Jan Gómez es una persona joven no binaria de Mallorca. Aunque comenzó a estudiar Trabajo Social y el Máster de políticas de igualdad y violencia de género, actualmente se dedica al ámbito agrícola y ganadero. Desde hace un año y medio es vocal de formación, pero inició su actividad en el activismo hace 12 años en Ben Amics.
El 12 de agosto se celebra el día de la juventud y, evidentemente, no hay una respuesta única de qué significa ser joven. Pero, ¿qué implica para ti?
Para mí, ser joven implica una identidad política y una identidad de opresión por una cuestión fundamental: al final, es una característica que te marca no tanto en un sentido individual, porque sabemos que somos jóvenas o mayoras en corazón y esencia. Pero sí que marca en un sentido del contexto social, económico y de la realidad que vivimos hoy en día las personas jóvenes, en un marco temporal e histórico que, además, nos complejiza bastante la vida. Siempre he reivindicado la juventud desde ese sentido identitario, al igual que el concepto LGTBI+ como un espacio de lucha y reivindicación.
¿Cómo crees que ha cambiado la concepción de la vida que tenemos las personas jóvenes respecto a generaciones más mayores?
Creo que hay saltos generacionales, incluso dentro de la juventud. Yo comencé en Ben Amics cuando tenía 16 años, y tengo 28, y ya noto diferencias generacionales respecto a personas LGTBI+ más jóvenes o a generaciones posteriores a la mía. Estas diferencias se manifiestan en referentes, pensamientos, conceptualización de la lucha e incluso en las formas de activismo. No es tanto una cuestión de ser mayoras o jóvenas, sino una cuestión generacional. Al acercarme más a los 30 que a los 20, noto un salto con respecto a activistas de 20 años y también un salto con las que están en el instituto y batallan desde otros lugares completamente diferentes y tienen una percepción distinta de la transformación social.
Está claro que hay un antes y un después, y es haber crecido y madurado en un estado de derecho. Yo nací en 1995, y en 2005, cuando se aprobó el matrimonio igualitario y la plena igualdad legal, tenía 10 años. Creo que esa es una cuestión que nos ha marcado a quienes nacimos en los 90 en adelante, porque hemos crecido en un estado de derecho fundamental y básico. A partir de ahí, esto nos ha permitido pensar hacia dónde queremos ir, no solo enfocándonos en la supervivencia.
¿Y hacia dónde queremos ir? ¿Cuáles son los principales desafíos y preocupaciones de las personas jóvenes?
Creo que el principal desafío al que nos enfrentamos es la extrema derecha. No es un desafío nuevo, pero necesitamos encontrar la estrategia y las herramientas para romper la espiral cíclica del discurso de odio: generar enfrentamiento con los diferentes para crear enemigos ante una situación de crisis económica y social. Ese comportamiento tan humano de señalar al diferente es uno de los retos presentes y futuros que tenemos las generaciones jóvenes como problemática principal. Nos enfrentaremos a este desafío tanto a nivel institucional como social, porque no hablamos solo del Parlamento Europeo, sino de nuestras vidas y de nuestra cotidianidad diaria.
¿Cómo se puede hacer frente a los discursos de odio?
Qué bonito sería tener una varita mágica. Creo que, al final, hacer frente a los desafíos implica hacer activismo, y me parece fundamental la organización. Antes hablábamos de los retos, y otro reto es enfrentarnos al capitalismo y, en particular, al concepto de individualidad. Creo que nos estamos dejando llevar o engañar por un concepto de las necesidades individuales que cada vez tiene más arraigo en nuestra sociedad. Esto va en detrimento de cualquier defensa de derechos y de la colectividad. Porque al final, cuanto mayor sea la colectividad, más fácil será reivindicar y conseguir derechos, o defender los que ya tenemos y que no caigan. Creo que es una de las cuestiones en las que debemos empezar a trabajar, especialmente las nuevas generaciones, que a veces ya nos cuesta levantar el teléfono para comunicarnos y preferimos hacerlo por WhatsApp.
