cinco años de diferencia, y para mí, ella fue un referente. También Amanda Lear.
Mucha gente piensa que el activismo empezó con Cristina Ortiz, La Veneno. Todo el mundo tiene su espacio y su reconocimiento, pero los derechos en este país empezaron a pelearse después de la muerte del dictador, no a principios de los 90. No podemos borrar de un plumazo las bases fundamentales de lo que somos y de por qué estamos aquí.