Toni Poveda es director de CESIDA, vicepresidente de la Fundación Pedro Zerolo y expresidente de la Federación Estatal LGTBI+. Lleva más de tres décadas dedicando su vida al activismo LGTBI+ y a la respuesta comunitaria frente al VIH. Referente imprescindible del movimiento del colectivo, su trayectoria está marcada por la lucha contra el estigma, la defensa de los derechos humanos y la convicción de que el activismo transforma vidas.
Desde los años más duros del sida hasta la conquista del matrimonio igualitario, pasando por la defensa de las personas trans y la lucha contra los discursos de odio. Reflexiona sobre memoria, avances, retos pendientes y la necesidad urgente de seguir siendo antifascistas, solidarias y, sobre todo, humanos.
¿Cómo recuerdas tus inicios en el activismo? ¿Qué te impulsó a dar ese primer paso y por qué decidiste implicarte tan profundamente?
Hace 35 años que empecé. Es decir, llevo muchísimos años, y lo recuerdo con muchísima ilusión porque yo era muy jovencito. Fue precisamente en el Col·lectiu Lambda de Valencia. Recuerdo que me reencontré con mi actual marido —que llevamos 35 años viviendo juntos y más de cuarenta años de pareja— después de un tiempo. Habíamos visto Trilogía en Nueva York y eso me motivó mucho para pensar que yo tenía que ser activista por los derechos de las personas LGTBI+.
Se lo comenté a mi actual marido y me dijo que él no lo tenía muy claro, pero aun así nos acercamos a Lambda. Allí fundé el Grup Jove de Lambda junto a otros compañeres y, para mí, fue la decisión más acertada de mi vida. Para mí, el activismo me ha cambiado la vida. Ser activista es una escuela maravillosa: es tomar las riendas de tu vida, no conformarte con lo que hay y decidir que hay que cambiarlo.
Y cambiarlo desde el activismo comunitario, el que se hace compartido con otra gente. Eso me enseñó a negociar, a ser generoso, a entender que un movimiento social tiene que ser un movimiento en el que quepamos todas. La ideología política no puede primar sobre el activismo. Hay que ser consciente de que tienes que pactar con gente de otros partidos, de otros sindicatos.
Es la experiencia más maravillosa. Llegué al Col·lectiu Lambda con miedo, con la duda de qué iba a pasar, pero insisto en que empezar en el activismo ha sido la aventura que me ha hecho mejor persona. Recomiendo a todo el mundo que lo haga: te hace sentir satisfecho por poder cambiar las cosas y, por otro lado, te ayuda a ser una persona generosa con las demás y muy consciente de que el mundo se puede cambiar, aunque sea con un pequeñísimo grano de arena.
Eres director de CESIDA. ¿Cómo ha cambiado la percepción social del vih y de las personas LGTBI+ en España? ¿Qué avances te han dado más esperanza?
Mi activismo también ha sido un activismo de respuesta al VIH y al sida dentro del movimiento LGTBI+. Cuando empecé, vivíamos un momento de crisis, a principios de los años noventa: cuando la gente era diagnosticada de vih y tenía que prepararse para morir, porque no había tratamientos o los tratamientos que había funcionaban muy mal.
Luego llegaron los antiretrovirales, que hicieron que la esperanza de vida y la calidad de vida sea hoy muy similar a la del resto de la población. La mayor barrera que existe para alcanzar los objetivos de ONUSIDA —ese famoso 95-95-95— es precisamente el estigma: un estigma que sigue haciendo que muchas personas vivan el vih con culpabilidad, que sean discriminadas y que, además, actúa como una barrera para que mucha gente no se haga la prueba por miedo a un resultado positivo.
En cuanto al colectivo LGTBI+, yo vengo de las cavernas: soy de la generación inmediatamente posterior a la supresión de la Ley de Peligrosidad Social, pero aún teníamos todo por hacer. Y ahí es donde se unen los dos movimientos, el movimiento LGTBI+ y el movimiento de respuesta al VIH..
