“Ser colectivo significa sentirnos herederas y herederos de todas las luchas que vinieron antes. Transformar ese legado en un abrazo que haga que quien llegue quiera quedarse”

En pleno mes contra la LGTBIfobia, la Comunitat Valenciana vive un ataque sin precedentes a los derechos del colectivo: el PP y Vox han aprobado en Les Corts la reforma de la Ley Trans autonómica, desmontando sus principales garantías y abriendo incluso la puerta a las mal llamadas “terapias de conversión”. En este clima de retroceso político e institucional, hablamos con Fran Fernández, coordinador general de Lambda València, una de las entidades históricas del activismo LGTBI+ en el País Valencià.

 

Estamos en el mes contra la LGTBIfobia, pero en las Corts Valencianes hemos visto un paso atrás sin precedentes. ¿Qué ha significado para ti lo que ha ocurrido?

Ha sido muy doloroso y una bofetada de realidad. Porque los derechos se consiguen, pero también se pueden perder. 

Es la confirmación de la persecución por parte del gobierno a Lambda y al colectivo. Nos dijeron que lo único que nos preocupaba era que nos quitaban subvenciones, pero lo que hacíamos era advertir de algo que era real. Nos preocupaba lo que estamos perdiendo derchos.

 

En 2017, la Comunitat Valenciana hacía historia con la ley trans autonómica. Hoy, su borrado implica la legitimación encubierta de las terapias de conversión y es una amenaza directa. ¿Qué consecuencias tendrá esto para las personas trans y para el colectivo en general?

Pero ni siquiera es una derogación, porque encima son cobardes. Lo que han hecho es vaciarla totalmente de contenido. Y le abren la puerta a las terapias de conversión y lo hacen de una forma muy retorcida. En el mismo párrafo dicen que las terapias de conversión están prohibidas salvo que la persona quiera recibir un «acompañamiento». Estas “terapias” no se presentan como terapias de conversión, se habla de “acompañamiento”. Es el colmo de la hipocresía. 

Mientras tanto, cada caso de bullying pesará sobre sus conciencias.

 

Has denunciado que el odio ya no solo viene de la extrema derecha, sino también de la derecha. ¿Qué efectos tiene que el discurso de odio venga desde las propias instituciones?

Es la sensación máxima de inseguridad. Cuando te enfrentas a un partido de extrema derecha, con un discurso de extrema derecha, sabes que, en el peor de los casos puedes recurrir a la administración, aunque tenga sus carencias y sus fallos. Pero, ¿qué pasa cuando el ataque viene desde la propia administración?

Quedas en el aire. El sistema sancionador de la ley se vacía, y se limita a decir que se remite a la Ley Estatal LGTBI+. Pero Feijóo ya ha advertido que, si llega a gobernar, derogaría la ley estatal.

Es preocupante cuando las agresiones vienen de la mano de la administración. Pero tampoco te diré que es una sorpresa. El año pasado, poco antes del Orgullo, el director general de Diversitat de la Comunitat Valenciana —que se supone que debería proteger y trabajar con los colectivos— iba por detrás diciendo cosas a espaldas de todos nosotros. Nadie había tenido el valor de hacerlo públicamente hasta ahora.

Hubo amenazas directas a Lambda por denunciarlo. Estoy hablando de algo muy grave. Y lejos de apartar a esa persona, la mantienen.

Pero no solo esto, la reunión que habíamos pedido para hablar con la vicepresidenta sobre los recortes a la ley la delegaron en esa misma persona. A día de hoy, todavía tenemos una ley estatal a la que recurrir. No hemos caído del todo en el vaciamiento absoluto. Pero si nos la quitan también, ¿qué nos va a quedar? Ahora mismo no tengo ninguna confianza en la administración. 

Agradecemos el apoyo de la FELGTBI+ porque ha sido una petición explícita de socorro. Y han estado ahí para responder. Por eso ha sido muy simbólico poder utilizar la bandera que recorrió toda España con la ley estatal para protegernos a todas.

 

Desde Lambda habéis sido muy claros: “la persiana seguirá abierta, caiga quien caiga”. ¿Cómo se sostiene esa fuerza en un momento tan adverso?

