Joana C. Berger es médica especialista en Medicina Familiar y Comunitaria y experta en Salud y Diversidad. Ha formado parte de distintas asociaciones (Sinvergüenza en Barcelona y Colectivo Gamá en Gran Canaria) y ha sido coordinadora del Área Joven de la FELGTBI+. Ha participado en la elaboración de protocolos sanitarios para la atención sanitaria a las personas trans* en Canarias, de la Ley 04/2023 en Canarias y ha estado al frente del servicio TransCan* defendiendo un modelo de salud transpositivo de acompañamiento centrado en el respeto, la escucha y el cuidado de las personas trans*. Además, es la primera persona trans* en colegiarse reconociéndose como no binaria.
Fuiste la primera persona en colegiarse como médica reconociéndose como no binaria. Para quien todavía no lo sepa, ¿qué significa ser una persona no binaria?
En primer lugar, yo no puedo hablar por todas las personas no binarias. Solo puedo hablar de mi propia vivencia.
Desde mi punto de vista, las personas no binarias somos personas que no encajamos en un modelo de sociedad en el que sólo existen dos géneros, que además son excluyentes entre sí. Nunca he sido capaz de entender el mundo de esta manera. Por eso, a medida que fui escuchándome y conociendo otras realidades que posibilitaron mi existencia, empecé a comprender cuál era mi propio espacio vital.
Esto lo he vivido siempre desde el menor conflicto posible y he intentando transmitirlo siempre así. Nunca he estado en ningún armario porque no concibo que alguien deba avergonzarse o esconder quién es. Soy consciente del privilegio que eso significa.
Tras un curso que dimos en el Colegio de Médicos de Las Palmas sobre la despatologización de las identidades trans*, me llamaron para decirme que se habían planteado integrar la posibilidad de identificarse como una persona no binaria dentro de su registro.
Fue un gesto simbólico por parte del Colegio, pero con mucha importancia. Fue el primer Colegio Profesional de toda España en hacerlo. Tuvieron la valentía de reconocer públicamente una realidad que, a menudo, se demoniza. Además, esto tuvo especial relevancia por que fue el primer Colegio de Médicos de España que hizo un gesto público en favor de las personas trans*, cuando, históricamente, las instituciones médicas siempre han sido un agente patologizador de la diversidad.
En una entrevista comentabas que durante tu etapa universitaria sentiste un “silencio absoluto” sobre estos temas. ¿Qué apoyo te hubiera gustado encontrar?
En aquella época, ni se hablaba de diversidad en las aulas ni fuera de ellas. No había referentes positivos por ningún lado.
Yo nunca he sentido que aquello que eres, más cuando tiene que ver con algo bueno como amar o amarte, deba ser motivo de vergüenza o se deba esconder. Pero personas a las que quise muchísimo en ese momento lo pasaron muy mal. Eso me hizo plantearme que tenía que hacer algo y por eso mi activismo empezó en la universidad.
Así conocí a la Asociación Universitaria Sinvergüenza, en Barcelona. Cuando llegabas por primera vez, alguien te ofrecía una acogida y un acompañamiento, conocías más gente, participamos en acciones y en debates, nos divertíamos, y todo eso creó un grupo extenso de activistas jóvenes que participaban de otros espacios activistas con discursos nuevos, a veces transgresores y un tanto irreverentes, centrados en los derechos del colectivo LGTBI+ y desde una perspectiva transfeminista.
Nos divertíamos, nos acompañábamos y éramos visibles para las demás.
Así que para mí, mis principales referentes en el colectivo fueron, inicialmente, mis compañeras, mis iguales. Me enseñaron nuestra historia, me estimularon a pensar de una forma crítica y a reivindicar, desde la alegría, el derecho a vivir con orgullo nuestras vidas y a luchar por quienes no tienen voz.
Aprendí muchísimo. Empecé a conocer el colectivo desde dentro, ya a nivel más estatal, en la FELGTBI+ y en otros espacios de activismo. Conocí a personas de todas partes y todas las generaciones que habían puesto cabeza y cuerpo desde hace tiempo en esta lucha. Y me comprometí a continuar ese camino allá donde me llevara, usando mis propios privilegios (como ser médica), para continuar construyendo este maravilloso mundo diverso en el que me gustaría que pudiéramos vivir.
