“Para una persona, lo más importante es ser quien es. Pero a las personas LGTBI+ con discapacidad se nos niega esa posibilidad”

Ángeles Blanco, es abogada y activista por los derechos de las mujeres lesbianas con discapacidad. A los 23 años, sufrió un delito de odio que marcó un antes y un después en su trayectoria, convirtiéndose en una firme defensora de la visibilidad y los derechos de las personas LGTBI+. Desde hace dos meses,  vocal de delitos de odio de la Federación Estatal LGTBI+. En 2023, su dedicación y compromiso fueron reconocidos con el Premio Pluma, un galardón que resalta su lucha y contribución al activismo LGTBI+. 

 

Eres abogada con visión interseccional. Para quien no sepa qué es, ¿qué significa?

Significa tener una visión integral, no solo de ser LGTBI+,  sino que también considere otras realidades que muchas veces afectan a estas personas, como tener una discapacidad, encontrarse en una situación de precariedad, ser mujer o ser migrante. Todas estas circunstancias, que actúan como ejes de opresión, colocan a las personas en posiciones diferentes.

No es lo mismo ser lesbiana y ya está, que ser lesbiana y tener una discapacidad, ser lesbiana y ser migrante, o ser lesbiana y trabajar de forma precaria. A la hora de abordar cualquier situación jurídica que pueda presentarse, es imprescindible considerar la globalidad de la persona. Sin embargo, es evidente que la posición de partida de cada una será distinta.

 

Comentas que tienes una “firme vocación de justicia”. ¿De dónde nace?

Entre lo que soy, lo que me ha pasado en la vida y lo que hago, existe una relación directa. Me dedico a lo que hago porque, al darme cuenta de que las cosas no estaban bien, quise transformar mi trabajo en un activismo cotidiano. Tengo un fuerte sentido de justicia y el deseo de que, aunque lo que me ocurrió a mí quizá no pueda resolverse, otras personas puedan tener una experiencia diferente.

 

Hablábamos de interseccionalidad. ¿Cómo ha convivido en ti la intersección de ser mujer, lesbiana y tener discapacidad? 

¡Tengo más intersecciones! Soy mujer, lesbiana, tengo discapacidad, altas capacidades y soy católica. Visibilizar las etiquetas me parecen útiles porque es la forma de deconstruirlas. Integrar todo esto ha sido complejo, porque hay etiquetas que a veces parecen incompatibles. Por ejemplo, ser lesbiana y católica es complicado, ya que estar dentro del catolicismo suele ser muy duro para las personas homosexuales. Esto retrasó mi salida del armario porque vengo de un entorno tradicional muy vinculado a la Iglesia. Cuando finalmente lo expresé, tras hacer el Camino de Santiago, me plantearon una excomunión, lo que me llevó a una crisis vital. 

He convivido con depresión desde los 15 años, aunque no la reconocí por el estigma de la salud mental. Más tarde, a los 27, se reconoció una discapacidad física. En realidad, la discapacidad no es más que cuando lo haces desde un lugar en el que tus limitaciones no te permiten avanzar porque el entorno no está preparado. Quiero decir, mi discapacidad no importa si yo encuentro una rampa para entrar a un edificio. Lo mismo pasa con la discapacidad mental: si entendemos que hay otras formas de comportarse, esa situación puede dejar de ser difícil. 

El estigma de la salud mental pesa tanto que, cuando pido el reconocimiento por discapacidad física y sensorial, no quería que incluyeran mi historial psicológico porque pensaba que no iba a encontrar trabajo por tener una enfermedad mental. 

Conjugar todo esto con ser lesbiana es complicado. Cuando reconozco mi discapacidad, paso a ser virgen socialmente. Se nos percibe como niñas eternas que hay que tuterlarnos y no sabemos desenvolvernos. Y en aplicaciones de ligue, algunos casos rozan la violencia porque hay mucho fetichismo. 

Además, ser mujer con discapacidad a menudo implica no cumplir con los roles tradicionales de género, como el reproductivo y de cuidados, y eso también nos complica los procesos de adopción porque hay una visión muy capacitista de los cuidados.  

