“Hay demasiadas vidas que no han sido vividas en plenitud”

José María Núñez, natural de Barcarrota, un pequeño pueblo de Extremadura con apenas 3.000 habitantes, creció con Fidel “el marica” y Luis “el mariquita” como sus únicos referentes, lo que no le ha impedido ser hoy una figura clave del activismo LGTBI+ en España. Fundador de De Par en Par, la primera entidad LGTBI+ en Extremadura, y presidente durante 24 años de Fundación Triángulo Extremadura, ha trabajado incansablemente por los derechos del colectivo y ha participado en la elaboración de la ley LGTBI+ extremeña y de la Ley LGTBI+ estatal. En la actualidad, como presidente de Fundación Triángulo Estatal, sigue desempeñando su labor con la mirada puesta en el ámbito internacional. 

 

Hace casi tres décadas creaste De par en par, la primera entidad LGTBI+ de Extremadura. ¿Cómo recuerdas aquellos inicios? 

El origen fue simplemente darse cuenta de que no existía nada. Yo era activista en la Cruz Roja local de mi pueblo y en Amnistía Internacional, por lo que tenía cierta vinculación con el activismo por los derechos humanos y, además, hacía algo que me gustaba mucho: trabajaba en la radio de mi pueblo. En un magazín que hacíamos los viernes por la tarde, dedicamos un monográfico al Año Europeo contra la Intolerancia.

Con motivo de este año, hicimos un programa en la radio y contactamos con asociaciones extremeñas de personas gitanas, migrantes… Pero no encontré ninguna LGTBI+. Tuve que recurrir a COGAM, que no sé ni cómo lo encontré, porque era de Madrid y no de Extremadura, y en aquel momento no había internet. 

Yo estaba saliendo del armario, y conecté con la idea de que no había nada y que debía de haberlo. Y nos echamos a andar. Al principio no fue fácil, había resistencias. Quienes no hagan un ejercicio de memoria o no conozcan esa época no lo entenderán, pero era otra España. Hay que hacer una inmersión en episodios de Cuéntame para entenderlo: una España que venía de una dictadura, con un gobierno moderado y pulsiones de crecimiento, pero con una realidad social en la que escuchar frases como «maricón» era algo normal. 

En Extremadura éramos invisibles, pero lo intentamos. En una revista de anuncios, “El trastero”, pusimos un aviso para intentar reunir a un grupo de personas LGTBIQ+. Aunque, en aquel entonces, con suerte hablábamos de gais y lesbianas. Nos reuníamos de vez en cuando para socializar y, un día, planteamos la idea de crear una asociación. Lo intentamos, pero solo duramos tres años porque nos enfrentamos a algo lógico del momento: aunque crecimos mucho en cuanto a actividades, la base social no nos seguía.

Quienes creamos la asociación queríamos cambiar las cosas. Queríamos que ser gay o lesbiana —la bisexualidad ni se mencionaba— fuera algo cotidiano, mejor aceptado y vivido con libertad en nuestra tierra, una tierra de la que había emigrado mucha gente por este motivo.

De hecho, cuando creamos De par en par, me planté en Barcelona para conocer cómo funcionaban las asociaciones, porque Catalunya era un referente de libertades en nuestro país. Escribí a la entonces FELGT (hoy Federación Estatal LGTBI+) para pedirles ayuda, y nos mandaron un borrador de estatutos. Lo fusionamos con nuestra visión y creamos un modelo estándar de colectivo.

Pensábamos que teníamos un enfoque más abierto que el resto de colectivos en España, como COGAM o Lambda Valencia, que estaban más dirigidos hacia la comunidad. Nosotros queríamos algo más inclusivo, orientado hacia toda la sociedad. Sin embargo, el equipo motor de De par en par chocó con la base social, que buscaba más la interacción y socialización entre iguales.

Hace 30 años no había internet, y para socializar o ligar solo existían unos pocos bares. Pero el equipo motor estaba enfocado en temas legales y de activismo. Esa disociación provocó que De par en par quedara como un grupo social.

Y ahí conectamos con Fundación Triángulo Estatal y creamos Triángulo Extremadura.

 

Y has continuado todos estos años en el activismo. ¿Cómo ha ido cambiando el propio activismo hasta 2025?