Has dicho que cuando eres una persona trans, tu identidad se convierte en el eje de tu vida porque tienes que luchar constantemente para que tus derechos sean reconocidos. ¿Qué significa exactamente esto?
Pues que no hay un “armario trans*”.
En primer lugar, cualquier persona trans* que decide iniciar un tránsito no va a tener más opción que visibilizarse durante el proceso de tránsito con su entorno. No se puede esconder. Ocurren cambios que son visibles y la gente te pregunta por ello. También transita tu entorno (pareja, familia, etc.). Durante un tiempo al menos, te das cuenta de que tu identidad de género se convierte en el eje de tu vida y experimentas de una manera más consciente las presiones de género. Tienes que luchar por tener derecho a una asistencia sanitaria cualificada y de calidad, por cambiar tu documentación, por que no se te discrimine en tu entorno laboral, por que se tenga en cuenta tu realidad, en definitiva, en casi cualquier aspecto de tu vida.
Si eres una persona trans* que está empezando a decidir qué camino quieres caminar, también la identidad de género se vuelve el eje de tu vida.
La estructura social binaria de los géneros es muy rígida, y es fácil no encajar (tanto como persona trans* como persona cis*). La cárcel del género nos limita a todas, no sólo a las personas trans*. Lo que ocurre es que las personas trans*, debido a la transfobia que vivimos, nos atraviesa de una forma directa y consciente. Pero esto no solo nos pasa a las personas trans*. Las personas cis*, en concreto las mujeres, también viven de una forma violenta su identidad de género, pero no siempre se tienen las herramientas necesarias para ser conscientes de las estructuras de opresión que nos limitan.
En el caso de las personas trans* no binarias, podemos tomar la decisión de modificar, o no, nuestras corporalidades. Pero, a día de hoy, no existen “cuerpos posibles” fuera de un marco de pensamiento binario, por lo que generalmente, nos resulta muy difícil tomar decisiones o no vivirnos en espacios violentos de una forma contínua.
Así pues, desde mi experiencia personal, decidí elegir la “cajita” menos incómoda.
Yo soy interpretada, por mi físico, como una mujer y se me trata socialmente como tal. Eso implica, básicamente, tres opciones: o me paso el día explicándole a todo el mundo cuando me interpela que no soy una mujer (lo cual es agotador), o modifico mi cuerpo para que se me interprete de una forma en la que me sienta más cómoda, o asumo la limitación de un mundo binario y construyo mi espacio de seguridad.
Yo elegí, después de mucho debate interno, la tercera opción. La primera me agotó; la segunda no me llevó a ningún lugar distinto del que ya partía como persona no binaria y la tercera fue la que me ha permitido vivir de una forma plena y tranquila.
Pero no deja de ser la opción menos incómoda; no la mejor opción. Porque desde una perspectiva del mundo binaria, las personas que no encajamos en ese sistema no tenemos espacio ni posibilidad de vivirnos plenamente. Aparece contínuamente tu identidad de género como un conflicto con el que tienes que lidiar a diario. Por cómo te nombran, por cómo te interpretan (se llama cisnormatividad), por cómo te tratan, por lo que esperan de ti, por tener que hacer activismo con tu realidad constantemente, por las curiosidades de las demás que tienes que resolver y, sobre todo, porque tú, tal y como eres, no existes para este mundo. Si no existes, el mundo no te integra en su realidad.
Así que, o cambias tú, o decides cambiar el mundo. Tu identidad de género se convierte en una cuestión política, te guste o no.
Y en tu caso personal, ¿cómo lo has vivido?
Yo llevo lidiando con esto desde mi infancia; así que con paciencia y escuchándome mucho.
Siempre he dicho, para que se me pueda entender, que soy “daltónica del género”. Desde que era una criatura, sencillamente, soy incapaz de entender el género como ese algo esencial e inherente de nosotras mismas que dicen que es. Evidentemente, he aprendido con el tiempo a lidiar con este concepto. Igual que las personas daltónicas no se estampan con el coche, yo también he aprendido que cuando se enciende la luz de arriba del semáforo hay que parar y cuando se enciende la de abajo puedes avanzar. Eso no significa que vea los colores. Pues con el concepto de género me pasa lo mismo.
Yo sabía que no era una niña, igual que sabía que no era un niño. Pero lo que yo era no tenía nombre en ese momento.