 

A raíz de lo que has comentado: en una entrevista decías que “la sexualidad no se mira de frente en las personas con discapacidad”. ¿Cómo podemos hacer frente a esto?

A las personas con discapacidad se nos sigue mirando desde un punto asistencialista: se prioriza que estemos bañadas, alimentadas, que tomemos medicación y vayamos a terapias. No se considera nuestro desarrollo social como en cualquier otra persona, ni se entiende que nuestra felicidad va mucho más allá de esas necesidades básicas. 

Además, la sexualidad ya es un tema tabú para la sociedad en general, pero cuando se trata de personas con discapacidad, y más aún de ciertas tipologías, se censura directamente. En el caso de las mujeres, sobrevuela el miedo al embarazo, y esto lleva a un control de nuestra sexualidad que incluye prácticas tan violentas como la esterilización forzosa, permitida en España hasta 2022. Aunque ahora es ilegal, se sigue practicando de manera encubierta, viciando el consentimiento con desinformación o miedo.

Por otro lado, la sexualidad de los hombres con discapacidad se aborda de manera reductiva, como si fuera solo una necesidad fisiológica. Se fomenta la masturbación e incluso se recurre a la prostitución. Sin embargo, no se plantea que los cuerpos de las personas con discapacidad puedan ser deseables. Hay una visión capacitista que nos reduce a nuestras limitaciones visibles: la silla de ruedas, el bastón, el perro guía o la lengua de signos. Pero somos mucho más que eso. 

En el ámbito de la diversidad sexual, las barreras son aún mayores. Dependemos de que nuestro entorno familiar o profesional no sea LGTBIfobia, ya que nuestras oportunidades suelen ser más limitadas. Las organizaciones de discapacidad deben abrirse a la diversidad sexual, y el movimiento LGTBI+ debe abrir la mirada.  

 

Has mencionado el capacitisimo, ¿cómo afecta esta idea?

Es como si siempre hubiera una lluvia fina que te cala poco a poco, mientras constantemente te dicen que vales menos. Te lo aterrizo: imagina que entro a un juzgado como abogada, defendiendo a una víctima. El compañero de enfrente, que defiende al investigado, me ve llegar en silla de ruedas. Su mirada cambia al instante porque piensa: «Ya tengo el juicio ganado».

O sales a la calle, vas a la farmacia a pedir tus medicamentos, y el farmacéutico, al ver para qué son, te mira pensando “uf, está mal de la cabeza”. O vas a un concierto con tu silla y hay niños que ven tu moto y quieren subirse, pero los padres los apartan. O en una aplicación de ligue o al conocer a alguien, la conversación gira inevitablemente en torno a «qué te pasa» y «cómo va a evolucionar lo que te pasa». O piensas en buscar trabajo y te enfrentas a la decisión de incluir en el currículum que tienes discapacidad. Si lo haces, no te llaman; si no lo haces y llegas a la entrevista, te miran sorprendidos, como si no lo esperaran. Esas entrevistas suelen ser rápidas, sin darte espacio para mostrarte. Todo tu esfuerzo –tres carreras, másteres, idiomas– se convierte en nada.

En el colegio, los niños y niñas te miran desde un lugar de diferencia, con un dedo señalador permanente. En mi caso, el capacitismo tomó forma de bullying. Sufrí acoso escolar: insultos, agresiones físicas, humillaciones.

El acoso escolar es una de las experiencias más serias que puede vivir una persona LGTBI+, porque te marca de por vida frente a tus iguales. 

Todo esto afecta tu autoestima, tu autoconcepto. Te obliga a trabajar constantemente en reconstruir tu valía personal y profesional. Todo esto va calando, pero a veces es una lluvia torrencial.

 

Has mencionado que en las apps de citas las conversaciones solían girar en torno a tu discapacidad. ¿Hay otros ámbitos donde se sienta la necesidad de dar explicaciones?

En el ámbito laboral, hay una constante necesidad de demostrar que la discapacidad no define tus capacidades. Mientras una persona sin discapacidad puede tomar bajas por una gripe o gastroenteritis sin problema, en una persona con discapacidad se interpreta como debilidad. Esto te obliga a rendir más y a estar siempre justificándote, lo cual es agotador.

