“Ser trans es un orgullo. Si volviera a nacer, volvería a ser trans”

Candy Brightman, mujer trans originaria de México, ha dedicado gran parte de su vida a la defensa de los derechos de las personas trans. Desde sus primeros pasos como educadora hasta convertirse en una referente del activismo trans en Europa, Candy ha construido un camino marcado por la resistencia, la solidaridad y la búsqueda de justicia. 

A lo largo de su trayectoria, ha enfrentado estigmas, discriminación y violencia, pero también ha apostado por espacios seguros, nuevas narrativas sobre las identidades trans y la humanización del colectivo. Para Candy, ser trans es un orgullo, y su lucha se centra en demostrar que las mujeres trans son trabajadoras, luchadoras, capaces de formar familias y ejercer sus derechos, más allá de los estereotipos y la violencia estructural que enfrentan día a día.

 

¿Qué te llevó a migrar de México a Barcelona y cómo influyó ese proceso en tu vivencia como mujer trans?

Dejar tu país de origen es duro, pero para mí fue una situación importante. Vengo de México, un país que es el segundo más violento para nosotras. Migrar fue un acto de supervivencia y una manera de buscar estar mejor. Es difícil. Siempre digo que me gusta mi país y que extraño a mi familia en México, pero no al país como tal. Me doy cuenta de que viví demasiadas situaciones que no eran buenas para mí, y lo mejor que podía hacer era irme.

 

¿Cuáles son los retos que has enfrentado como mujer trans migrante?

Por una parte, está la migración y la manera en que se asume que las personas trans migrantes ejercemos el trabajo sexual. Yo siempre he trabajado en favor de las trabajadoras sexuales; mi activismo de los últimos años ha sido en apoyo de las trabajadoras sexuales que han llegado a Europa. Uno de los retos es justamente este: el estigma y la idea que se tiene de nosotras, que nos limita profundamente. Se piensa que no somos capaces, que no tenemos estudios, que no podemos expresar un discurso o que no tenemos ideas. El estigma de “ignorante, migrante y trabajadora sexual” me ha puesto en muchas situaciones complejas. Creo que es lo más difícil que me ha tocado vivir.

 

¿Cómo entraste en el activismo?

Todo empezó cuando yo inicié como educadora de calle, regalando condones, entregando tarjetitas y haciendo pruebas de detección de vih específicas en un colectivo de hombres gay —ahora ya LGTBI+—, y donde se realizaban intervenciones en espacios como discotecas. Ahí conocí a la directora de la Red Mexicana de Mujeres Trans, quien me invitó a participar haciendo lo mismo. En ese momento yo no tenía referentes trans, pero cuando empecé a hablar, cuando conocí lo que significaba ser una mujer trans, descubrí quién era yo.

Comencé a formarme con mujeres trans. Antes trabajaba en las casas de trabajo sexual, hace ya diez años. Aunque parezca que ha habido avances, hace diez años la realidad no era como ahora. Ahí fue donde empecé a formarme para hacer activismo, y así fue como me nació: la vida me llevó por ese camino. Me comprometí conmigo misma y con mis hermanas porque nos merecemos algo mejor. Creo que somos una de las poblaciones más vulneradas, y la entrada al activismo me encantó. Estuve en el primer Foro Nacional de Mujeres Trans de México y ahí empecé a convertirme en todo lo que soy.

 

Acabamos de vivir el 8M. ¿Cuál crees que es la relación entre el feminismo y el colectivo LGTBI+?

Creo que la relación es que las mayores aliadas que puede tener el colectivo son las mujeres. Las mujeres han vivido tanta vulneración y segregación por ser quienes son, por ser mujeres, que son quienes mejor nos pueden entender. Desafortunadamente, podemos encontrarnos —como en todos los espacios— con personas que no estén de acuerdo o que consideren que invadimos sus espacios. A mí me pasa como mujer trans. Como mujer, independientemente de ser cis o trans, si te pasa algo, yo seré la primera en salir a defenderte. 

 

¿Cuáles crees que son los retos que enfrentan las mujeres trans?

El problema más grande es la inserción laboral y poder quitarnos los estigmas. Seguimos siendo el colectivo más perseguido y violentado. Si ves la mayoría de los casos de la mal llamada “ideología de género”, casi siempre somos las mujeres trans a quienes se ataca. Los hombres trans están invisibilizados —y eso tampoco está bien—, pero no viven la misma vulneración. A nosotras, con el simple hecho de decir “soy una mujer”, ya se nos vulnera.

Es necesario empezar a construir una visión de nosotras que esté alejada del trabajo sexual y entender que somos diversas. Hemos sido educadas para cumplir un estereotipo o una norma de mujer, de passing, de características hormonales o físicas, para que nos reconozcan. Para que me vean como mujer, para encajar en la construcción hegemónica de lo que es ser mujer. Y es curioso, porque yo tengo una construcción hegemónica de mujer, pero porque yo la deseo, porque era lo que necesitaba para poder ser. 

Para mí es igual de válida la mujer trans que no toma hormonas o no se opera, como la que quiere hacerlo todo para construir su imagen. Pero debe ser por nosotras mismas, no porque la sociedad nos arrastre. Además, la mayoría sentimos la presión de mantener la belleza y la juventud lo mejor posible, porque como mujeres trans es peor cuando eres trans y adulta porque se vuelve mucho más complicado.