Fue con el activismo cuando empecé a conocer gente que nombraba una realidad que se parecía a la mía. Lo llamaban transgenerismo. Poco a poco aprendí sobre ese concepto y fuí escuchando mis propias necesidades. También empecé a visibilizarme como tal y a centrar mi lucha activista sobre este tema.
Con el paso del tiempo, fueron muchas las presiones que tenía que esquivar con respecto a mi corporalidad. A menudo se me cuestionaba ser una persona trans* sin haber realizado ninguna transición. Las presiones veladas, dentro y fuera del colectivo, llegaron a tal intensidad que me hicieron cuestionarme si no estaba engañándome a mí misma. Y decidí intentarlo. Estuve en testosterona durante 6 meses, pero a la única conclusión a la que llegué es que volvía a la casilla de salida. No había un espacio corporal neutro (de hecho, la neutralidad era un espacio súper violento). Y si tenía que decidir entre que me leyeran como hombre o como mujer, por mis convicciones políticas, decidí usar mi cuerpo como elemento de lucha transfeminista.
Eso sí, no podía vivir constantemente en la violencia propia y ajena. Aprendí a cuidarme, a generar un espacio de seguridad a mi alrededor que me viera y respetara como quién soy, y a no exponerme constantemente. Decidí cuál era la cajita menos incómoda para mi.
En un mundo binario, las personas no binarias no tenemos más espacios cómodos y seguros que el que decidamos y podamos construir. Pero buscar ese espacio salva vidas.
¿Qué es necesario para llegar al punto en que ser una persona trans no signifique tener que estar siempre explicándote o defendiendo tu existencia?
Para empezar, es necesario que el género con el que cada cual se identifica deje de ser uno de los ejes vertebradores de nuestras vidas. Pero a día de hoy, eso es casi una utopía.
Hay muchas categorías que nos definen identitariamente (nacionalidad, clase, profesión, filiación, relaciones afectivo-sexuales, etnia, capacitismo, etc.), pero muy pocas de ellas lo hacen con la intensidad y transversalidad del género. Este no solo define quién eres, sinó lo que se espera de ti a lo largo de tu vida.
¿Cuántas de estas categorías identitarias se explicitan, por ejemplo, en nuestros documentos de identidad? Pues fundamentalmente dos: el género (que en la mayoría de casos es el sexo) y la nacionalidad.
Puedo entender que la nacionalidad esté explicitada en este tipo de documentación… ¿pero el sexo? ¿el género? Solo tiene sentido si entendemos la importancia que éste tiene en la estructuración y mantenimiento de una sociedad patriarcal.
En mi humilde opinión, esta categoría (M o F) debería ser eliminada de los documentos de identidad. Con ese mínimo avance simbólico (como se hizo cuando se eliminó el estatus civil), el género podría empezar a deconstruirse como elemento estructurador de un sistema patriarcal injusto e innecesario. Si se necesita como dato, que se rescate del Registro Civil, pero no debería ser una exposición constante.
Quizá con este pequeño pero importante paso conseguiríamos poco a poco ir desmontando esta cárcel en la que se nos ha ido metiendo en relación a una estructura rígida y binaria del género permitiendo, además, que floreciera una diversidad natural como con cualquier otra categoría identitaria.
Pero insisto, aunque ese es uno de mis sueños, soy consciente que es poco menos que perseguir un unicornio.
Defiendes un modelo transpositivo de acompañamiento sanitario. ¿Qué significa exactamente y por qué es tan importante para garantizar la salud de las personas trans?
Para empezar, yo no he descubierto la pólvora. El modelo transpositivo de acompañamiento sanitario lleva defendiéndose, sobre todo en Catalunya, desde que se inició el movimiento por la despatologización trans* (Campaña STP Trans* 2012).
Conocerlo en profundidad y vivir mi propia experiencia como usuaria y como parte del sistema sanitario, me ha hecho defenderla sin ningún tipo de tapujo.
Las personas trans* en este país que solicitan un acompañamiento sanitario viven, en la inmensa mayoría de los casos, un proceso patologizante. Están obligadas a ser validadas por un profesional de la salud mental en su identidad para acceder a información y tratamientos que les permitan realizar los cambios físicos que consideran importantes para sí mismas. A menudo estos procesos son automatizados, poco individualizados y, sobre todo, demasiado medicalizados, huyendo de perspectivas bio-psico-sociales de acompañamiento, centrados en la escucha activa y la toma de decisiones consensuadas.