En la pareja, ocurre algo similar. Quizás no puedes encargarte tanto de las tareas físicas como limpiar o recoger, pero asumes otras responsabilidades importantes, como llevar la carga mental de la relación: gestionar el dinero, planificar las vacaciones o tomar decisiones clave. Sin embargo, estas aportaciones suelen pasar desapercibidas, lo que genera una sensación de invisibilidad y falta de reconocimiento.

 

¿Se vela porque las personas con discapacidad se inserten en el mercado laboral dejando de lado el desarrollo personal?

Si llegas al mercado laboral, lo haces en condiciones muy limitadas: solo 1 de cada 4 personas con discapacidad accede, y de ellas, solo un 1,5% trabaja en empleos ordinarios. La mayoría está en centros especiales de empleo, donde los salarios suelen ser mínimos, reduciendo su poder adquisitivo. La inclusión parece terminar ahí, sin considerar aspectos como el deseo sexual, las relaciones de pareja, o el deseo de maternidad o paternidad. Es una temática que en el ámbito cisheterosexual está en bragas, en el ámbito de la diversidad sexual es aún más precario. 

Para una persona, lo más importante es ser quien es. Pero a las personas LGTBI+ con discapacidad se les niega esa posibilidad. Por ejemplo, en residencias segregadas por género, las personas homosexuales o bisexuales se sienten fuera de lugar, sin espacios seguros. 

Además, siempre depende del entorno y tener un espacio seguro. Si pueden salir del armario o iniciar la transición y llegan al médico, muchas veces el médico va a decir que lo que ocurre es que tiene autismo y no les va a dar las hormonas. 

El 20% de la población es LGTBI+, y si esto se replica en el 10% de la población con discapacidad, hablamos de unas 760,000 personas. Sin embargo, en colectivos con neurodivergencia, donde los estereotipos sociales se integran menos, este porcentaje es probablemente mayor. Esto implica que haya un millón de personas en España que se les está negando ser quienes son solo por tener una discapacidad. Si no me dejan ser quien soy, el resto de inclusión está de más. 

 

¿Qué estrategias se deberían elaborar para que ese millón de personas puedan ser? 

Para mí, los pasos a seguir van en muchas líneas de acción. Como abogada, soy una firme defensora de la educación porque el derecho entra en juego cuando todo lo demás ha fallado. Por eso, invertir en educación es clave: es prevención. Si formamos a las personas de manera adecuada, con pensamiento crítico, quizá no hubiéramos permitido recortes en derechos laborales, tendríamos las herramientas para decir que nos están timando con la vivienda  y que quien nos roba no son las personas migrantes, sino que son los ricos. 

La primera herramienta, entonces, siempre es la formación. Pero es importante distinguir entre formar a personas dentro de organizaciones de discapacidad y a quienes no lo están. Las estrategias son diferentes. En el primer caso, hay que apoyar a algunas personas a salir del armario LGTBI+ y, a otras, a salir del armario de la discapacidad. Por otro lado, dentro del movimiento asociativo LGTBI+ también es necesario educar sobre qué significa vivir con una discapacidad. Por ejemplo, saber cómo comunicarte mejor con una persona con déficit de atención o una neurodivergencia: quizás escribir menos y usar audios, adaptar el lenguaje… 

También es crucial entender la formación de manera amplia, pero dirigida a públicos específicos. Por ejemplo, hay que trabajar con las familias de personas con discapacidad para hacerles reflexionar: tu hijo o hija ya tiene bastante con vivir con su discapacidad. Como padre o madre, ¿qué deseas para ellos? Su felicidad, y esta puede ir de la mano de la aceptación de su diversidad sexual, de género o corporal. Aunque haya familias reticentes, estoy convencida de que bajaríamos el porcentaje muchísimo. Quizá lo que necesita una persona es que le tumbes con su novio o novia en la cama. Hay que cambiar estos chips. 

 

Has afirmado que la maternidad es uno de tus grandes reclamos. En este sentido, ¿qué barreras enfrentan las mujeres LTBI+ con discapacidad que quieren ser madres?