El otro día hablaba con el primer periodista que me entrevistó, Diego González, y me decía: “Cómo ha cambiado Extremadura en estos 25 años. Antes buscábamos testimonios y no había manera, y ahora me sobran”. Ese es el principal cambio que ha experimentado la sociedad. Y es que toda la sociedad se ha abierto, incluida Extremadura.

El cambio principal ha sido el empoderamiento ciudadano. Creo que se ha ido creando una nueva confluencia, y me parece relevante destacarlo: en Extremadura hemos tenido un cómplice muy importante para el avance logrado. El activismo ha sido muy fuerte y estable, y eso ha sido crucial. Tener un activismo estable durante muchos años marca la diferencia. Cuando vas a una comunidad autónoma donde una organización ha cambiado de dirección siete veces en 20 años, el impacto es menor que en un lugar donde solo ha habido dos equipos. No defiendo que no haya cambios, pero sí que el proyecto sea estable, como Triángulo o la FELGTBI+. Esto genera una gran capacidad para lanzar mensajes a la ciudadanía porque se identifica a estas organizaciones como referentes, lo que les da fuerza frente al poder político.

En Extremadura, hemos tenido políticos cómplices, y hay una figura que merece ser reconocida: Guillermo Fernández Vara, quien fue presidente durante 12 años. Fue nuestro primer cómplice. Para las políticas LGTBI+ en Extremadura, Fernández Vara ha sido como Zapatero para el matrimonio igualitario. Su compromiso va mucho más allá de lo que esperas de un político que simplemente te dice que sí.

Es justo reconocer que, cuando hemos tenido aliados políticos, hemos avanzado mucho más. Por ejemplo, si el Congreso del PSOE que ganó Zapatero lo hubiera ganado José Bono, la historia LGTBI+ de este país habría sido muy diferente. Las personas que dirigen las estructuras son importantes. No es lo mismo que el PSC esté liderado por alguien que cree en la igualdad que por alguien a quien el tema le da igual, por mucho que Barcelona sea un referente.

Guillermo Fernández Vara fue una pieza clave. No reconocerlo sería escribir la historia de Extremadura de manera injusta. Si no se hubiera dado la confluencia entre el ámbito político y el activismo sólido que teníamos, no habríamos pasado de ser la última comunidad autónoma en crear una entidad LGTBI+ a la situación actual. También ha sido crucial el apoyo institucional, que debemos reconocer no solo para agradecer a las personas que nos han apoyado, sino para comprender que, en los lugares donde no se avanza tanto, no es porque nuestros compañeros y compañeras no sean buenos activistas.

En Castilla y León o Castilla-La Mancha, por ejemplo, los derechos LGTBI+ son un páramo. Esto no significa que el activismo sea malo, sino que enfrentan un terreno político hostil, un desierto, que dificulta mucho avanzar en derechos. También hay ejemplos positivos, como Canarias, que es una de las cinco comunidades autónomas con más derechos, y ha tenido etapas con gobiernos conservadores moderados que no han ido en contra de los derechos conseguidos.

Quienes sólo ven desde la militancia política pueden tener dificultades para reconocerlo, pero quienes somos activistas debemos trabajar y luchar siempre, independientemente de quién gobierne. El riesgo es que el momento dulce que estamos viviendo, aunque siempre mejorable, se complique en el futuro si llega un PP como el de Ayuso o Cospedal, que claramente representaría una involución. Sin embargo, si llega un Feijóo más moderado, como el de Galicia, sería distinto: pelearemos para avanzar, aunque probablemente avanzaremos menos que con este gobierno.

 

Naciste y te criaste en Barcarrota, un pueblo de Badajoz. Y en una entrevista comentabas que hace 20 años las personas del colectivo éramos invisibles en ciudades pequeñas y que no se rechazaba por que no se veía. ¿Cuáles son los desafíos de las zonas rurales?

Cuando piensas en Extremadura, todo el mundo piensa en el mundo rural. Yo vivo en Badajoz, pero soy de un pueblo de 3.000 habitantes. Para mí, es muy distinto nacer y crecer en un lugar donde los referentes eran Fidel, “el marica”, y Luis, “el mariquita”. Había otros casos que no se verbalizaban, como amigas que vivían juntas. Una de ellas dejó a su marido y se fue a vivir con la vecina de al lado. Nadie lo decía abiertamente, pero todo el mundo sabía lo que pasaba: eran “tan” amigas que preferían estar juntas.