Es complicado a veces. Jamás había tenido que ir al psicólogo ni tomar medicación psiquiátrica, y ahora sí. Al final esta persecución a la que nos tenían sometidas te pasa factura.

Aun así, no me arrepiento. Lo haría mil veces. Porque es una cuestión de justicia. Si las personas trans fueron las últimas en conseguir sus derechos —el matrimonio igualitario llegó hace solo 20 años—, lo mínimo que puedo hacer desde mi privilegio, como un tío cisgay más o menos normativo, es estar ahí.

Y no vamos a dar ni un paso atrás. Todo esto ha sido gracias a los derechos, al trabajo colectivo. Cuando teníamos 40 profesionales en la oficina podíamos dar grandes servicios de calidad. Pero aunque nos quedemos sin oficina… El voluntariado es nuestra fuerza motor.

 

¿Qué acciones o estrategias estáis preparando desde Lambda para hacer frente a este nuevo escenario político y social?

Lo primero es ser conscientes de lo que ha pasado y de las consecuencias. Hay servicios que gestionamos y que van a desaparecer. Es una sensación extraña, pero también con cierto punto de liberación.

Cuando tienes mucho que perder, muchas cosas que valorar, te preguntas. Ahí entra ese equilibrio raro, ese que parece que el activismo se ve obligado a mantener. Pero cuando ya te lo han quitado todo, eso cambia.

Cuando tienes la certeza, objetiva, de que hay un plan organizado desde la Generalitat para que Lambda quede en su mínima expresión, con la intención clara de silenciarnos, cuando lo interiorizas , te sientes liberado. 

A partir de ahí, solo queda cuidar. A quien sea. Pero ya sin miedo. Ya no luchas pensando en qué puedes perder, porque ya lo has perdido todo.

Ahora mismo, la administración está de espaldas a nosotras. De hecho, es nuestra principal perseguidora. Por eso, paradójicamente, nos sentimos libres.

Siento que me he quitado un peso de encima. He interiorizado que toda esta gente que trabaja para nosotras —grandes profesionales que han mantenido los servicios a flote—, lo han hecho hasta donde han podido. Y cuando lo asumes, ves que tienes dos opciones: o te hundes, te encierras en casa y crees que no hay salida o encuentras un revulsivo.

Y ese revulsivo puede ser una persona que viene a la puerta de la entidad y te pide ayuda. Entonces piensas: «solo por esta gente, tenemos que seguir». Seguiremos como podamos.

La gente va a seguir necesitando ejercer sus derechos. Y esos derechos hay que seguir defendiéndolos. Así que ahora mismo, en esta calma forzada, pensamos: buscaremos otras instalaciones, si no podemos mantener estas. Buscaremos otro contexto laboral. Si podemos mantener servicios, los mantendremos. Y si no, se harán desde el voluntariado. Evidentemente con menos capacidad, pero se harán.

Recordar los inicios nos ayuda mucho. Me ha ayudado muchísimo el apoyo de expresidencias, de antiguas coordinaciones generales en la entidad que han tejido una red enorme a nuestro alrededor, sin imponer, sin decirnos lo que hacer, pero siempre a un WhatsApp de distancia, con un buen consejo, con un respaldo.

Estamos volviendo a ese activismo de base que nos hizo nacer como entidad. Porque, sinceramente, en la Comunitat Valenciana, la política es como si la manejara un mono con una escopeta. Hoy supuestamente tienes un plan, y mañana te lo tumban. Y tienes que rehacerlo todo.

Aun así, Lambda va a sobrevivir. Estamos reconectando con ese espíritu activista que, hace 30 años, fue el que me hizo acercarme. Es triste, pero también esperanzador. 

 

¿Cuál es el papel del activismo en este momento?

Es crítico, y lo es porque, como no tomemos conciencia como sociedad, vamos mal. Las redes sociales son un mecanismo muy potente para trasladar mensajes, pero no cambia realidades. ¿Por qué? Porque ellos tienen más dinero que nosotras, pueden generar bots, tienen plataformas mucho más robustas, pueden comprar medios de comunicación.

