Miryam Amaya, una mujer trans y gitana, describe su infancia como «bendecida por su familia». Sin embargo, la sociedad la obligó a escoger entre ser artista o prostituta. Ella eligió ambas opciones. Y junto con sus compañeras, se convirtió en una de las protagonistas de la primera manifestación del Orgullo en España, celebrada en 1977. Su activismo comenzó a los 14 años, cuando un policía la detuvo y le preguntó si no le daba vergüenza ser gitana y maricón. Ese episodio marcó el inicio de una vida dedicada a la defensa de los derechos de las personas trans. En reconocimiento a su trayectoria, en 2020 recibió el Premio Pluma de la Federación Estatal LGTBI+.
Naciste en Logroño por azar. ¿Cómo recuerdas tu infancia y adolescencia?
Tuve una infancia bendecida en el entorno familiar por dos razones: soy gitana y soy la única que nació con sexo masculino entre dos hermanas. Y decían: «Llegó el principito«. Pero no, llegó Miryam. De verdad que, en mi entorno familiar estuve bendecida, es algo que pasa una vez entre un millón. Me aceptaron completamente. No es que me aceptaran, es que lo vieron como algo normal. Yo nunca salí del armario porque nunca estuve en uno.
¿Mi adolescencia? Bien, aunque con matices. La sociedad ya empezaba a darse cuenta de mi identidad. Yo me iba a tomar cafecitos con Franco. La sociedad fue la que me lo puso difícil en ese sentido. Todo iba bien hasta que, a los 14 años, un policía me detuvo. Conocía a mi familia y me dijo: «¿No te da vergüenza ser gitana y maricón?«.
Eres una mujer trans y gitana. ¿Cómo has vivido esta interseccionalidad?
Me sentí bendecida porque siempre fui rebelde y mi familia me apoyaba, o más bien, lo veía normal. Me ponía una toalla en la cabeza, las faldas de mi madre… Pero no voy a coger de referencia a mi familia porque muchas mujeres gitanas trans han sufrido muchísimo. Les daban palizas, las insultaban… Su entorno familiar no las apoyaba y la sociedad les hacía más daño.
Creo que la sociedad es una especie muy rara: si ve que tu entorno te respeta, no te ataca. Pero si ven que te maltratan en casa, lo hacen aún peor. La sociedad es un ser extrañísimo.
Quiero destacar que la clave de todo es la familia. Tener el apoyo familiar lo es todo. Muchas mujeres trans han tenido suerte con esto en los últimos tiempos, y es algo muy positivo.
¿Y cómo era ser una mujer trans durante el franquismo?
Yo vivía en Barcelona, donde tuvo lugar la primera manifestación del Orgullo. Yo había estudiado dibujo lineal en la universidad para trabajar en una fábrica haciendo piezas de prensar. Pero con 14 años empecé a hormonarme y no me aceptaban en esos trabajos. La sociedad me obligó a elegir entre ser prostituta o artista. Yo escogí las dos cosas.
En el Raval, en las Ramblas de Barcelona había un ambiente más cosmopolita: el puerto, los americanos, las prostitutas… Las mujeres trans estábamos más aceptadas allí. Pero salir de ese entorno era complicado. Yo quería más, hacía preguntas, tenía inquietudes. Sabía que tenía fuerza y que, mientras yo estuviera bien, lo demás me importaba poco.
Estuviste en la primera manifestación del Orgullo en España, en 1977. ¿Cómo surgió?
No fue algo planeado. Nosotras no sabíamos nada de política; la democracia estaba en pañales y cagada. Solo queríamos pasarlo bien y divertirnos. Un día, una mujer trans argentina y abogada, nos habló sobre derechos. Éramos niñatas de 18 años, teníamos el mundo para nosotras y toda la energía. Nos reunimos dos o tres veces y decidimos un día para salir a la Rambla.
Las trans fuimos las primeras en ir con la bandera, muertas de miedo. Salimos de la burbuja de bienestar que teníamos, con miedo, sabiendo lo que nos podía esperar con los grises. Si de normal nos venían a buscar por estar en la calle, imagínate qué podía pasar… Pero ese día no nos dijeron nada. No se atrevieron porque estaba ahí toda la prensa internacional porque fue un boom que los maricones se atrevieran a salir a la calle. Porque, para ellos, éramos maricones vestidos de mujer. Ahora decimos gay, pero en ese momento era maricón con acento en la o.