Cuando defiendo un modelo transpositivo de acompañamiento sanitario, defiendo, en primer lugar, la capacidad de agencia de la persona que viene a solicitar ese acompañamiento. En segundo lugar, defiendo la importancia de la escucha activa y la individualización del proceso en cada acompañamiento. Además, este debe realizarse desde una formación específica y una experiencia validada en este campo, como se hace con cualquier otro acompañamiento de proceso vital (p. ej: la gestación). Esto permite un acompañamiento seguro, clínicamente hablando, en el que podemos ofrecer información veraz y actualizada sobre los procesos que cada persona solicita, y en el que se evalúan, desde un punto de vista sanitario, los pros y contras para la salud de cada persona y en cada proceso de transición. Con toda esta información, que debe transmitirse de una forma clara y comprensible, la persona usuaria debe tomar sus decisiones. Estas decisiones solo deben estar condicionadas por factores de salud evidentes (por ejemplo: no dar fármacos pro-trombóticos a una persona con factores de riesgo para un tromboembolismo pulmonar) y por la evaluación de la capacidad de toma de decisiones libre, consciente e informada. Si una persona, por sus condiciones concretas, no es capaz de tomar una decisión con estos condicionantes, debe acompañarse y abordar cada tema que lo comprometen, hasta que lo sea y pueda elegir cuál es su propio camino.
Así pues, el modelo transpositivo no es un modelo en el que “todo vale” o en el que no tiene cabida la psiquiatria. En mi opinión, el modelo transpositivo es un modelo en el que la persona tiene la agencia, expresa una necesidad, se la escucha sin prejuicio, se le ofrece una información accesible, veraz y de calidad y en la que se toman decisiones conjuntas, teniendo en cuenta sus factores de salud y enfermedad, ofreciéndole también un acompañamiento integral a toda su experiencia.
Has mencionado que estuviste al frente del Servicio TransCan*. ¿Qué papel ha jugado este servicio?
En Canarias existe un servicio de acompañamiento a la salud de las personas trans* desde 2007. Hasta 2019, este servicio estaba basado en el modelo triádico (psiquiatría-endocrinología-cirugía plástica).
Con los cambios legislativos autonómicos sucedidos desde 2014, imperaba la necesidad de ajustar los protocolos de acompañamiento a la salud de las personas trans* desde una perspectiva despatologizadora. Así pues, participé en la elaboración del nuevo protocolo y después se me invitó a aplicarlo a nivel de la província de Las Palmas.
Durante 4 años estuve trabajando en esta línea y los resultados, en mi opinión, han sido muy buenos.
Conseguimos implantar un punto de atención próximo en cada isla para facilitar que las personas trans* no tuvieran que desplazarse a una isla capitalina para resolver dudas, iniciar un acompañamiento, realizar controles rutinarios o gestionar problemas con la medicación, por ejemplo. Para ello resultó esencial descentralizar la atención del ámbito hospitalario y llevarlo a la atención primaria, formando para ello personal cualificado.
Por otro lado, se trabajaba de forma coordinada con los diferentes servicios que conformaban el servicio (endocrinología, psicología, psiquiatría, urología, cirugía plástica, otorrinolaringología, rehabilitación, ginecología-obstetrícia, etc.) con el fin de ofrecer siempre un servicio de calidad y acorde a las necesidades individualizadas de cada tránsito.
En mi opinión, esta forma de acompañamiento a la salud de las personas trans* ha resultado positiva y más eficiente, generando un espacio de acompañamiento de proximidad, de calidad y una forma de trabajo interdisciplinar mucho más adecuada para cada realidad.
Mencionabas la importancia de no tener que viajar de una isla a otra para acceder al servicio. En otros momentos también has denunciado la diferencia de acceso de las personas trans a programas del ámbito sanitario según el territorio o comunidad autónoma. ¿Qué papel ha jugado la Ley LGTBI en esto?
La Ley LGTBI ha sido fundamental en este sentido, pues obliga a todas las comunidades autónomas a tener un servicio de acompañamiento a la salud de las personas trans* en todo el territorio español.
Como sabemos, las competencias de sanidad son transferidas, por lo que hasta hace poco, cada Comunidad Autónoma podía decidir si establecía este servicio en su territorio o no. Con la aprobación de la Ley LGTBI ya no es una opción.
Otra cosa es que podamos debatir sobre qué modelo establece cada Comunidad Autónoma para abordar el acompañamiento a la salud de las personas trans* en su territorio; pero eso ya es harina de otro costal.