Evidentemente, el ciberactivismo tiene una función básica. Sirve para llegar a quien está aislada, especialmente este año, que es el año del Orgullo en los pueblos, para quienes han tenido que ejercer ese sexilio para sobrevivir. Para esa gente, ese canal es fundamental. Pero cuando te recortan leyes, cuando te están arrebatando derechos, se necesita más. Lo hemos visto: sacamos una campaña hace un mes y no sirvió de nada.

La primera vez que los medios y la ciudadanía nos han prestado atención de verdad fue cuando pusimos nuestros cuerpos a disposición del colectivo trans. Cuando dimos la cara y la Policía Nacional nos identificó. Y posiblemente haya una sanción o un veto para acceder a Les Corts. 

Por eso creo que hay que recuperar el activismo de calle. Hay que dejarse de tonterías. No podemos seguir tirando por tierra acuerdos por un acento, por una palabra, por diferencias mínimas. No podemos permitir que eso vuelva a pasar.

Hace un par de semanas conseguimos algo importante: 32 entidades de toda la Comunitat Valenciana, con todas nuestras diferencias, nos pusimos de acuerdo en lo esencial. Y señalamos lo que había que denunciar. No podemos repetir lo que pasa a veces en la izquierda: que si tú eres más progresista que yo, que si la tilde va aquí, que si la mayúscula o la minúscula…

Porque mientras tanto, la derecha y la extrema derecha van todas a una. Son lo mismo, y actúan como una sola.

Tenemos que recuperar el activismo presencial. Y sí, dejar las diferencias —no digo olvidarlas—, pero sí aparcarlas hasta que tengamos un poco más de seguridad y de garantías. Entonces volveremos a debatir todo lo que nos distancia.

Pero si hoy te caigo mal y te están atacando, no importa: te están atacando a ti, y eso es también un ataque a mí. Mañana ya volveremos a pelearnos, pero hoy no. Eso es lo que creo que nos está faltando.

Venimos de un momento muy dulce. Un momento en el que levantabas el teléfono y el concejal de turno te atendía, te escuchaba. Había diferencias, incluso con la Ley Estatal LGTBI+ teníamos matices, pero había respeto. Pero ese respeto, esa identidad política valenciana, la perdimos hace más de un año. Y cada vez vamos a peor.

 

Has mencionado el papel de las redes sociales. Lambda ha salido de X. ¿Qué dice eso del clima actual en internet?

El odio se mueve muchísimo mejor que nosotras. El odio es miel para las redes. Y eso ya no es una opinión, es un hecho. No es discutible.

Partiendo de ahí, y sabiendo mejor que nadie cómo están las redes, no podíamos seguir en una red social liderada por una persona con esas ideas.

No se trata de volver a la caverna y cerrar todas las redes sociales para volver al panfleto en papel. Pero sí que es verdad que X (antes Twitter) es, de todas, la red social donde más claramente hemos detectado que el odio se difunde más fácil, más rápido y con más impunidad.

BlueSky nos parece mucho más amable. Y Facebook sigue teniendo mucho odio y a veces nos veta. Es decir, no hay ninguna red social completamente permisiva ni ética con todo. No somos ingenuas.

Y sabemos que no podemos desaparecer de las redes porque la gente de cierta edad sigue en Facebook, la gente más joven está en BlueSky o en Instagram. Pero también es cierto que había una línea y X la había sobrepasado desde hace tiempo.

Fue una decisión muy difícil. Perdimos muchísimos followers, pero era necesario. Al final hay que mandar un mensaje y hay que hacer también algo simbólico. No se trataba solo de dejar de alimentar una red social que nos violenta. Era también decir: basta, dejar claro que no vamos a seguir callando. 

 

Hablabas de estos discursos de odio. ¿Qué consecuencias tienen? 

Lo principal, lo básico y lo fundamental: asesinatos. Asesinatos que se pueden perpetrar gracias a que hay gente que nos deshumaniza. A las personas trans, a la diversidad, a todo lo que no encaje en su ideología.

No nos ven como personas, como seres humanos con derechos, con sentimientos. Ahí está lo más reciente: el asesinato de la Sara Millerey a la que le partieron los brazos. La grabaron mientras agonizaba, como si no fuera un ser humano. 

