«A las mujeres mayores nos saldrán canas y arrugas, pero precisamente porque hemos vivido y tropezado tanto, tenemos amor a borbotones para dar y repartir»

Lorenza Machín cumplió 78 años al día siguiente de esta entrevista, pero ella afirma que lleva Viviendo -en mayúsculas- solo 17, los mismos que hace que se identifica como lesbiana. Nacida en La Isleta, a los ocho años se mudó con su familia a Fuerteventura. Su infancia y adolescencia la recuerda dedicada al cuidado de sus hermanos y ayudando a sacar la casa adelante. Ahora ya está jubilada, pero también ha trabajado de vendedora, limpiadora, auxiliar de enfermería en el servicio de maternidad de un hospital, y también es actriz. Pero no fue hasta los 20 años que sacó sus estudios primarios. Y también a los 20 se casó. Embarazada y con un hombre. Hablamos con ella sobre su participación en las luchas sociales y el activismo, de cómo no se dio cuenta de que le gustaban las mujeres hasta pasados los 60 y de la complejidad de ser una persona mayor y del colectivo LGTBI+.

 

¿Cuándo entraste al activismo, Lorenza?

Cuando saqué los estudios primarios, empecé a ver la vida y la sociedad de una manera diferente, y a entender muchas historias que me habían pasado de niña y de joven en mi entorno familiar. Mi familia fue muy perseguida por el tema franquista, y eso me convirtió en una mujer rebelde, me hizo salir a la calle a reivindicar desde el frente de Comisiones Obreras y el Partido Comunista. También entré en asociaciones de vecinos y entidades por la lucha de la igualdad de las mujeres. Inclusive, con los años, entré al colectivo Altihay de Fuerteventura para poner un granito de arena para los derechos de todas las personas de querer a quien le diera la gana. Y aun así, no me daba cuenta de mi identidad. Fueron las luchas sociales y laborales las que me fueron marcando y fortaleciendo poco a poco. En estas luchas también tenía que hacer salidas y hubo muchas veces que dejé a mis hijos con mi madre o incluso solos porque yo tenía que salir a la calle. Pensaba que lo que pudiera conseguir podía repercutir en ellos, en tener una educación y sanidad libre y gratuita. Esas luchas suplieron un poco mi vida personal. 

 

¿Qué quieres decir con eso?

Había huecos dentro de mí que no estaban cubiertos, y yo los cubría con las luchas. Yo cerraba las puertas a una niña interior que me llamaba a gritos, que quería salir, pero yo no la dejaba. 

Eso se transformó en depresiones, una tras otra y tras otra. Y no entendía las razones. Pensaba: tengo una casa, dos hijos, un compañero, tengo gente a mi alrededor. También tenía mis ideas claras, tenía una conciencia y la gente lo sabía. Las personas también se daban cuenta de que era una persona sincera, honrada y luchadora, y eso se transformaba en respeto. Pero encubría a la niña que no dejaba salir, que no dejaba verse, y eran pastillas y más pastillas. Y quise buscar las razones y ahondar en este tema.

 

¿Cómo lo hiciste?

A los 58 años decidí ir a Tenerife a ver un especialista. Iba y volvía cada semana, hasta que me planteó estar un mes y verme todos los días. Ahí salieron muchas cosas, y cuando volví el padre de mis hijos me preguntó cómo me había ido. Le dije que el problema lo tenía yo en el corazón y que es en mí donde tengo que buscar la solución. Él me dijo: “¿nos separamos?”. Y yo le contesté que sí. 

Las mujeres, sobre todo las de mi edad, por culpa de la sociedad que había, del franquismo, del machismo, del patriarcado y de la iglesia, crecemos pensando que todo lo que hacemos es pecado. Nos ponen una cruz en la espalda y según dice nuestra santa madre iglesia, tenemos que cargarla mientras vivamos por el mero hecho de haber nacido con vagina y con útero. Y crecemos pensando que el soporte vital nuestro es un hombre. Y eso no es así. 

Pienso que no nos podemos echar las culpas de las separaciones porque son por el bienestar que cada uno busca su camino. Ahora busca caminos nuevos, otra vida nueva, otra felicidad nueva porque la de ahora está caduca y ya se vio que no se podía seguir. Pero aun así, tienes que pasar un duelo, porque nadie se separa con alegría, siempre hay algo que sanar. Y pese yo haber ido a todas las luchas, sentía que había perdido el bastón de mi vida. Y durante un tiempito toda mi vida fue buscar otro hombre que llenara ese hueco que había quedado vacío en mí. 