Cuando esos son tus referentes, y luego vas a la ciudad y ves cierto desarrollo, notas el contraste. Aunque Badajoz, Cáceres y Mérida son ciudades para quienes vivimos en ellas, desde la perspectiva de Madrid o Barcelona parecen pueblos, tanto por su tamaño como por su lógica de vida. Extremadura tiene una población muy distribuida. Un 75% de los habitantes hemos nacido en pueblos pequeños, de entre 500 y 10.000 habitantes, lo que marca una identidad muy particular.

Hace 30 años, la diferencia era abismal. Comparar nuestra región de entonces con la Extremadura de hoy es como comparar España con un país empobrecido actual, como Marruecos o Nigeria. ¿Por qué hago esta comparación? La gran diferencia está en la visibilidad que tenemos hoy. Antes, mi única ventana al mundo era el cine, la televisión, la prensa o las historias que me contaban, y toda esa información era muy centralizada. 

Hoy, con internet y las redes sociales, todo eso se ha diversificado. Es cierto que tiene mucho de negativo, como los bulos y el uso que hace de ellas el poder conservador, especialmente con las políticas de plataformas como Meta o Amazon que estamos viendo. Pero también han abierto vías de acceso a contenidos antes impensables: libros, películas, series y documentales que muestran que ser LGTBI+ no solo es posible, sino que no tiene nada de malo y se puede vivir en libertad.

Ver que hay otros mundos, otras vidas y otros amores posibles es revelador. Esto también tiene que ver con lo que llamamos emigración sentimental o “sexilio”. Muchos extremeños hemos pasado por ello. Una obra de teatro muy conocida allí, Perfume de mimosas, contó la historia de un extremeño que tuvo que emigrar a Alemania para poder vivir como gay. Algo similar ocurrió con la gente de mi pueblo que se fue a Madrid, Barcelona o Mallorca. Cuando mi familia supo que yo era gay, me ofrecieron irme a Barcelona. Si hubiera aceptado, mi vida habría sido distinta, más fácil a nivel personal, pero probablemente no habría desarrollado mi activismo en mi tierra.

Hoy en día, gracias a las redes sociales, es más fácil encontrar personas con situaciones similares y sentirse empoderado, incluso en los pueblos. La sociedad está cambiando. Cuando ves a Marc Giró en la televisión pública, habrá a quien le genere hostilidad, pero también inspira a mucha gente, no solo LGTBI+, al mostrar una sociedad más diversa donde todos cabemos libremente.

¿Cómo conecta esto con la ruralidad? Ha cambiado nuestra realidad. Como instituciones, intentamos llegar a todos los rincones, pero los recursos del activismo LGTBI+ son limitados. El error de las instituciones es no acompañarnos más presupuestariamente. La sociedad siempre tiene una pulsión a favor y otra en contra de los derechos, y es fundamental reforzar el lado positivo desde el activismo.

Trabajar en el ámbito rural es clave. Es cierto que en los pueblos es más difícil encontrar referentes e iguales, pero también ha mejorado la acogida. Cuando encajas en un pueblo, es más fácil que te escuchen y acepten la diferencia. Recuerdo cuando presentamos De par en par en los medios. Hubo una respuesta social muy positiva, aunque también conatos hostiles. Por ejemplo, alguien fotocopió la entrevista para repartirla, pero no supe si lo hizo para difundirla o denunciarla. Sin embargo, el calor y el apoyo que recibimos fueron mucho mayores.

Esto también demuestra algo que muchos hemos vivido al salir del armario: la expectativa de hostilidad suele ser mayor de lo que realmente ocurre, y en muchos casos, la respuesta es positiva. En los pueblos, una pareja visible que vive su día a día de forma cotidiana genera un gran cambio. El matrimonio igualitario y el empoderamiento social han transformado la percepción sobre nosotras como colectivo.

 

Y a nivel estatal, durante todos los años que llevas en el activismo has visto aprobar leyes importantes y dar pasos al frente en materia de diversidad e igualdad LGTBI+. Hace dos años se aprobaba la Ley LGTBI. ¿Cómo fue ese proceso de negociación de la ley en el que participasteis  Fundación Triángulo y Chrysallis junto a la Federación Estatal LGTBI+?

Hubo un café que fue el origen de todo con Uge Sangil, la antigua presidenta de FELGTBI+. Fruto de amistades comunes y conversaciones durante una noche de bar, nos llevó a coincidir en una idea: la iglesia católica estuvo en contra del matrimonio igualitario y pudimos ir contra ellos porque huelen a naftalina, y la ultraderecha también, pero la sociedad española no está con ellos. 