 

¿Cómo podemos hacerles frente a estos retos?

Empezando por crear espacios seguros entre nosotras, así como unión y seguridad dentro del resto del colectivo. Desde hace seis meses, el colectivo LGTBI+, o parte de él, ha intentado erradicar la “T” de las siglas, por pensar que damos mala imagen o que ocupamos espacios que no nos correspondían. Por eso es importante empezar a hacer memoria e historia: fuimos nosotras quienes siempre estuvimos al frente. En México, en mi natal Guadalajara, en la primera marcha y el primer Orgullo, eran las mujeres trans quienes encabezaban el movimiento. Cuando llegué a España, a Barcelona, la persona que aparece en el póster de la primera manifestación es Silvia Reyes, una mujer trans.

Es fundamental tener una mirada interseccional y generar solidaridad entre las mujeres trans y el resto de mujeres, pero también dentro del colectivo. No somos competencia de nadie y cada una tiene vivencias distintas. Es necesario crear una nueva narrativa de la mujer trans, empezando a verla desde su humanidad, porque siempre se nos deshumaniza. Nosotras vivimos deshumanizadas; se nos niega la identidad. Hay que construir una narrativa desde la humanización, reconociendo nuestra identidad y entendiendo que, aunque se use la expresión “nos sentimos”, en realidad no es un sentimiento: nos reconocemos dentro de todo el proceso que hemos vivido. Para nadie es sencillo, pero para nosotras es un poco más difícil.

 

Estamos ante un auge de los discursos de odio. ¿Qué consecuencias tienen estos discursos?

El aumento de la violencia es alarmante. A nivel global, entre octubre de 2024 y noviembre de 2025, cerca de 280 mujeres trans fueron asesinadas por ser trans. Los discursos de odio nos violentan y nos ponen en la mira. Somos parte de un verdadero genocidio trans, porque somos perseguidas y acosadas. Aunque los discursos de odio atacan a todo el colectivo en general, las mujeres trans somos las más perseguidas.

Cuando aparecen hombres que dicen sentirse mujeres y usan el género y la orientación como una excusa para cometer un fraude de ley, lo hacen para amedrentarnos, porque tienen miedo de reconocer que realmente existimos. Desafortunadamente, en México, solo en enero hubo tres transfemicidios en las primeras dos semanas, y más de ocho personas fueron atacadas. A todas nos ponen en la mira, pero a nosotras nos colocan en la diana principal. Esto fue lo que pasó con Rafaela Corrales o con Carla Antonelli. Esta persecución y este imaginario —que mi voz tiene que encajar o que debo hablar de mis genitales— es sorprendente; incluso nos atacan como si fuera una guerra. Ahora resulta que están a favor de nosotras y por eso defienden la guerra. Estos discursos nos colocan directamente “en la carne del cañón”.

 

¿Cómo imaginas un futuro verdaderamente seguro y digno para la comunidad trans migrante?

Vuelvo a lo mismo: necesitamos cambiar la retórica sobre nosotras, nuestra descripción y nuestras vivencias, y humanizarnos. Sobre todo, es fundamental crear conciencia de que somos seres humanos. Antes de ser mujeres trans, somos personas. “Trans” es solo una letra que se agrega porque vivimos un proceso de transición. A mí me encanta y estoy orgullosa de ser trans; siempre lo digo y siempre lo diré, no porque tenga que decirlo. Para mí, ser trans es un orgullo, y si tuviera que volver a nacer, volvería a nacer trans, porque es quien soy hoy.

Es importante empezar a vivirlo en nosotras mismas, y que lo que decidamos hacer sea por y para nosotras. Debemos demostrarle al mundo que somos mujeres que trabajamos, que luchamos, que vivimos, que tenemos capacidades, que podemos formar hogares y familias. Somos iguales que cualquier persona, aunque con características diferentes; igual que no todas las mujeres o todos los hombres son iguales. Pero entenderlo desde ahí, desde una nueva visión de nosotras, nos permite reconocernos plenamente.

 

¿Qué le dirías a una chica trans jóven que nos esté leyendo?

Que se sienta orgullosa de quién es, que crezca día a día, y que su objetivo no sea simplemente alcanzar algo, sino ser ella misma. Que se sienta cómoda con todo lo que tiene, con todo lo que le falta, o con todo lo que no quiera tener. Y que, si está dentro del activismo, forme alianzas; y si no, que se acerque. Nosotras, las activistas, no representamos a todas las mujeres trans: hacemos interlocución por ellas, hablamos por sus necesidades y por aquellas que no pueden hablar.

Pero si decidiste hacer una transición o te has reconocido, lucha por ser quien eres. No tengas miedo: no estás sola. Somos muchas y muchas estamos aquí para darnos la mano las unas a las otras.

 

Este es el portal de referentes. ¿Qué referentes has tenido tú?

Una de las mujeres que más he admirado es Marcela Comeno, de la Red Latinoamericana y del Caribe de Personas Trans, así como Carla Antonelli. Pero los mayores referentes y las luchas que más he admirado, y de las que me siento orgullosa, son las de todas las trabajadoras trans y trabajadoras sexuales que he conocido, todas. Y una en especial: mi madre trans, Fabiola Brightman. Es una mujer que nunca se ha rendido y que, a pesar de muchas adversidades, es una verdadera superviviente. En un contexto lleno de odio, resistió.