Pero también hay otras violencias más sutiles. Por ejemplo, las pseudoterapias de conversión. ¿Cuánto tiempo les roban a las vidas de esas personas? ¿Cuántos años de terapia necesitarán después? ¿Cuánta medicación?

Desde los colectivos, estamos ahí para escuchar. En Lambda hemos tenido casos. Pero, si la persona no quiere o no puede denunciar, ¿quiénes somos nosotras para hacerlo por ella? No vamos a violentar a la víctima denunciando en su nombre. No vamos a vehiculizar su historia para hacerla nuestra. Tenemos un código ético muy claro. Nunca hablaremos en nombre de alguien que no nos haya autorizado a hacerlo.

Sí que hay veces que te queda esa culpa: ¿y si no insistimos lo suficiente? ¿Y si no hicimos lo necesario? Y de pronto, explotan cuatro denuncias y empiezan a aflorar víctimas de hace veinte años, de hace quince, de hace diez.

En ese momento solo puedes estar ahí, acompañar. Recordar que esto fue una tortura, y que no lo vamos a dejar pasar. Y sí, tenemos que asumir cierta responsabilidad si las víctimas no sintieron que hicimos lo necesario. No es una excusa, es una explicación. Pero desde que se denunció, ya no hay limitación posible. Esto ya no se calla. Y además, con respaldo en Europa, que es donde tenemos que anclarnos cuando a nivel autonómico nos retroceden derechos.

También hay otra violencia: la que sufren nuestras compañeras trans. Y no solo viene de la derecha y la extrema derecha. Hay sectores feministas que, creyendo que han perdido algo, replican el mismo discurso de quienes nos odian.

No se dan cuenta del daño que están haciendo. Compran el marco ideológico de la extrema derecha porque les da un altavoz. Se sientan con ellos, debaten con ellos, piensan que por darles el micro van a cambiar algo. Recuerda mucho a quienes, en los campos de concentración nazis, colaboraban con el opresor esperando un trato distinto.

Por suerte, las cosas han empezado a cambiar. Y el cambio fundamental, para mí, no ha estado ni en el colectivo LGTBI+ ni en el feminismo tradicional. Ha estado en los protocolos laborales. Porque si se aprueban, todas las empresas tienen que defender nuestros derechos, incluidos los de las mujeres trans. Es otra dimensión porque ya no es “el colectivo LGTBI+”, ya no es “la asociación de turno”. Es el movimiento sindical, es el mundo laboral. Y eso no se desmonta fácilmente.

Creo que ahí está el cambio de verdad. Un cambio inesperado, pero imparable. Las leyes autonómicas se pueden cambiar. Pero cuando un derecho entra en la negociación colectiva, cuando lo asumen las empresas y lo integran, es mucho más difícil de desmontar.

Ahí hay esperanza y aunque haya retrocesos como en Reino Unido, esto es imparable. Igual suena iluso, pero necesito esa ilusión para no hundirme. Porque creo que esto va a cambiar.

Y luego está TikTok. TikTok es una invención del diablo. Estoy muy vinculado al ámbito educativo y veo con claridad cómo se está normalizando el discurso de odio en las aulas. El profesorado está escandalizado. Porque lo que transmite Vox, y lo que el Partido Popular consiente, está calando.

Hay una paradoja. Lo positivo es que la gente joven no se calla. Pero también es peligroso, porque esa violencia ha alcanzado niveles brutales. Como el caso de las gemelas trans en Catalunya, que se tiraron por el balcón. ¿Fue un suicidio? Fue un asesinato social. Ellas dieron el último paso, sí, pero la sociedad ya había dado todos los anteriores. Las empujaron hasta ese borde.

Todo esto está siendo legitimado por discursos de odio camuflados como libertad de opinión. No todas las opiniones son válidas. No todas las opiniones son respetables. Hay que dejar de poner en el mismo plano a quienes quieren existir, y a quienes quieren que no existamos.

 

En València se han cancelado servicios como Infosex o las charlas contra la LGTBIfobia. ¿Qué impacto tienen estas decisiones sobre la juventud? ¿Qué mensaje se les está enviando?