Pero el problema no era la ultraderecha, no era Vox, el problema era el feminismo transexcluyente. 

Recuerdo que le pedí a Uge que habláramos, y encontré el mismo espíritu de colaboración. Desde el respeto mutuo, entendiendo cuál era el espacio de cada uno, supimos que lo importante era ser generosos. FELGTBI+ era el timón, la organización más grande del país, pero lo inteligente era liderar desde el respeto y la unión. 

Las tres organizaciones (FELGTBI+, Triángulo y Chrysallis) supimos ver que, respetándonos mutuamente, éramos mucho más fuertes. Esa unión nos dio una fuerza enorme. A lo largo del tiempo, han habido múltiples intentos de rompernos, tanto desde el poder político (no solo Carmen Calvo, aunque ella fue muy insistente) como desde otros lados del gobierno.

Afortunadamente, tuvimos claro que el bienestar colectivo era lo prioritario. Uge nos invitó a participar en la redacción, permitiéndonos aportar lo que pudiéramos.

Lo fundamental era que la ley saliera adelante al máximo posible, no que las estructuras de nuestras organizaciones estuvieran en primer plano. Las críticas sobre lo que quedó fuera de la ley (como mejoras para migrantes, personas no binarias y menores trans) eran legítimas, pero ya había sido un gran logro llegar tan lejos. Mira lo que pasó en Inglaterra: la ley decayó. Enfrentábamos fuerzas que querían que lo mismo ocurriera aquí, y priorizar el bienestar colectivo fue lo que nos permitió ganar.

Esto requirió mucha generosidad por parte de quienes formamos parte de los organismos y dirigimos entidades. Cuando alguien pone por delante su interés personal o el de su organización, corre el riesgo de tomar decisiones que no son las mejores para el colectivo. Saber priorizar el bienestar colectivo es lo que marca la diferencia.

Es lo mismo que pasó cuando, a pesar de mi militancia política, tuve que defender la ley LGTBI extremeña con un gobierno interlocutor dirigido por el PP. Lo hice frente a mi propio partido político, porque entendía que había algo más importante: el activismo y lo mejor para el colectivo.

 

Ya han pasado 20 años desde la aprobación de la ley del matrimonio, y hemos pasado del mensaje de “love is love” a poner el foco en la importancia del ser. ¿Cuál es la diferencia? 

La última campaña del Orgullo en Extremadura, la primera bajo un gobierno conservador, no pude más que valorarla positivamente y agradecer el lema, que era  “Más allá de amar, lo importante es poder ser”.  Capta una verdad esencial: hemos reivindicado durante años el derecho a amar, pero eso, a veces, nos ha llevado a cometer errores. No importa si tienes o no pareja; lo crucial es quién eres y cómo decides vivir. Lo importante es no dejar de vivir, porque mucha gente lo ha hecho. Hay quien sale del armario a los 60 o que recién jubilado te identificas como una persona trans y no vas a iniciar una transición… Hay demasiadas vidas que no han sido vividas en plenitud. 

En Fundación Triángulo hacemos mucha cooperación internacional, y en Colombia nos han enseñado el concepto “vivir sabroso”, que es vivir disfrutando, y eso debería poder ser en todos los planos. Defender únicamente el amor deja fuera muchas otras formas de existencia legítima, como el sexo, la sexualidad y el ser. Somos seres completos, con sentimientos, cuerpos y vidas complejas y diversas. Sin embargo, defender esta realidad social y políticamente no siempre es fácil. Es más fácil defender una pareja de hombres gais con chaqueta y corbata que una pareja de personas no binarias, si una se maquilla y la otra lleva corbata. Lo que molesta es romper el estándar tradicional. 

Las campañas que ponen la importancia en el amor, y que hemos hecho, están bien para entrar. Funcionó en su momento para generar aceptación, pero hoy día estas representaciones resultan insuficientes y excluyentes. Hemos dejado fuera, aunque no de forma intencionada, muchas identidades y realidades.

En el activismo de las últimas décadas, hemos evolucionado. Hace 30 años, términos como bisexualidad o intersexualidad eran desconocidos para muchas personas. Hoy, entendemos que debemos poner estos temas en el centro de nuestras luchas. Es fundamental ser generosos al evaluar nuestro camino, pero también firmes al defender lo que es correcto: el derecho a ser, en toda su diversidad y complejidad.