Después sí que tuvimos represalias, nos tuvimos que esconder a cada momento porque venían a buscarnos, ¡habíamos enfrentado al Estado!
A menudo, cuando se habla de la manifestación del Orgullo del 77 se menciona el papel de las mujeres lesbianas. Pero, ¿qué papel tuvisteis las mujeres trans?
Hicimos de pantalla, las cosas como son. Fuimos las que tuvimos más valor. Las mujeres lesbianas podían ir de la mano y se veía normal, porque puede ser una madre con su hija, o mis sobrinas van de la mano y no ha pasado nada. Los hombres gais iban por la calle y sacaban pecho, porque en ese momento el plumero no existía en la calle. ¿Pero nosotras? ¿Qué hacíamos con el pelo largo y los pechos? Fuimos el muro de contención y fuimos las más olvidadas del movimiento.
¿Qué consecuencias ha tenido ser las más olvidadas del colectivo para vosotras?
No hemos tenido oportunidades como los hombres gais, no hemos podido estar en trabajos “normales”. Hemos sido repudiadas por la sociedad y por el mismo colectivo LGTBI+.
Con la ley trans aprobada, se tendría que trabajar para que las mujeres trans y los hombre trans puedan tener trabajos dignos, en especial las mujeres trans porque los hombres trans tienen apariencia masculina. Y, quieras o no, la fisionomía es la fisionomía. Los fraudes de ley nos están haciendo mucho daño a las mujeres trans que estamos a pie de calle. Que un hombre de dos metros diga que es mujer y pueda entrar al baño de mujeres… Si antes la sociedad hablaba de las personas trans, ahora tres veces más.
¿Cuáles crees que son los retos?
En general, ser un poquito mejores. Uno de los mayores retos, irónicamente, está dentro del propio colectivo LGTBI+. Hay una falta de respeto y apoyo mutuo. Si estás gordito, parece que no puedes relacionarte con los que van al gimnasio. Si eres delgado, tampoco puedes mezclarte con los grupos de gorditos. El colectivo, que debería ser inclusivo, a veces es el más excluyente.
En el Orgullo, por ejemplo, ¿a quién ves en las carrozas? Gente musculosa del gimnasio. Si hay una persona gordita, estará con otros como ella, pero no integrada. Esto también sucede entre las mujeres trans y con otras personas.
¿Con las personas gitanas también?
La situación ha mejorado bastante. En mi barrio, el 20% de la población es gitana y no pasa nada, ya no nos dicen nada. La cultura gitana ya no es como antes.
¿Cuál ha sido tu relación con el mundo artístico?
En mi época solo tenías dos opciones: ser puta o artista. Yo fui hacia el mundo artístico, he actuado toda mi vida y estar en un escenario ha sido mi manera de expresarme. Trabajé en espectáculos, conocí a Sara Montiel y Pedro Almodóvar, y actué en Francia. Era mi forma de expresarme, de sacar el genio que llevo dentro, de bailar flamenco. Además, me encanta la pintura, aunque ahora ya no dibujo. La cultura siempre me ha acompañado y sigue siendo importante para mí.
También has formado parte de documentales que contaban la realidad de las personas trans. ¿Por qué son importantes proyectos así?
Para que la gente vea que existimos, que estamos, que no venimos de Papá Pitufo. Para que vean que, si nos pinchan, sangramos, si se nos pisa decimos ay. Somos personas normales, con sueños y anhelos.
Hay mujeres trans que son profesoras, periodistas, coreógrafas, no somos solo putas o artistas ya.
En España teníamos un atraso de 40 años y hemos querido pegar un salto muy grande de golpe. Se tiene que ir poco a poco. No podemos hacer que estos 40 años no sirvan para nada.
¿Qué referentes tuviste en tu infancia o adolescencia?
No había ningún referente, no había nadie como nosotras. Mis referentes siempre han sido mis padres, que me decían “para que te respeten, respeta” y “si vas a hacer algo y te vas a arrepentir, mejor no lo hagas”.
¿Qué le dirías a la Myriam joven, que tenía 14 años y vivía en Barcelona?
Le diría: «Continúa como eres, no cambies nunca«. Si un día cambio mi forma de ser, mi forma de pensar, ¡borradme de Facebook, quitadme de vuestras amistades porque no seré yo! Lo único que le diría son los números de la lotería. No cambiaría nada, la vida tiene que tener lo bueno y lo malo. Lo malo para recordarlo y lo bueno para disfrutarlo.