¿Y en qué se diferencian las nuevas formas de activismo a las tuyas y las de generaciones más mayores?
Cuando entré en FELGTBI+ por 2013-14, luchábamos por incorporar las redes sociales en la Federación. Ahora me siento un poco atrás. No tengo TikTok e Instagram me queda grande. Pero no se trata solo de las redes que uses o dejes de usar, sino de cómo eso marca tu paradigma. Al final, Instagram tiene una implicación en cómo analizas la información a través de fotos en lugar de textos largos como en Facebook, marca la forma en que te relacionas, cómo haces activismo y cómo entendemos ese activismo. Hemos pasado a una forma de reivindicación más visual, en lugar de leer a grandes autoras o pasar horas respondiendo comentarios.
Creo que marca una manera diferente de hacer activismo, muy conectados en la red, gracias a la internacionalización del activismo, ya que la información puede llegar a todas partes. Pero sabemos que esto también es un arma de doble filo, especialmente por los discursos de odio y la desinformación a través de las redes sociales. Todo el mundo tiene acceso a la información, pero ¿quién verifica la veracidad de esa información? ¿Qué herramientas tenemos como jóvenes para discernir si esa información es veraz o no?
A parte de ser joven, eres una persona no binaria. ¿Qué significa el no binarismo para ti?
Para mí, el no binarismo, en términos generales, significa salir de esos dos cajones cerrados y opresivos que son las categorías de hombre y mujer. No por menospreciar ambas categorías, sino por crear un imaginario paraguas en el que esas dos categorías no sean cajones estancos, sino que sean continuos. En uno de esos talleres de “adoctrinamiento” que realizamos , me plantearon la pregunta de qué es lo que me hacía ser un hombre. Al no saber responder, desde ese momento me considero una persona no binaria.
¿Cuáles han sido las reacciones que has encontrado cuando te has visibilizado como persona no binaria?
Es un tema complejo. Es cierto que tengo el privilegio de ser percibido socialmente como un hombre, y por lo tanto, se me es leída de esa manera. Sin embargo, esto a menudo implica un no reconocimiento de mi identidad y un error en el género con el que se dirigen hacia mí, entre otras cuestiones. Pero también es verdad que, a nivel social, no tengo excesivas consecuencias, puesto que, si no me visibilizo como una persona no binaria, es difícil que alguien entienda que formo parte del paraguas trans.
En este sentido, ¿cómo crees que la sociedad en general percibe a las personas no binarias?
Creo que fuera de Madrid y Barcelona, donde estáis en otra onda, la realidad no binaria aún no ha llegado a la sociedad ni a muchos territorios. En Mallorca no se oye hablar de personas no binarias, a menos que estés en Ben Amics o que salga en un programa de televisión en prime time la chica del santuario de las gallinas que decía que los gallos violan a las gallinas. La realidad que se visibiliza de las personas no binarias es en momentos jocosos o de chistes, pero es cuando tiene repercusión en los medios de comunicación.
En el día a día, y particularmente en mi realidad, como persona no binaria, de clase obrera, que vive en una zona rural y que además se dedica al campo y a la ganadería, esta es una de mis menores problemáticas. El reto para mí es encontrar acceso al mercado laboral en el ámbito agrícola y ganadero, que resulta imposible. Además, el acceso a la vivienda en un territorio especialmente tensionado como las Islas Baleares, que somos el 17 distrito de Alemania. Por lo tanto, las problemáticas que enfrentamos como personas LGTBI+ van mucho más allá de la visibilidad o aceptación de nuestra identidad.
¿Y cuáles son los retos que afronta el activismo no binario?
Creo que la visibilidad es fundamental, pero la visibilidad por visibilidad no creo que sea una buena estrategia. Debe ser una visibilidad estratégica, que nos conduzca a algo y esté basada en la sensibilización y la pedagogía. Al final, si mi abuela, la única vez que ha oído hablar de las personas no binarias ha sido al ver el vídeo del santuario de las gallinas, no lo entiende. La sensibilización y la pedagogía han sido las herramientas y capacidades fuertes que hemos tenido como movimiento, pero tenemos que seguir trabajando y hacer accesible lo que queremos en la sociedad, porque si no se nos entiende, se nos discrimina.