 

¿Cómo se puede defender?

La lucha no es fácil. Vivimos en un momento en que las fuerzas antiderechos están bien organizadas y financiadas a nivel internacional. En España, estas fuerzas se encarnan en grupos como Hazte Oír y Vox, que actúan en coordinación con movimientos globales. La creciente influencia de estos grupos no es anecdótica: ya estamos viendo retrocesos en derechos fundamentales, y esto solo empeorará si no actuamos unidos.

No podemos subestimar el impacto de estos movimientos. Recientemente, un chico de Camboya me decía que sentía menos miedo de agresiones allí, donde no hay derechos reconocidos, que aquí en España. Esto me sorprendió, pero tiene sentido. En los años 70 en España, aunque los derechos eran prácticamente inexistentes, las agresiones visibles eran menos frecuentes o trascendían menos. Hoy, a pesar de los avances en libertad, el auge de la ultraderecha y su alianza con el poder económico están fomentando un clima de mayor violencia y hostilidad. Pero la visibilidad debe seguir siendo el camino.

La única forma de enfrentar esta involución es uniendo fuerzas a nivel nacional e internacional. No podemos permitirnos divisiones en el activismo. Esto requiere generosidad y visión estratégica por parte de las grandes organizaciones hacia las más pequeñas. En Triángulo, entendemos que el bienestar colectivo y la unidad son imprescindibles. La amenaza que enfrentamos no es local, sino global, con conexiones claras entre los movimientos antiderechos en diferentes países.

Además, es crucial mantener viva la memoria histórica. Este país fue más libre antes de la dictadura, y hemos olvidado muchas de esas lecciones. La memoria nos ayuda a entender que los derechos no están garantizados y que las libertades pueden desaparecer si no las defendemos. La lucha por el derecho a ser debe incluir siempre una mirada hacia el pasado para evitar repetir errores.

Hoy más que nunca, necesitamos actuar con firmeza, generosidad y visión global para proteger y ampliar los derechos de todas las personas, defendiendo una sociedad donde podamos ser plenamente libres y auténticos.

 

Siguiendo la línea internacional, Fundación Triángulo acaba de asumir la copresidencia de la Equal Rights Coalition. ¿Qué desafíos se abren en este ámbito?

Es algo enorme, un verdadero privilegio. Lo hemos trabajado mucho y, aunque nos queda camino, lo hemos logrado. Lo llevaremos adelante con la presidenta de FELGTBI+, Paula Iglesias, y su vocal de Relaciones Exteriores, Óscar Rodríguez, porque esto es un reto mayúsculo. Cuanto más conoces del organismo, más grande se percibe el desafío. La clave está en que la Equal Rights Coalition (ERC) es un organismo poco conocido; incluso activistas muy reconocidos ignoran su existencia. Esto no es solo responsabilidad del activismo: debemos difundir y consolidar este organismo.

La ERC es un grupo de 45 países de las Naciones Unidas que trabajan por la diversidad LGTBI+ en el mundo. Es importante tener claro que la ERC es una organización de gobiernos, y por tanto no podemos exigirle un decálogo activista. Su acción es necesariamente más sutil y suave. Sin embargo, hay líneas rojas que no podemos negociar: los derechos humanos. No se trata de imponer un modelo único, como el matrimonio igualitario, ya que las culturas familiares y formas de relación varían enormemente en el mundo.

Por ejemplo, en América Latina, el modelo tradicional de matrimonio no es lo común, y las familias reconstruidas son mayoría. Pero lo que sí debe ser innegociable es que todas las personas tengan derecho a vivir con libertad y dignidad, independientemente del contexto cultural.

El reto principal de la ERC es consolidar el organismo y avanzar en la despenalización de las realidades LGTBI+ en los países donde aún somos ilegales, que representan una tercera parte del planeta. Aunque parezca una proporción menor, si consideramos el número de habitantes, hablamos de la mitad de la población mundial.

Por supuesto, esto no es sencillo. En una reciente cumbre antiaborto en Madrid, participaron parlamentarios que defendían con convicción y tranquilidad posturas que para ellos eran «buenas», pero que nos consideran a nosotros una aberración. Y eso para ellos es lo normal. Desde el esfuerzo de entender esa realidad, debemos actuar para promover cambiarla. 

 

Y a nivel estatal, ¿cuáles son los siguientes retos del colectivo?