Has dicho que se creó un “show” en torno de la ley y que se ha usado a menores trans como excusa para tapar otros miedos sociales al progreso. ¿Cómo se ha usado a las infancias trans para trasladar esta idea?
Pues en mi opinión, de una forma repugnante. Pero no solo a las infancias trans*, también a las mujeres trans*.
Para empezar, creo que se ha usado el pretexto de la ley para escenificar conflictos políticos que nada tenían que ver con ella. Y yo no tengo problema con que se resuelvan esos conflictos, pero sí lo tengo cuando una parte de ese conflicto estructura un discurso de odio bajo ese pretexto.
Desde una parte del feminismo institucional se fue articulando un discurso en torno a esta ley fundamentado en el miedo (que terminó transformándose en odio) y en una serie de sucesos muy reprobables de quienes dicen defender la libertad y los derechos humanos.
Inicialmente el discurso se inició esparciendo dos miedos infundados: el primero, que las infancias eran “manipuladas” para que su expresión de género diversa fuera conducida hacia una transición. Falso. El segundo, que las mujeres trans* (aquí ya entra el discurso de odio más repugnante) eran poco menos que agentes infiltrados del patriarcado para borrar a las mujeres. De nuevo, falso.
Y todo esto regado de incongruencias discursivas en torno al feminismo en sí mismo; otra víctima de toda esta tergiversación que hemos tenido que vivir los últimos años quienes defendemos el feminismo como una forma de transformar el mundo hacia uno más justo y diverso.
Vamos a intentar poner los puntos sobre la íes.
En primer lugar, a las infancias trans* en este país no se le obliga a tomar ningún tratamiento ni se hace, bajo ningún caso, sin el consentimiento de sus tutores legales.
Para iniciar cualquier tipo de tratamiento con un menor para una transición, deben darse dos circunstancias ineludibles: haber iniciado la pubertad (mínimo, el estadio II de Tanner) y tener un consentimiento informado por parte de todos sus tutores legales.
La única excepción a esto se produce cuando el menor de edad alcanza los 16 años. Según la “Ley Básica de Autonomía del Paciente” (41/2002), “la mayoría de edad sanitaria se establece a los 16 años o por emancipación, siempre que la persona no esté considerada como incapacitada o incapaz”. Esto significa que cuando se alcanza los 16 años, es la propia persona quien es autónoma para tomar sus propias decisiones sanitarias y firmar los consentimientos informados correspondientes.
Así pues, decir que se obliga a menores a tomar tratamientos hormonales o que éstos se dan sin el consentimiento de sus tutores legales es, rotundamente, falso.
Utilizar pues, un miedo basado en la desinformación o la manipulación de la información con el fin de bloquear el avance legislativo necesario para regular los derechos de las infancias trans* en materia sanitaria es, sin duda, discurso de odio.
Por otro lado, no olvidemos que, además de a las infancias trans*, durante el debate sobre esta ley también se ha atacado de forma injusta, cruel e indiscriminada a las mujeres trans*.
Ellas han puesto siempre su cuerpo en primera fila y han recibido siempre el primer garrotazo y, por desgracia, también han sido siempre las últimas de la cola, en la sociedad y en el propio colectivo, a la hora de reivindicar la igualdad en derechos. El colmo es haber tenido que presenciar este espectáculo mediático de odio de nuevo hacia ellas.
¿Y por qué las mujeres trans*? Pues ni yo misma me lo explico a día de hoy.
Se hablaba del borrado de las mujeres, de si lo eran o no, de qué hace a una mujer ser mujer… y mientras tanto, se permitía poner sus vidas en duda, sus propias luchas contra la violencia que sufren por ser mujeres y por ser trans*, se les cuestionaba como delincuentes sexuales por el hecho de ser mujeres trans* y, para colmo, se las metía a todas en un saco discursivo absurdo, generando una homogeneización del concepto de mujer trans* que dista mucho de cualquier realidad.
Si el problema del feminismo esencialista (que no radical), está en el concepto “queer” o en las personas no binarias… ¿por qué no dejan a las mujeres trans* en paz y nos preguntan, o se meten, con nosotras?