Es el veto parental. Imaginemos una situación de acoso en el aula. Si hay un profesor o profesora que quiere intervenir, puede encontrarse sin herramientas, sin mecanismos, porque necesita permiso parental para hablar de ciertos temas. Eso es una injerencia gravísima. Es un ataque directo a la libertad de cátedra del profesorado y a los derechos de la infancia. Porque los derechos los tienen ellos y ellas, los menores, a una educación integral.

No es un derecho de las familias imponer su moral. Esto es una perversión total de la lectura del artículo 27 de la Constitución. Ese artículo dice que los poderes públicos garantizarán el derecho de las familias a que sus hijos reciban formación religiosa y moral de acuerdo a sus convicciones. Pero no dice nada de matemáticas, ni de ciencias, ni de historia, ni de educación en valores.

¿Qué pasa entonces? ¿Que si soy maltratador, puedo decir que no quiero que se hable de feminismo en clase porque no me interesa que mi hija sepa que lo que hago con su madre es un delito? ¿Si soy terraplanista, puedo impedir que se enseñe que la Tierra es redonda?

Esto nos lleva a una deriva muy peligrosa. Una donde el profesorado queda totalmente anulado, donde ya no se garantiza una educación basada en los mínimos valores de igualdad, de inclusión, de derechos humanos. Y lo peor es que todo esto se está legitimando por ley.

Con esto se consigue que el odio campe a sus anchas. Porque si el profesorado ya no puede intervenir ni contrarrestar los mensajes que vienen de las redes sociales, lo único que llega a los chavales son las asignaturas técnicas: lengua, matemáticas, inglés, valenciano… Y TikTok se encarga de los valores.

Es una estrategia clarísima para perpetuar su mensaje. No son tontos. Saben perfectamente que la educación es la herramienta que puede cambiar el mundo. Por eso, cada vez que gobiernan, lo primero que hacen es intentar controlar el contenido educativo.

Y yo solo espero que no tengamos que encontrarnos dentro de dos años lamentando un asesinato en un centro educativo. El asesinato de una chica trans en un baño. O un suicidio. Porque eso sería el triunfo absoluto del trumpismoen nuestra sociedad. Y yo creía que éramos distintos.

 

Has acusado al actual gobierno valenciano de practicar pinkwashing, aprovechándose del Orgullo como reclamo turístico sin compromiso real con los derechos del colectivo. ¿Cómo se detecta ese intento de “lavado rosa” institucional? ¿Dónde está la línea entre apoyo real y oportunismo político?

Es que no se esconden. En una reunión con el director general, nos dijo: “Este año el Orgullo lo vamos a liderar las administraciones, y formaremos comités donde los colectivos podrán opinar”. Nuestra respuesta fue clara: “El Orgullo es una manifestación de un derecho constitucional, que no requiere dinero. Adiós muy buenas, nos vamos.” Y nos fuimos.

Lo que no esperaban es que quien convoca el Orgullo en Valencia es el colectivo. 

Fue entonces cuando apareció una campaña vergonzosa llamada “Orgull de Comunitat”. La presentaron en Fitur y, no sabemos muy bien por qué, les dieron un premio en Madrid. 

Pero todo era empresariado privado y turismo. Porque para el Partido Popular lo único que importa es eso. Lo dije el año pasado y lo repito ahora: para ellos, el Orgullo es una fiesta, una despedida de soltera, muchas risas, bailar, emborracharse, pero nada que ver con los colectivos y los derechos LGTBI+.

Así es como lo detectamos. Intentaron presionarnos para que organizáramos el Orgullo conjuntamente, pero les dijimos que no. Si el empresariado quería colaborar, podía hacerlo, pero nosotros desaparecíamos. 

Mucha gente no lo sabe, pero tenemos un decálogo que tiene que cumplir el empresariado que quiera participar en el Orgullo en València. Ese decálogo incluye: promoción del valenciano, contratación de mujeres, contratación de personas trans, y que en el escenario haya equilibrio en género y diversidad. 

Tuvimos que romper totalmente con el Ayuntamiento y la Generalitat, y decirles que nos negábamos a blanquearlos. Que hicieran lo que quisieran, pero que el Orgullo no iba a tener fiesta.

 

¿Qué peligros tiene el pinkwashing para la lucha LGTBI+?

