«El activismo, más que un movimiento vertical, es una red»

Marta Alonso, tiene 24 años, está graduada en Filología Inglesa y se prepara para ser profesora de instituto. Hace cuatro años se acercó a la asociación Nós Mesmas en busca de un espacio seguro donde poder ser ella misma. Hoy es vicepresidenta de la entidad y forma parte de la Ejecutiva de la Federación Estatal LGTBI+, demostrando que juventud y activismo van de la mano.

Natural de Vigo, reflexiona sobre cómo encontrar tu lugar en un entorno marcado por la ruralidad y la cercanía de personas mayores. Y para ella, lo esencial está claro: a su abuela solo le importa que ella sea feliz.

 

Ahora mismo formas parte de la Ejecutiva de la Federación Estatal LGTBI+ y eres la persona más joven del equipo. ¿Cómo empezaste en el activismo?

Hace relativamente poco. En mi caso, todo empezó por la búsqueda de un espacio seguro para iniciar mi transición, descubrirme y conocer más personas que pudieran tener mis mismas inquietudes e intereses.

Y eso fue cuando fui por primera vez a Nós Mesmas, en Vigo. De hecho, tenía incluso miedo de ir. Tenía 21 años y me costaba, porque todo este tema llevaba reprimido en mí mucho tiempo. El mero hecho de ir a la asociación, a una actividad para personas jóvenes, ya era romper una barrera. De hecho, me acompañó una amiga porque no era capaz de ir sola.

A partir de ahí, a finales de 2021, empecé poco a poco a asistir a eventos de la asociación. Y cuando fue el Orgullo de 2022 me animé. Me sentía súper cómoda y quería quedarme ahí.

Coincidió todo bastante rápido, porque algo que pasaba en Nós Mesmas —y que es común en toda España— es que hay pocas personas jóvenes en el activismo. Éramos muy poquitas y me animaron mucho a que me quedase, me mostraron confianza desde el primer momento. Me demostraron que lo que hacía tenía valor, tenía significado. Muchas veces sentía que mi vida antes era vacía.

Justo aquel año hubo el Consejo Federal Extraordinario de FELGTBI+ en 2022 y tenía que asistir una persona por identidad, y fui yo. Ese fue mi primer contacto con la Federación, un contacto un poco potente y bastante estrambótico, pero quise extraer lo positivo y vi que era un espacio donde se consiguen muchos logros y donde quería quedarme. Así que seguí yendo a espacios de representación, yendo al Grupo Joven y a los Consejos Federales.

 

Y ahora también eres vicepresidenta de Nós Mesmas. ¿Qué balance haces de estos cuatro años en el activismo?

Muy positivo en varios aspectos. En 2021 fue un año en el que fui descubriendo mi identidad poco a poco, y que todavía la voy construyendo día a día. Han sido unos años en los que mi visión del mundo se amplió considerablemente, y pude acercarme a muchas realidades que antes me pasaban totalmente desapercibidas. Porque por redes sociales o medios de comunicación podemos hacernos ciertas ideas de las vivencias del colectivo, pero cuando lo vives desde dentro, en una entidad local, siento que redescubrí mi ciudad.

Por ejemplo, a base de estar en la asociación me fui implicando en otras cosas y empecé a descubrir realidades que, muchas veces, como personas privilegiadas no vemos: en el ámbito sanitario, en el registro… Y también la realidad de las personas LGTBI+ en situación de pobreza, en situación de irregularidad. En 2023 hubo una explosión de llegada de personas migrantes y refugiadas, y conocer sus realidades —que están totalmente borradas de la visión que se transmite del colectivo LGTBI+ en los medios— amplió mi perspectiva, mis puntos de vista sobre la realidad que nos rodea y sobre el trabajo que hacemos.

Antes, por cómo se presenta el activismo en redes, lo entendía como algo bastante personalista: de una persona, de un líder. Pero estando dentro se entiende que el activismo es una cadena, y que si falta uno de los eslabones nada funciona.

Y el activismo, más que un movimiento vertical, es una red.

 

En tus redes hablas de esa “Martiña de 9 anos” que se escondía. Si pudieras mandar un mensaje a las niñas trans de hoy, ¿qué les dirías?

Les diría que entiendo totalmente lo que están pasando y el miedo de exponerse ante el mundo. Lo que para otra peque puede ser simplemente salir y brillar, para una peque trans o no binaria muchas veces supone la mayor vulnerabilidad, como si salieran desnudas.