 

Y no fue un hombre…

Ilusa, me tiré a la piscina varias veces sin ver que la piscina estaba vacía, sin ver que no había agua que me refrescara porque cada caída era sentirme más empequeñecida. Hasta que un día me planteé lo último y me sentía tan mal… Me dije: “¿Qué estás haciendo, Lorenza?” Me di cuenta de que alguien gritaba por dentro de mí e intentaba abrirme la puerta. Yo quería ser feliz. Y esas puertas me las hizo abrir a los 60 años una muchacha. Entré en una tienda, y no sé qué vi en ella, pero me encantaron sus ojos y su sonrisa. Y al día siguiente volví, sin saber por qué, y al tercer día también volví y empecé a hablar con ella. Y un día la invité a cenar, y cuando regresamos, la acompañé a su coche con el brazo por encima de sus hombros y, cuando llegué a casa, tenía un mensaje suyo que decía “aún conservo el calor de tus brazos”. 

Mi barriga empezó a revolverse y mi cabeza a darme vueltas. Era algo que en 60 años nunca había sentido. “Dios, ¿qué es?” Yo nunca había escrito un poema de amor, y al día siguiente por la mañana amaneció un poema de amor. El amor entró a mi puerta, le dije entra, y le di un abrazo. 

Y dije: “¡me cago en diez! Aquí están las razones de mis depresiones, de mi malestar, aquí está el hueco que yo tenía dentro de mí y no entendía por qué”. 

Y ese día salí a la calle. Pensé que me conocía todo el mundo, que me apreciaban y si ayer siendo Lorenza Machín, la que está separada de un hombre y ha vivido 44 años con él, me apreciaban, hoy soy la misma. Pero hoy tengo algo mucho más valioso y es el reconocimiento de haberme enamorado de una mujer y de sentir realmente el amor. Y salí a la calle y empecé a hacer poemas y más poemas. 

 

¿Qué papel ha tenido el arte en tu vida?

Al dejar de tomar medicinas me metí en el teatro, y fue mi tabla de salvación porque descubrí que tenía facilidad para meterme en personajes y empecé a hacer teatro. A día de hoy tengo muchas obras hechas, más de 60 cortometrajes, he hecho tres películas y me fui a Chile para hacer un documental. 

Lo de la muchacha no cuajó porque no es verdad que contigo pan y cebolla, y ella era muy joven. Pero yo le debo mucho porque me quitó la venda de los ojos. Yo tenía 60 años en el aspecto en mi cuerpo, pero por dentro era la primera vez que yo me enamoraba. 

Me costó aceptar, pero no desistí porque había algo  muy importante que tenía que agradecerle, y es que hizo que yo descubriera mi realidad. Tuve un par de experiencias con mujeres de mi edad, pero no cuajaban. Y me planteé: “Lore, no te vuelvas a estallar aunque sea una mujer. Tienes que querer y sentir que ella te quiera. No por decir que tienes un amor a tu lado te vas a enamorar”. 

 

Pero ahora tienes ese amor, ¿no?

Yo le decía a la naturaleza (porque no creo en Dios) si será posible que me vaya a morir sin sentir la realidad de una mujer que sea de mis años, que me quiera y que sienta que me quiere y yo quererla a su vez. 

Un día estaba en Puerto del Rosario con Kika Fumero y ella subió una foto a su Facebook, y otra mujer le dio Me Gusta. Y pensó que si Kika era activista, la de al lado, que era yo, también tenía cara de buena persona. Al día siguiente, Carmen me pidió amistad en Facebook y pensé “esta es la del Me Gusta de ayer”. 

Quiero dejar claro que ahora soy mayor y no puedo ir a tantas manifestaciones por mi enfermedad y mis dolencias, pero para mí el Facebook es un arma, es mi herramienta para hacer activismo, y yo no lo tenía para otros menesteres. 

Y a los pocos días, Carmen me escribió “¿puedo seguirte?”. Y yo le contesté: “Sí, pero no me sigas, camina a mi lado”. Yo no se lo dije con doble intención, porque tengo muy claro que si tú, y la otra y la otra, queremos conseguir algo, tenemos que ir con la cara alzada y de frente. Por eso “no vengas detrás de mí, que temo perderte, no vayas delante de mí, que temo no alcanzarte. Camina siempre a mi lado”, porque unidas todas dando la cara, conseguimos más y defendemos nuestros derechos. 

Pero a lo largo de varios días nos fuimos escribiendo y, sin darnos cuenta, nos enamoramos, pero ella vivía en Madrid y yo en Canarias. Yo tenía muchas ganas de verla en persona, pero no me atrevía a decirle nada, hasta que ella un día me dijo si quería ir. 

Y en marzo vine a Madrid, y estaba esperando en Atocha, y cuando nos vimos, nos abrazamos, nos dimos un piquito, me cogió de la mano, cogió la maleta con la otra, y caminamos hasta hoy. 

 

Y ahora estás casada. 