Existe un peligro fundamental: que nuestra reivindicación sea reducida a un simple evento turístico. El Orgullo es uno de los eventos más importantes de la Comunidad Valenciana. Es el Orgullo de todas, todes y todos, de los derechos humanos, de la ciudadanía entera. Sin embargo, ¿qué hacen? Montan una fiesta, una especie de espectáculo teatral.

Uno de los mayores riesgos es precisamente ese: que el Orgullo se convierta en una celebración vacía, en una excusa para hacerse publicidad, como Eurovisión —cantar, reír un rato, y al día siguiente, recortar derechos. Ese es el verdadero peligro.

Y hay otro riesgo más, que no es exclusivo de la extrema derecha: la apropiación del Orgullo por parte de los partidos políticos, especialmente cuando lo utilizan como plataforma para lucirse. En todos los partidos hay personas maravillosas —y debo decir que en la Comunitat Valenciana hay muchas—, y también hay dos partidos progresistas con capacidad real de interlocución con las administraciones. 

Ahora resulta que quieren capitalizar el Orgullo. ¿Qué pretenden exactamente? Cualquier otro partido que se considere progresista puede inventarse su propio día, pero el Orgullo es una manifestación. Y, como tal, pertenece a la ciudadanía organizada.

Permitir que un ayuntamiento —por ejemplo— sea quien lidere la organización del Orgullo puede resultar problemático. Si el ayuntamiento decide qué contenido incluir, qué decoración poner, convierte una herramienta de protesta y reivindicación en un instrumento al servicio del poder.

El Orgullo está precisamente para decirle a quien gobierna todo lo que está haciendo mal y celebrar lo que se hace bien. 

El Orgullo de Madrid, por ejemplo, se encuentra en una cuerda floja, en una situación muy delicada. Porque, al final, lo que obtiene visibilidad es lo que más dinero es capaz de atraer.

Estamos vendiendo modelos como el de Madrid, que se sostienen en un equilibrio muy precario. Pero en Barcelona existen dos manifestaciones totalmente separadas. En Valencia, tratamos de resistir. 

Nos llaman radicales. Pero me da igual, porque para mí, ser radical es decir que ninguna empresa puede participar en el Orgullo si no ha colaborado activamente con los colectivos LGTBI+ durante el año anterior. Y eso lo cumplimos a rajatabla.

Hay una norma para empresas y partidos políticos: si te acercas a nosotras en mayo, no estás colaborando, solo quieres visibilidad. Por eso, simplemente, te emplazamos a encontrarnos en septiembre.

 

Frente a todo este panorama de odio institucional, ¿qué mensaje te gustaría lanzar especialmente a quienes sienten miedo o rabia por lo que está ocurriendo?

El mensaje que yo enviaría es el mismo que me mandó una persona voluntaria en Lambda: «No estás solo.»

Así que: lo que estás viviendo es duro. No hay que restarle importancia, aunque yo ya haya pasado por ello y sepa que lo vas a superar. 

Me parece un error minimizar el sufrimiento de nuestra gente cuando se acerca en busca de apoyo. Aunque sepamos que el dolor acabará pasando, en ese momento lo que toca es validar, reconocer ese sufrimiento. No rebajarlo. No relativizarlo.

A mí me abrieron la puerta, me invitaron a pasar hasta la cocina. Me sentí en casa. Podemos ser esa familia que tal vez la persona ha perdido o ha sido rechazada por ella. Podemos ofrecer apoyo, calor humano. 

Para mí, eso es la droga a la que me agarro cada vez que pienso en tirar la toalla: tener la puerta abierta para que alguien más pueda entrar. Que no se sienta sola. Que sienta que aquí hay un lugar para él, para ella, para todes.

Y que mañana, en ese mismo calor y esa misma acogida, pueda encontrar apoyo real.

Eso es lo que significa ser colectivo. Sentirnos herederas y herederos de todas las luchas que vinieron antes. Transformar ese legado en un abrazo que haga que quien llegue quiera quedarse.

Después, cuando esa persona esté fuerte, ayudarla a formarse, a empoderarse. Para que el activismo continúe, para que el relevo esté asegurado.