Yo diría que nunca dejen de creer. Que si en ese momento no pueden —porque estamos a expensas de nuestras familias y actualmente las leyes no son muy favorables a menores de 12 años— piensen que el futuro está destinado a ser suyo, y que cuando llegue, su presente también les va a pertenecer.

 

Mirando a tu experiencia personal: ¿cómo se entrelazan ser mujer, joven y trans en tu día a día en Vigo?

Vivo en una parroquia de la ciudad un poco más rural, pero la ciudad es mi contexto. En el ámbito de la ciudad, el activismo aquí es un pañuelo donde todo el mundo se conoce. Lo que me da pena es que, teniendo un movimiento que podría ser fuerte y potente, al final estamos todo el rato peleando y se acaba dividiendo muchísimo, debilitándose. Y lo vemos todos los años en el 8M y en el Día contra la Violencia Machista.

Estamos viendo cómo el movimiento feminista se divide por el tema TERF, y eso agota. Las defensoras de ese discurso tienen bastante respaldo institucional; son una minoría, pero con mucha fuerza, y da la sensación de que son más de las que realmente son.

Es una pelea que se repite todos los años. Y dentro de eso, veo que hay muchas personas jóvenes en la ciudad que, de una manera u otra, pertenecen al colectivo: muchas personas no binarias o cuya identidad está fluyendo, y que son bastante más jóvenes que yo. Pero muchas veces ven el activismo como algo ajeno, como algo que no les pertenece. Creo que ese es un reto que tenemos todas las personas jóvenes que estamos en el activismo: tratar de entender por qué hay otras personas que no lo ven necesario en este momento. Porque no es solo manifestarse en el Orgullo: hay que hacer muchas más acciones.

 

Hacías referencia a la división del feminismo. ¿Cómo se pueden fortalecer estos lazos entre el colectivo LGTBI+ y el feminismo?

Es algo que intentamos hacer este año, pero sin mucho éxito. Aun así, es importante visibilizar que las interseccionalidades que nos atraviesan no son tan diferentes en el fondo.

Se trata de romper con el estereotipo que tenemos del colectivo, que muchas veces se reduce a hombres cis gais, y demostrar que el colectivo es mucho más: que existen muchas realidades, muchos problemas que nos atraviesan y que son comunes a la lucha por la que aboga el feminismo. Si el feminismo aboga por un cambio en la sociedad, ese cambio no lo puede conseguir solo una parte de la sociedad. Tiene que construirse un cambio que dé respuestas a esa realidad, que dé respuestas también a los colectivos minoritarios, para que podamos avanzar.

Si no, lo que vamos a conseguir es un movimiento en el que seamos 10 personas en una manifestación, en lugar de avanzar hacia un movimiento más fuerte.

 

Este mes de junio has participado en actividades del Orgullo de Vigo y Madrid. ¿Qué diferencias notas entre lo local y lo estatal?

El Orgullo de Vigo siempre se plantea como un Orgullo crítico, porque nació con cero apoyo institucional y se trata de visibilizar eso precisamente. Las entidades que estamos en Vigo somos entidades que no contamos con dinero público: nos autofinanciamos, autofinanciamos el Orgullo, y se entiende como un movimiento mucho más local donde también damos espacio a artistas y a diseñadores locales. 

A parte de la diferencia en el número de personas asistentes, el Orgullo de Madrid lo veo como un espacio de unión de todo el Estado, de visibilizar nuestra fuerza. Que no estamos solas. Que igual que estamos en Vigo hay compañeras en Murcia, en Jerez y en muchas otras ciudades haciendo lo mismo que nosotras. Y ahí, en ese día, lo visibilizamos.

 

Este año dedicamos el año temático de Federación a ser LGTBI+ más allá de las grandes ciudades ¿Qué diferencias crees que hay entre la experiencia de una persona LGTBI+ de Madrid o de Barcelona y una de otros puntos del país?

Lo que veo, sobre todo en Madrid, es que al final son ciudades en las que te puedes diluir entre la gente hasta encontrar tu grupo o espacio, y tienes múltiples opciones. Vigo es la ciudad más grande de Galicia pero todas las personas del colectivo, de una forma u otra, acaban conociéndose. Es un lugar mucho más pequeño y conocido. Por una parte, eso es positivo porque puedes construir un sentido de comunidad: puede que no hayas hablado nunca con una persona, pero es alguien con quien te encuentras en todos los espacios… Se crea ese sentido de comunidad. Pero al mismo tiempo es más reducido, y se hace mucho más difícil huir de los fantasmas que tenemos las personas LGTBI+. Que, en realidad, tampoco deberíamos huir de nada, y el objetivo del activismo es no tener que huir de esos fantasmas. Pero pasa.