En aquel momento nos dimos cuenta de que se nos estaban muriendo compañeros, y digo compañeros porque mayoritariamente eran hombres gais. Nos encontrábamos con situaciones tan dolorosas como que uno de ellos iba a morir y su familia no quería saber nada de él porque había salido del armario y tenía pareja. Cuando el amor de su vida estaba en fase terminal, la familia, que no quería saber nada de él “por maricón”, impedía a su pareja despedirse. Podían hacerlo porque no éramos familia legal, y si insistía en entrar llamaban a seguridad para echarle. Y esto pasó. Era dramático.
También las personas trans que, si no contaban con el apoyo de su familia elegida, tenían que volver a sus pueblos, a sus casas o a sus barrios. Mayoritariamente, a las mujeres trans se las obligaba a vivir como hombres, a llamarse en masculino. Esto aún sigue pasando en algunos países, e incluso encontramos algún caso en España, hasta que en la lápida les ponían el nombre masculino. La dignidad de estas personas quedaba completamente destrozada.
Por eso, los dos primeros grandes objetivos fueron el matrimonio igualitario, para que esas injusticias se acabaran, y la Ley de Identidad de Género, la de 2007, que fue pionera. Después hizo falta la ley de 2023, pero aquella permitió el cambio registral sin necesidad de una cirugía, ni de pasar por un juez o una jueza.
El estigma sigue siendo un obstáculo enorme. Desde tu experiencia, ¿qué herramientas o enfoques son más efectivos para hacerle frente?
Para hacer frente al estigma es necesario hablar de dos tipos de estigma. Por un lado, el estigma social: ese que te ahoga, que te señala, que te marca y que te dice que no eres una persona igual al resto. De ahí llega la discriminación. Tú vales menos, lo que tú haces merece una respuesta negativa, lo que tú haces merece castigo.
Y luego está el estigma interiorizado, ese que te impregna cuando la sociedad te lo repite tanto, cuando te marca constantemente… Cuando yo era joven no teníamos referentes en el cine ni en la televisión. Cuando aparecía un personaje LGTBI+ solía ser una persona perversa o enferma, y eso sigue pasando en algunas ocasiones. Acabas asumiendo ese estigma, empiezas a creértelo y a pensar que lo que te ocurre te lo mereces.
Fíjate que incluso yo, en lo personal, después de haber sido presidente de la FELGTBI+ y de pasar por una crisis personal y por terapia, descrubí lo que se llama “estigma anticipado”: sin haber recibido ninguna agresión, yo, sin darme cuenta, había cargado toda la vida con esa mochila de intentar complacer a todo el mundo, de no saber decir que no, porque en mi interior llevaba ese estigma. Me anticipaba constantemente a que pudiera haber algún tipo de discriminación.
Yendo al presente, para mí las aulas tienen que ser espacios seguros, y no lo son. Mi amiga Boti García, que fue presidenta de la FELGTBI+, dice que la diferencia entre una adolescente lesbiana blanca y una adolescente negra es que la adolescente negra no tiene que contárselo a sus padres; la lesbiana, sí. Y eso hace que estés más desprotegida, que no tengas a tu entorno más cercano protegiéndote, muchas veces por miedo a cuál pueda ser la reacción. En muchas ocasiones la reacción es buena, pero en otras te hace sentir culpable de forma injusta.
Existe también lo que llamamos el contagio del estigma. Normalmente, si una niña negra es discriminada por un compañero de clase, otra persona puede defenderla porque no le van a decir que es negra: eso se ve. Pero en muchas ocasiones no se defiende a una lesbiana, porque quien la defiende puede ser acusada también de serlo y sufrir acoso. Somos la minoría más minoritaria en todas las aulas: en colegios privados, concertados y públicos.
Y en muchas ocasiones, aunque la situación ha mejorado, el profesorado no es consciente de esto. No es consciente de que en todas las aulas hay gais, lesbianas, personas bisexuales, infancias y adolescencias trans e intersexuales, y otras diversidades. Por lo tanto, tenemos una labor importantísima.