Esa noche pensé muchas cosas, y al día siguiente le dije: “Carmen, ¿tú te casarías conmigo?” Y ella me preguntó por qué. Yo tenía tres o cuatro razones, pero la primera que le dije es porque si me pasaba algo, ella se quedaría amparada. Y me dijo que por esa razón ella no se casaba. Pero por encima de todo está la razón que la quería. Aunque llevábamos varios meses hablando, habíamos dicho que no íbamos a decidir nada hasta que no nos viéramos, hasta que no nos tocáramos, no nos oliéramos. Podíamos decidir seguir juntas o siendo amigas. 

Pero también estaba la idea que, igual que los heteros tenían unos derechos cuando se casaban, nosotras también los tendríamos. Y le queríamos decir al mundo: somos dos mujeres, y además somos mayores. Nosotras perderemos fuerza, nos saldrán canas, arrugas, pero estamos día tras día adquiriendo unos valores, una sabiduría y precisamente porque hemos vivido y tropezado tanto, tenemos amor a borbotones para dar y para repartir. Mi boda con un hombre fue a las 6 de la mañana porque me casé preñada y no quería que me vieran, pero ahora yo quería casarme a las 12 del mediodía para que todo el mundo lo viera. Y así lo hicimos, y llevamos cinco años casadas. 

Mi Vida, con mayúsculas, ha sido desde hace 17 años. Pero un día mi hija me dijo que si me hubiera dado cuenta antes, hubiera vivido antes mi vida. Y le dije: “si me hubiera dado cuenta antes, quizá ustedes no estaban. Y por estar ustedes ha valido la pena vivir todo lo que he vivido”. 

 

¿Qué reacciones encontraste a tu alrededor?

Buenas, muy buenas. Cuando tuve la historia con la chiquita joven, que no llegó a nada, mi hija creo que se asustó por mi ímpetu y mi apasionamiento, pero nada más. Otro día, mi hijo me vio llorando. Le conté que me había enamorado de una mujer. Y él me contestó si creía que él no lo sabía. La gente se daba cuenta. 

En la boda fuimos más de 100 personas y fuimos por todo el pueblo en coche con una batucada y la bandera lésbica y la arcoíris. 

También con mis compañeras de teatro hicimos una obra con poemas lésbicos que había escrito y vino un montón de gente. 

Nunca he tenido desprecio de nadie hacia mí. Solamente hubo un caso importante hace dos, años cuando me dijeron que tenía cáncer de mama. Yo fui al hospital donde había trabajado muchos años, y al salir de la consulta del oncólogo me encontré a una mujer que conocía. Y le presenté a Carmen como mi mujer, que es lo que hacía siempre. Y me contestó: “Dios, qué fuerte, cambiar de gremio a tus años”. No le contesté, pero porque estaba pensando en lo que me había dicho el oncólogo. Si no, le habría contestado. Fuerte es lo que me he perdido todos los años. Aunque tampoco es perder porque están mis hijos y la naturaleza quiso que yo abriera los ojos a tiempo y que viviera lo que estoy viviendo ahora. 

 

Como dices, “abriste los ojos” a los 60. ¿Cuál es la situación de las personas mayores LGTBI+?

No fue mi historia porque yo no me daba cuenta de que quería a las mujeres hasta los 60 y no viví la juventud escondida por mis inclinaciones sexuales. Aunque sí que me escondía de la policía por temas políticos. Pero sé que hay muchas personas mayores que vivieron y sufrieron y les aplicaron la ley de vagos y maleantes. 

Mi activismo a día de hoy es por Facebook y por reivindicar el derecho de todas las personas mayores que tuvieron que buscarse la vida por las calles. Y también he hecho muchas obras que hablan de cuestiones sociales y de denuncia que se le hacen a las mujeres y a las niñas. 

Los colectivos que todavía tienen fuerza deben reivindicar una residencia en todos los lugares de España en la que se nos contemple, porque no quiero que mis hijos pierdan su vida por cuidarme, pero tampoco quiero entrar en cualquier residencia con mi mujer. Quiero una residencia donde todo el personal y las personas que entren tengan claro que existen unos derechos humanos, que existe la diversidad afectiva y que no se puede marginar a nadie. No quiero tener que volver donde he estado 60 años de mi vida ni que me hagan meter de nuevo en ningún ropero. 

 

¿Qué le dirías a la Lorenza que tenía 20 años?

Vive, pero no vivas como te dictan los demás. Vive como tú quieres vivir, abre el corazón y dale rienda suelta a tus sentimientos con respeto a los demás. Y a las personas mayores, sobre todo a las señoras que han estado y están en la misma situación que yo estuve, que le den rienda suelta a los sentimientos, porque el día que te mueras y no quede nada de ti, lo que te vas a llevar es lo vivido y lo disfrutado. Nada más.