Además, teniendo en cuenta la realidad de Vigo, que se fue construyendo de una forma desorganizada en base a sus barrios, yo vivo en un barrio de una parroquia con una idiosincrasia bastante rural y muy de casas de veraneo. La gente de toda la vida, en cambio, tiene un sentido muy rural. El típico estereotipo de la vecina que tiene ovejas y dos vacas: pues esa es mi vecina. Es una zona en la que todos se conocen entre sí de una forma u otra.

De pequeña siempre me conocían por mi abuela y mi abuelo. Yo no quería tener un aspecto normativo masculino, y en casa siempre me permitían llevar el pelo largo y ponerme ropa neutra. Cuando empecé a cambiar mi aspecto y mi ropa, me daba miedo salir por mi barrio. Pero cuando una amiga de mi abuela se enteró de que había hecho la transición, su respuesta fue: “Si es que en el fondo siempre fue una niña”.

Y realmente recibí mucha aceptación por parte de la gente mayor aquí, lo que me sorprendió mucho. Incluso una vez que salí en un artículo de El Faro de Vigo, una vecina de 88 años me dijo que le había encantado esa noticia y que la había guardado en su casa. Es una señora que va a misa y escucha la COPE. Pero por esta cosa de conocemos a la persona, conocemos a la familia, sabemos cómo eres… si tú eres feliz a mi no me hace daño. Este es el pensamiento que tiene la gente aquí y esto no tiene por qué ser la norma pero creo que hay que desterrar estereotipos sobre lo rural y sobre las personas mayores. 

De hecho, mi abuela, no es una persona que entienda el tema trans como lo podemos entender tú y yo. Pero en su cabeza es “está bien, es mi nieta, es feliz, yo la quiero”. A veces tenemos que hablar a las personas en lenguaje que nos entiendan. 

 

Habíamos hecho referencia a que eras la persona más joven de la actual Ejecutiva de la Federación Estatal LGTBI+ y también fuiste vicecoordinadora del grupo joven. ¿Qué preocupaciones o reivindicaciones hay entre la juventud LGTBI+?

La verdad es que bastantes, y más de lo que puede parecer. Una de las cosas que más nos preocupan a las personas jóvenes —y que se ve tanto en el Grupo Joven de la FELGTBI+ como a nivel local— es que la gente joven no quiera implicarse. Muchas veces hacemos llamamientos a participar y acabamos siendo las de siempre.

Algo que queremos es que el colectivo siga avanzando hacia abrir nuevos debates que hasta ahora estaban mucho más invisibilizados. Por ejemplo, tenemos que entender que la juventud en general en España ya vive una situación complicada, y que en el colectivo LGTBI+, por pertenecer a un grupo vulnerable, esa situación se acrecienta. Tenemos la problemática del acceso a la vivienda: por el hecho de ser LGTBI+ no sirve cualquier vivienda; igual buscas un cuarto en un piso compartido y resulta que no es un lugar donde te puedas desarrollar plenamente.

Otro tema que intentamos abrir es el de la soledad no deseada, por el rechazo que podemos sentir de nuestras familias o personas cercanas. Y luego están resurgiendo prácticas que no sabemos muy bien cómo abordar desde el colectivo. El otro día hablábamos del tema del chemsex, un debate que tenemos que abrir entre la juventud.

En definitiva, lo que más nos interesa a la juventud es abrir nuevos debates, abarcar más realidades y, entre todes, construir una perspectiva en la que nos sintamos cómodes.

 

Muchas veces se dice que la juventud está desconectada de la política o que se inclina hacia posiciones de derecha o la extrema derecha. ¿Qué crees que hay de mito y qué hay de realidad en esa visión?

Es complejo. Los discursos de extrema derecha calan mucho. Tenemos que tener en cuenta que esos discursos se ajustan a las redes sociales, que son lo que usamos las personas jóvenes para informarnos. Es difícil encontrar a una persona de 16 años que vea el telediario.