El problema es que muchas de nosotras no podemos ser madres de forma biológica debido a nuestra situación de discapacidad. 

Ante esto, se abren varias vías. En cuanto a la adopción y el acogimiento, es importante diferenciar entre la adopción nacional e internacional. En el caso de la adopción nacional, las listas de espera varían según cada comunidad autónoma, y aunque en teoría podríamos optar a adoptar, la realidad es muy distinta. Por otro lado, en la adopción internacional, solo hay seis países en el mundo que permiten adoptar a mujeres LTBI+, y de esos, solo uno permite la adopción a personas con discapacidad: Brasil. Esto significa que, en la práctica, la adopción internacional es casi inaccesible para nosotras.

En mi caso, podría iniciar el proceso en la Comunidad de Madrid. Pero para dar el primer paso, que es el informe de idoneidad: tengo que esconder mi enfermedad mental, tener una renta alta y que mi pareja no tenga discapacidad. Sin embargo, no voy a esconder mi enfermedad mental porque quiero combatir el estigma. En cuanto a la renta alta, no soy abogada para enriquecer a los ricos, sino para defender a los pobres, y cuando me enamoro no voy a ver cuál es su renta o requisitos. Esto de “controlar el amor” se me da muy mal. 

Para mí, el acogimiento es la vía más adecuada. Y quiero desmitificar algo: el 60% del acogimiento tiene carácter permanente. La diferencia esencial entre la adopción y el acogimiento radica en el sentido de posesión que muchas personas proyectan sobre los hijos, y creo que este sentimiento de posesión no es bueno. En el acogimiento permanente, se mantiene el vínculo con la familia de origen del menor, lo cual considero positivo, no solo para nosotras, sino también para el desarrollo emocional del niño o niña. A un menor al que se le niega conocer sus raíces se le priva de una parte esencial de su identidad, lo que puede provocar problemas emocionales en el futuro.

Creo que es una vía que debería considerarse más dentro del colectivo LGTBI+. Somos diversidad, abramos nuestra mente. Esa idea de que “los hijos son prestados” es cierta: tener un hijo no debe ser por ti, sino por ese niño o niña a quien vas a acompañar en su proceso vital para que, el día de mañana, pueda volar. 

 

En una entrevista decías que la lucha por la maternidad es una batalla que llevarás a cabo ya no por ti, sino por las mujeres lesbianas que vengan detrás. Al fin y al cabo, eso es el activismo. ¿Cómo entras en él?

Es que pelear el informe de aptitud significa pelear todos los baremos, recurrir, ir al marco europeo… No es algo que pueda hacer ya por mí, pero si por otras mujeres lesbianas. Mi implicación con el movimiento social de la discapacidad y con el movimiento LGTBI+ es muy profunda, es el sentido de mi vida y de mi existencia. 

 

Desde hace poco, eres la vocal de delitos de odio de FELGTBI+. ¿Qué significa para ti?

Muchísimo. Para mí significa, por un lado, poder visibilizar la discapacidad, que es lo más importante. Las personas con discapacidad necesitan referentes, y FELGTBI+ es una plataforma muy relevante. Gracias a ello, muchas personas con discapacidad están viendo a una mujer como yo, que va en su motillo, y eso ya está generando un impacto. En tan solo dos meses, he recibido mensajes de personas que, a raíz de esto, han salido del armario. Si eso está ocurriendo, ese es el sentido de mi vida. 

Por otro lado, hay una parte muy personal en mi implicación. Fui víctima de un delito de odio cuando tenía 23 años, hace 16. Cuatro nazis me pegaron una paliza. Ocurrió porque, días antes, me habían visto besándome con una mujer cerca de mi casa. Una tarde, saliendo del metro, me dieron un puñetazo y caí al suelo. Me rompieron las gafas, que se me clavaron en la ceja, y ya con ese impacto quedé en el suelo. Ahí, indefensa, recibí de todo: patadas, puñetazos, golpes con objetos. No pude verles, solo escucharles. Y lo que escuché no dejaba lugar a dudas sobre su motivación: “Lesbiana hija de puta, te vamos a matar”. Me estaban pegando porque era bollera.