Respecto a las instituciones, somos débiles como movimiento social. Nuestra fortaleza radica en que la sociedad está de nuestro lado. Defendemos algo que la sociedad española acepta, asume y vive en su día a día. De hecho, en las últimas elecciones fuimos clave, junto al feminismo, para evitar que hoy tuviéramos un gobierno en el que Santiago Abascal fuera ministro del Interior.

Sin embargo, estructuralmente, somos muy débiles. FELGTBI+ es una organización potente que realiza un trabajo excepcional, y Triángulo lo intenta también, pero al analizar la situación en detalle, vemos que hay comunidades autónomas gobernadas por gobiernos progresistas donde la financiación es irrisoria. Por ejemplo, en Castilla-La Mancha, la máxima financiación para una organización LGTBI+ es de 7.000 euros al año, lo cual es un escándalo para una institución que se define como progresista.

En Castilla y León ocurre algo similar, aunque ahí lo explica un PP muy conservador. Si hacemos un repaso de cómo funcionan nuestras organizaciones, queda claro que, en muchos territorios, somos muy débiles. Somos parte de la defensa del Estado del bienestar, y es fundamental que nuestras estructuras estén reforzadas frente a la amenaza de la involución.

Podemos intentar luchar por recursos privados, pero es muy difícil en nuestro modelo social. En Estados Unidos, por ejemplo, cualquier organismo de sociedad civil tiene más recursos porque su modelo social depende menos del Estado del bienestar y más de la contribución propia.

No estamos pidiendo que se financie el activismo directamente, pero estas estructuras deberían estar más acompañadas desde las instituciones y gestionadas desde una lógica sólida.

A pesar de todo, hemos resuelto parte de estas limitaciones gracias al compromiso del activismo LGTBI+ en España, que es de primer nivel. Si comparas, te das cuenta de que el perfil de nuestro activismo es realmente potente en muchos casos. Sin embargo, es fundamental cuidar el activismo colectivo porque estamos en un momento complicado. Es muy fácil ser activista desde un móvil o desde casa, opinando sobre cómo deberían ser las cosas. Lo difícil es construir un proyecto colectivo.

 

Cuando te escribimos para proponerte la entrevista de Referentes, nos comentaste que te daba reparo que te consideraran referente. Pero, ¿qué es para ti un referente LGTBI+? 

Los referentes son fundamentales para tener una base sólida en la que apoyarte y crecer. Creo que lo que necesitamos son referentes que proyecten la posibilidad de vivir como personas LGTBIQ+ con autonomía, libertad, plenitud, disfrute y tranquilidad, pero desde la cotidianidad.

Nunca he sido defensor de los referentes únicos o líderes absolutos. Para mí, la pluralidad es algo que nos da mucha riqueza como sociedad, aunque también conlleva cierta complejidad. Si nos centramos demasiado en que solo haya una persona como referente, nos reducimos a nosotros mismos. Hay personas que han construido la idea de ser referente, pero me gusta más la gente que, al profundizar en su trayectoria, ves que se ha convertido en referente gracias a su trabajo y que no se considera imprescindible.

Es algo complejo de gestionar, porque cuando llevas mucho tiempo haciendo algo, es fácil caer en la idea de que todo desaparecerá si tú te vas. Pero lo maravilloso es comprobar que el proyecto te sobrevive. Lo digo desde la humildad de haber vivido experiencias similares. Es maravilloso ver cómo algo en lo que has puesto esfuerzo crece y cuenta con otras personas que lo hacen grande. Eso es lo más bonito: actuar con generosidad, desde la humildad.

Es importante que haya muchos referentes, que sean diversos, con formas de ser y pensar diferentes. Eso genera complejidad, sí, pero también refleja quiénes somos como colectivo. Es complicado manejar una sociedad diversa, pero la alternativa sería reducirnos y limitar el reconocimiento de nuestra pluralidad.

Solo desde la humildad podremos avanzar. También tengo claro que es fundamental que consensuemos un liderazgo social desde los organismos, las administraciones y las instituciones. Las instituciones son necesarias, los referentes también, pero nos encaminamos hacia un mundo con muchos referentes, donde es probable que haya discrepancias entre ellos, y eso está bien.

 

¿Quién han sido tus referentes?

Si solo pudiera decir uno, Miguel Ángel Sánchez, por ser ejemplo de generosidad y priorizar lo colectivo.