Por mi parte, me siento muy orgulloso de que la FELGTBI+ esté liderando el Pacto contra los discursos de odio, y de que haya muchas organizaciones como CESIDA, porque los discursos de odio son la antesala de la agresión: unos ponen el discurso y otros ponen el bate de béisbol.
Últimamente se ha cuestionado el mensaje de INDETECTABLE = INTRANSMISIBLE.
El negacionismo tenemos que combatirlo, el negacionismo en todas partes. Como valenciano, lo digo claramente: la DANA y las muertes provocadas por la DANA tienen que ver con el negacionismo del cambio climático promovido por algunas personas.
El negacionismo ya hizo que mucha gente —aunque ahora ocurre menos— muriera por negar la existencia del vih o la eficacia de los medicamentos. Muchas personas se iban a terapias alternativas o decidían no hacer nada porque pensaban que era un invento, y murió mucha gente. El negacionismo también ha permitido que muriera gente durante la pandemia de la COVID. Y hoy el negacionismo de la evidencia científica pretende seguir estigmatizando a las personas con vih diciendo que indetectable no es igual a intransmisible.
Esto está claro. Hay estudios de miles de personas en los que se ha demostrado que hay cero transmisiones en parejas serodiscordantes —en las que una persona tiene vih y la otra no— incluso manteniendo relaciones sexuales sin preservativo. Por lo tanto, es fundamental que la gente lo sepa y que quede claro ante toda la sociedad.
Es importante recalcar algo: en la sociedad existen personas seronegativas, personas seropositivas y personas “serono lo sé”. Son estas últimas las que pueden transmitir el vih. Hoy en día, las personas con VIH que están en tratamiento alcanzan una carga viral indetectable. Por lo tanto, se puede tener relaciones sexuales con estas personas sin miedo a la transmisión. De ahí viene la PrEP (Profilaxis Pre-Exposición) La PrEP (Profilaxis Pre-Exposición) es una estrategia de prevención del VIH que permite a personas VIH-negativas tomar medicamentos antirretrovirales (pastillas diarias o inyecciones periódicas) para evitar que el virus se establezca en su cuerpo. En el caso de la PrEP inyectable, aún se está gestionando su financiación y disponibilidad.
El mensaje que hay que trasladar, por un lado, es: indetectable = intransmisible. Y, además, aunque nunca tuvo sentido discriminar a las personas con VIH, ahora menos porque son precisamente ellas las que no pueden transmitirlo cuando están en tratamiento y alcanzan la carga viral indetectable, hay que concienciar a toda la población de la importancia de hacerse la prueba del VIH.
El mejor ejemplo es que en España la transmisión vertical de VIH es muy baja. Según los últimos datos, el 0,2% de los nuevos diagnósticos en 2024 fueron de transmisión vertical, porque a las mujeres embarazadas se les hace la prueba del VIH, y si da positivo, se les pone en tratamiento antirretroviral. Es la demostración de que, cuando una población se hace la prueba de forma generalizada y se pone en tratamiento a aquellas personas que dan positivo, se puede terminar con la transmisión del VIH.
Fuiste presidente de FELGTBI+. Desde esa perspectiva, ¿cuáles dirías que son los principales retos del colectivo LGTBI+ en la actualidad?
Para mí, el principal reto no solo del colectivo LGTBI+, sino de toda la sociedad española, es el fascismo. Tenemos que ser antifascistas. El fascismo es la gran lacra que tenemos en nuestra sociedad: el fascismo de la ultraderecha que niega la existencia de la violencia machista y el negacionismo que afirma que las personas trans no merecen derechos. Es el momento, siempre lo fue, pero ahora tenemos que tener altura de miras y aparcar las diferencias internas, las que podamos tener con otras organizaciones defensoras de los derechos humanos, el enemigo está fuera y tenemos que canalizar todas nuestras energías en parar el avance de las derecha extrema y la ultraderecha.