Lo que hace la extrema derecha es dirigirse a una juventud que entra en la vida con miedo: miedo a cómo va a ser el futuro, porque nos dicen que no vamos a encontrar vivienda, que no vamos a tener trabajo, que no vamos a tener pensiones… que el mundo se va a seguir sobrecalentando. Es una juventud que crece con muchos miedos, que siente que no hay respuestas, y viene la extrema derecha con una frase simple y dice cómo lo va a solucionar. Eso genera un mensaje de tranquilidad.

Pero no creo que estas personas estén completamente convencidas de toda la ideología que acarrea la extrema derecha. Creo que están arrastradas. Y realmente lo que hay que plantearse es el reto de cambiar la forma en que comunicamos. Por desgracia, la juventud ha evolucionado así y pierde la atención en tres segundos, pero hay que poder transmitirles el mensaje. Y también es muy importante la educación y el sistema educativo.

 

Eres profesora. ¿Por qué crees que es importante encontrar referentes en el aula?

Básicamente, pensando en mi propia realidad, me doy cuenta de que los centros educativos funcionan como burbujas. Y para el alumnado son toda su vida: muchos, incluso cuando van a extraescolares, lo hacen en el propio centro y con la misma gente. Son burbujas que representan todo su mundo hasta cierta edad. El hecho de no tener referentes acrecienta la idea de que eres una persona única y sola en el mundo.

Cuando hice mis prácticas en el mismo instituto en el que estudié, en 2º de la ESO había un chico trans que seguía creyendo que era el único en el mundo. Y no es algo que se solucione con que venga gente de una asociación a dar una charla de 45 minutos. Tiene que ser algo más del día a día, que se normalice. Porque, quieras que no, hay un contraste enorme: cuando buscas “mujeres trans” en internet, lo que aparece son mujeres que se dedican a la prostitución que mueren a los 35 años, o que somos aberraciones. Falta que vean esa otra realidad. Igual que una profe puede decir que tiene una pareja mujer, que vean también eso como algo común.

Más allá de visibilizarse como referente, es importante que no te vean solo como “la profe que es eso y ya”. 

Una amiga mía, que es profe de gallego, les llevaba una lectura que estaba en lenguaje neutro y eso les dio pie a hablar sobre el neutro. O les proponía otra lectura que no iba “sobre lesbianas”, simplemente era una historia donde había dos chicas que eran pareja. No se trata solo de que la profe se muestre como tal, sino de que apueste por esos contenidos y dé una visión diferente del mundo. Una visión en la que puedan ver más allá de las pelis y series adolescentes, que muy diversas no son.

 

Continuando con los referentes, ¿qué referentes tuviste o tienes tú?

Mi primera referente fue una activista trans de Chile, Constanza Valdés. Fue una de mis primeras referentes porque se visibiliza y participa en temas de política, y sentí que me transmitía mucha fuerza. A partir de ahí, las compañeras de la asociación Nós Mesmas, como Eli Pérez, Carmen Picón, Charo Rodríguez, Raquel Cordeiro… básicamente por las cosas que hacían en el día a día y por las realidades y anécdotas que contaban de su vida solo por ser LGTBI+, y cómo convertían su día a día en activismo.

A partir de ahí también tuve referentes en Federación. Y luego, personas de la política como Jimena González, ya no solo por la labor que hace en política, sino por cómo enfoca los temas, que a veces son incómodos para la sociedad en general.

 

¿Qué retos principales ves para el activismo trans y LGTBI+  en los próximos años?

A nivel mundial, se nos viene una grande. Vemos lo que está pasando en muchos países, como Reino Unido y otros, que impiden el cambio de género. Y hay otros países que nunca han permitido hacer un cambio registral. Tenemos que luchar con uñas y dientes. No solo por consolidar la ley que tenemos —que se tiene que hacer—, sino también para que esa ley no se pueda recortar y, además, para ampliarla. Tenemos un compromiso con las otras personas del colectivo, muchas de ellas trans, no binarias o intersex, que se quedaron atrás. Tenemos que abogar para que la ley atienda sus realidades.

Tenemos que seguir combatiendo las narrativas que crean sobre nosotras con otras narrativas en un sentido positivo, que puedan desmentir los bulos. Tenemos mucho trabajo por delante y, por eso, necesitamos gente.

 

¿Por qué continúa siendo importante el activismo hoy en día?

Porque tenemos que entender que los derechos no están garantizados y necesitamos defenderlos.