Puedo entender que la deconstrucción del género que defendemos sea un tema a debatir complejo y con muchísimos matices, igual que puedo respetar que muchas personas ni lo entienden ni lo compartan. Pero eso no justifica el discurso de odio que han generado hacia una realidad, las mujeres trans*, que durante siglos ha sufrido tanta humillación y maltrato y que, lo único que se estaba estructurando con esta ley es la dignidad de trato, la igualdad de derechos y la reparación. No lo entiendo.
No puedo entender que los derechos humanos y civiles sean la fuente de conflicto y de discursos de odio por parte de un colectivo que dice defenderlos. Así que la única explicación posible, para mí, es que todo ha sido un “show” impulsado por particulares (que no del feminismo en su conjunto, y mucho menos del feminismo radical, sino del esencialista) con un fin político ajeno a las necesidades de progreso de una sociedad diversa y justa.
En este sentido, ¿cuáles crees que son los actuales retos de las personas trans en España?
Lo que nos toca ahora es sobrevivir y defender lo conquistado.
Teniendo en cuenta la deriva que está tomando Estados Unidos y algunos países europeos, creo que es hora de salir de la academia y centrarnos en la calle. Lo que importa ahora es la acción y el cuidado colectivo, no tanto el pensamiento académico. Están en juego los derechos adquiridos y no podemos permitirnos dar pasos hacia atrás, pues cada retroceso implica poner vidas en juego y yo, por lo menos, no lo voy a permitir.
Y no lo podemos hacer solas. Debemos repensar nuestras burbujas de privilegio y mirar hacia otros lugares, reconstruir una comunidad de cuidados y resistencia. La ola de odio avanza rápido, y si no generamos espacios seguros y de protección colectiva, nos arrollará.
Es crucial crear espacios de resistencia comunitaria y, además, ampliar la mirada. Mi realidad no es única. Las dificultades que enfrentamos están conectadas con otras estructuras de poder y opresión.
Necesitamos pensamiento crítico y fortalecer alianzas. No basta con construir resistencia dentro del propio colectivo trans*, sino también con otros movimientos. La diversidad es un valor fundamental y defenderla es también defender la democracia.
Debemos entender que hay otras personas cuyos ejes de opresión son distintos, pero que están atravesadas por las mismas dinámicas de poder.
Si alguien sale a la calle a exigir el derecho a la vivienda, por ejemplo, yo también debo salir. O por unas condiciones de trabajo dignas, o contra el machismo, el capitalismo o la ltbiqa+fobia.
Desde un punto de vista transfeminista, luchar por los derechos no es luchar por lo que me oprime a mí, sino contra un sistema opresor que opera de forma similar en sus distintos ejes. Hoy me toca a mi y mañana a ti; o viceversa. Convencernos que la diversidad no es una otredad es fundamental en estos tiempos. La diversidad no es aquella que se manifiesta, la que sale a la calle, la ajena… sino cada una de nosotras en nuestras propias circunstancias que, sumadas, formamos la mayoría.
Y cuando la mayoría sale, es imparable.
Última pregunta para cerrar: ¿Por qué continúa siendo importante el activismo en ese contexto?
Sin el activismo no hay nada. ¿Qué podemos hacer para cambiar las cosas si no es desde ahí? El activismo es ese espacio donde se visibilizan realidades, donde tenemos que plantear cómo transformar lo que vivimos. Es un espacio de debate, sí, pero también de futuro. Es un contrapeso al poder, una forma de pensar —aunque sea por un rato— fuera de la norma.
Y por eso es tan importante defender que el activismo siga estando fuera de la norma. Parar un momento y decir: “espera, ¿cómo que esto es normal?, ¿por qué esto es lo normal?”. Cuestionarlo. Porque si no lo hacemos, todo se da por sentado y nada cambia.
El activismo es un espacio de propuesta, pero la ejecución le corresponde a la política. Los espacios de gobierno son quienes deben ejecutar lo que desde el activismo se propone. Nosotras planteamos cosas que ya deberían estar integradas en esos espacios. Que tengamos, por ejemplo, que ser nosotras quienes hacemos pruebas de ITS o acciones de salud preventiva, cuando lo lógico sería poder acceder a una prueba de ITS en cualquier centro, en cualquier momento, es lo que no tiene sentido.
Por eso el activismo es fundamental: es el lugar que, con una mirada diversa, aporta a la agenda política. Y cuando las asociaciones dejan de hacer activismo para centrarse solo en la gestión, perdemos ese impulso. Porque sin activismo, simplemente, no hay nada.