Ahora que hablas de la discriminación y de la pedagogía, ¿cuáles son los retos que afrontamos en el ámbito de la educación?
A nivel educativo, enfrentamos varios retos. Entre el alumnado, es un problema histórico y debemos trabajar en la prevención y el combate del acoso hacia el alumnado LGTBI+. Sin embargo, me gustaría destacar la situación del profesorado LGTBI+, que a menudo es olvidada. Es crucial entender el señalamiento que vive mucha parte del profesorado LGTBI+, especialmente en territorios periféricos, donde a veces se les acusa incluso de pederastia por incluir la diversidad en los contenidos curriculares. Esto va en contra de la normativa tanto estatal como autonómica, que establece la inclusión de la diversidad en el currículo.
Por lo tanto, es dar cumplimiento a la ley. Pero ya que no se hace estructuralmente, al menos que se respete la voluntad de las personas docentes que desean actuar como aliadas. Creo que esta realidad, muy ignorada, genera mucha indefensión y resulta en una situación de marginación en los puestos de trabajo. Por lo tanto, debemos abordar este problema de manera imperante.
Además, el profesorado visible puede convertirse en referente de parte del alumnado. ¿Cuáles han sido tus referentes?
Es verdad que hablar de referentes es complicado. Para mí, no es una cuestión estática, y no me gusta totemizar a las personas, porque al final generamos deidades. Tengo referentes muy cercanas que han sido cruciales para mí. Por ejemplo, Cristina Álvarez, quien ahora es la coordinadora de políticas lésbicas de FELGTBI+ y, cuando yo empecé, era la presidenta de Ben Amics. Ella me ayudó a comprender y analizar temas importantes, y me encargó mis primeras lecturas feministas. También Virgie Vallejo, que era la técnica en aquel momento y fue una figura importante.
Estas personas han sido referentes para mí, especialmente porque no tuve mucha visibilidad de activistas LGTBI+ en mi infancia o adolescencia. Tuve familiares LGTBI+, pero de manera muy discreta, lo que me generaba la sensación de no saber si estaba bien o mal.
Ahora me encuentro en una crisis de referentes porque me desempeño mucho en el ámbito rural, donde es difícil encontrar personas jóvenes que trabajen y vivan en estas zonas.
Si hubiera una persona joven que esté en una situación parecida y que está leyendo la entrevista, ¿qué le dirías?
Le diría que se arme de fuerza, pero que no levante muros. Me parece una cuestión fundamental. El mundo exterior es muy difícil, pero que no genere fronteras con el exterior. Es importante seguir luchando, pero desde la cercanía, la empatía, el acercamiento, la colectividad y los cuidados.
Y por último, ¿qué le dirías a una persona activista más mayor?
A una persona mayor, especialmente si es activista LGTBI+, lo primero que haría sería darle las gracias por todo lo conseguido. Es fundamental reconocer el trabajo y el esfuerzo de quienes han estado antes que nosotras y de quienes siguen luchando hoy en día. Después, podemos entrar en discrepancias sobre diferentes formas, paradigmas y maneras de luchar, pero el agradecimiento siempre debe estar presente.
Luego, le pediría apertura. Creo que es el punto de equilibrio. Yo me lo noto, en mi caso llevo desde 2012 en el activismo y cuando llego a una jornada joven me quedo con los ojos como platos. Nace un primer sentimiento de rechazo, de decir “esto no es lo que hemos hecho estos 12 años”. Pero ese es el momento de parar, reflexionar y estar abiertas a estas nuevas lógicas, independientemente de si las compartimos o no. De lo contrario, corremos el riesgo de convertirnos en losas de ese muro que le decía a la persona joven que no construyera.