Afortunadamente, hubo una persona que intervino. Hizo una llamada a la policía, y los agresores huyeron. Esa acción me salvó la vida. Por eso hago un llamamiento: el silencio mata. Pasar por la calle y no hacer nada cuando ves una agresión es también violencia. En mi caso, esa llamada permitió que viviera. 

Hoy, ocupar la vocalía de delitos de odio tiene un sentido enorme para mí. Entiendo muy bien lo que significa ser víctima de un delito de odio, cómo afecta, y cómo muchas veces la motivación detrás de estos crímenes se deja de lado en el proceso judicial por simplificar. También sé cómo los discursos de odio son el caldo de cultivo de los delitos de odio.

Cuando me agredieron, había un contexto de LGTBIfobia latente, con discursos de odio que, socialmente, empezaban a legitimarse. Antes, aunque existiera odio, había una penalización social: incluso quien era homófobo sabía que estaba mal manifestarlo. Pero cuando esos discursos se validan políticamente y se disfrazan de “libertad de expresión”, se abre una puerta peligrosa. Ningún derecho es absoluto: tu libertad termina donde empieza la del otro. Legitimar esos discursos es lo que permite que se traduzcan en violencia.

Ahora estamos en un momento muy similar al que viví cuando me dieron esa paliza. En las últimas semanas hemos tenido tres agresiones graves. Hemos dejado que los valores sociales caigan y tenemos que recurrir al derecho penal. Para mí tiene mucho sentido ocupar la vocalía de delitos de odio y más en este momento, porque es muy similar al que había cuando me dieron la paliza. Pero es algo positivo porque sabemos que nos van a encontrar de frente. 

 

Pero, ¿cómo definirías un delito de odio?

El Código Penal recoge aquellas acciones (puedan tener resultado o no) en las que se determine que existe una motivación de odio hacia la diversidad, como la orientación sexual, la identidad de género, la discapacidad, el origen étnico… En definitiva, porque estás en los márgenes. Estos delitos incluyen agresiones verbales, daños materiales (como pintadas) o actos que afectan la dignidad de una persona. El delito de odio es una herramienta jurídica protectora que castiga la peligrosidad de la intolerancia. Es crucial que estos delitos sean juzgados, generando jurisprudencia para fortalecer la protección. Y es necesario que como colectivo sepamos cómo defendernos y denunciar para garantizar nuestra seguridad y derechos.

 

Hace un año recibiste un Premio Pluma. ¿Qué significó para ti este reconocimiento?

Tengo que reconocer que al principio no conocía el alcance de los Premios Plumas. Muchas veces estoy tan centrada en el barro que no sabía ni el verdadero significado que tienen. Cuando me di cuenta de lo que realmente representaban, fue un momento de asombro, como decir: «¿En serio? ¿Yo?» Ahí también reconozco que el capacitismo me pesa mucho. Soy la primera en tener capacitismo interiorizado. Supuso un reconocimiento a una vida dedicada silenciosamente a todo esto y, de alguna manera, puso un apósito sobre todas las heridas que tenía. También me abrió una ventana hacia la que seguir mirando, que es la Federación Estatal LGTBI+.

 

Para terminar, ¿qué referentes has tenido?

El no haber encajado en ningún molde me hacía sentir que no había nadie que tuviera todas esas características. Pero sí tengo referentes parciales. Dentro del ámbito LGTBI+, miraba a Carla Antonelli y pensaba: «¡Qué guay! Haber sido capaz de ser así, de hacer todo eso». Veía a Ana Peláez defendiendo los derechos de las mujeres en Naciones Unidas y me decía: «¡Esto existe!». Pero, en cuanto a personas católicas, no nombraría a nadie. Para mí, mis referentes no han sido solo los grandes nombres; han sido y son todas las personas que me piden ayuda. Gracias a ellas, a través del derecho, aprendo constantemente. Sus historias de vida, sus historias de lucha, son referentes para mí. Cuando hablamos de referentes, solemos pensar en los grandes, pero también existen referentes anónimos.