Hay que combatir la transfobia, porque lo que hace el movimiento TERF es discriminar a las mujeres trans, pero también a las personas no binarias y a los hombres trans. Existe una transmisoginia terrible y tenemos que seguir apostando para que aquellas que iniciaron la revolución en el 69, y aquellas que fueron las primeras en el 77 en Barcelona, no se queden atrás. Son las personas más vulnerabilizadas de esta sociedad y tenemos que trabajar para protegerlas.
El gran reto, para mí, a nivel de la FELGTBI+, es que antes de que se acabe la legislatura el Congreso de los Diputados apruebe ese Pacto de Estado contra los discursos de odio.
Los movimientos sociales somos políticos y tenemos que ser apartidistas, pero ahora, más que nunca, tenemos que ser antifascistas.
Has hecho referencia al activismo comunitario. ¿Qué consejos les darías a estas personas jóvenes que se inician en el activismo y que entran por primera vez a una entidad?
A las personas activistas que llevamos ya un tiempo —entre las que me incluyo—, el primer consejo es claro: tenemos que entender que aquello que nosotras pasamos hace años sigue pasando hoy. Cuando una persona joven entra en una organización, hay que saber que muchas de las cosas que nosotras tenemos superadas, ellas no. Tenemos que empatizar con las personas jóvenes.
Discuto mucho con otros activistas de mi generación porque cuestionan que existan personas no binarias y las nuevas identidades, y creo que es un gran error. Esa revolución sexual que empezó en el 69 ha ido avanzando, y no tenemos que verla como un peligro. No son identidades nuevas: personas no binarias han existido siempre, lo que pasa es que antes no se les llamaba así. Tenemos que verlo como un logro y como un avance que las nuevas generaciones se cuestionen el género y se planteen retos que nosotras no nos planteábamos. Nosotras somos una generación que tuvo que conseguir el matrimonio igualitario, la Ley de Identidad de Género y la Ley Trans.
Y a las personas jóvenes, vuelvo a insistir: el activismo es un regalo maravilloso. Les aconsejo que sigan en él, que sean conscientes de que hay que compartir activismo con personas con las que no siempre coincidimos, y que en el activismo cabemos casi todas las personas, menos las fascistas.
Y ser activistas les va a hacer mejores personas.
Si miras hacia el futuro, ¿qué retos te gustaría ver logrados?
Hay gente que ya ha nacido con el matrimonio igualitario aprobado y con la Ley de Identidad de Género en vigor. Creo que somos una de las pocas generaciones de activistas que ha conseguido un reto tan importante, y cuando lo logramos hubo una autoestima individual y colectiva que todavía permanece.
El principal reto ahora es conseguir una generación libre de vih. Igual que conseguimos el matrimonio igualitario, podemos conseguir una generación con cero transmisiones de VIH y cero estigma.
Por otro lado, no puedo dejar de pensar en la solidaridad internacional. Vivimos con el riesgo de perder derechos por el avance de la ultraderecha en todo el mundo. En España seguimos viviendo en una situación relativamente privilegiada, pero hay muchos países que persiguen a las personas LGTBI+, incluso con penas de muerte, y no podemos olvidarnos de esto.
Y, por último, es fundamental que sigamos apostando por el feminismo. Las posiciones que ya son minoritarias y que van en contra de las personas trans están cada vez más desautorizadas. Y, de manera más inmediata, es importante que sigamos avanzando con el Pacto de Estado contra los discursos de odio.
Y por último, hablando de referentes, ¿quiénes han sido tus referentes?
Mi gran referente es Pedro Zerolo. También lo es una gran amiga mía, Carla Antonelli, de la que sigo aprendiendo y con la que comparto muchas cosas. Y otro gran referente es mi marido, Miguel Ángel Fernández García, uno de esos activistas maravillosos que no siempre son tan públicos, pero que han hecho posible que, desde la cocina, salgan los platos elaborados.